De nada había servido.

Pensaba Joseba en esos momentos nada más ver todas las portadas de la prensa esa mañana.

Después de tanto recorrido por estancias penitenciarias.

Solo dos días antes, Iziar, salía de su casa una  mañana triste y borrascosa. Ya había cumplido con la sociedad  y arrepentida,  aceptó esa segunda oportunidad que le daba la vida con un plan de reinserción.

Atrás había dejado la lucha armada y su conciencia, iba en busca de un empleo en otra ciudad. Allí disfrutaría de la playa,  el mar y una nueva vida, otra identidad.

Ya con todo solucionado, llegó al pueblo donde la esperaban, buscó la dirección y enseguida encontró la plaza, la casa de  una planta con una  palmera dando sombra a la entrada, ¡De pronto! Se escuchó una explosión y todo terminó.


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