Supongo que un escritor debería plantearse tratar de alcanzar a sus cuatro o cinco lectores, estén donde estén, y afinar el oído para escuchar las voces nuevas, remotas, tan distantes como distintas, para poder alimentarse de otras motivaciones y realidades, de otras formas de expresión, aunque, a fin de cuentas, compartan un mismo objetivo. No siendo hercúleas, ambas cosas se me antojan, no obstante, harto difíciles.

 

Tampoco sería bueno olvidar que está en la naturaleza humana probar, competir, distinguirse, mezclarse, compararse con los otros para tratar de elevarse más alto, siquiera una micra —para muchos ya una milmillonésima sería bastante—. Un ejemplo que habla de esta situación con elocuencia es la construcción de moais en la isla de Pascua. Los primeros moais no se alzaban más allá de cuatro o cinco metros; pero, a medida que la isla se fue superpoblando —y dado que, al no haber madera suficiente, no podían navegar ni competir entre los once o doce clanes en los que se dividía la isla—, les debió de dar por ahí y esculpir moais de la propia roca sobre la que vivían. La pugna llegó a situaciones tan ridículas como la de tratar de erigir un moai de 25 metros, que jamás terminó de salir de la cantera, o la de tocar las esculturas con rojos pukaos de varias toneladas, que aún hoy pueden admirarse.

 

Con aquellos monolíticos tótems de piedra en la memoria veo clara la importancia de la comunicación, del conocimiento que llega del exterior, del intercambio. De haber estado en contacto con otros pueblos, quién sabe si hubieran evitado el colapso y la desaparición; quién sabe si no hubieran desistido de picar roca y, en cambio, hubieran pintado a la acuarela o competido en las olimpiadas polinésicas…, o hubieran escrito para una revista.

 

Por ello, un año más, hemos querido doblar el mapa para juntar a las gentes de entrambas orillas y presentar un dossier que nos ayude a acercarnos a la realidad literaria mexicana del siglo XXI.

 

Si este dossier sale adelante es gracias al apoyo e implicación de muchas personas. Especialmente quiero agradecer a José Ramón Ortiz por haber sido nuestro mejor aliado desde el otro lado del charco y por haber prologado la antología. También quiero reconocer el esfuerzo y el empuje de David Bendicho, cuya labor ha sido decisiva.

 

Como siempre, realizar una selección de textos y autores es algo tan parcial como arbitrario. Al igual que hicimos con el dossier Uruguay S.XXI, la idea de partida es poner a disposición de nuestros lectores textos que no podrían encontrar en el estante de librerías ni bibliotecas locales y que, por la variedad de espectro —me refiero a edades, estilos, momento del crecimiento literario del cada escritor…— de quienes componen esta recopilación, pudieran establecer un cuerpo literario válido como muestra de lo que, ahora mismo, rebulle en tierras mexicanas o, al menos, en su epicentro: México DF, San Luis de Potosí, Michoacán, etc. Vayan también por delante nuestras disculpas por no haber podido llegar a más rincones, a más Méxicos dentro de México.

 

Por lo demás, tan solo desear que os sea de agrado este esfuerzo por no ser moais que, de espaldas al mar, tutelan el colapso endogámico de nuestra particular isla literaria; por girarnos, abrirnos y contemplar la paleta de colores de estas otras voces que sobrevuelan el Atlántico a lomos de estas páginas.

 

Gracias por seguir apoyándonos.

 

 

Ricardo Díez Pellejero

Director de la revista IMÁN

 

Una mirada a la literatura mexicana del siglo XX.I

Joserra Ortiz*

En 2004 Jorge Volpi publicó una de las reflexiones más interesantes que hasta entonces se habían hecho sobre la literatura escrita en español en nuestra orilla atlántica: “El fin de la narrativa latinoamericana”, aparecida en la Revista de crítica literaria hispanoamericana. El novelista y crítico mexicano, para entonces ya muy afamado por la visibilidad que le había dado a la llamada Generación del crack, destacaba que la crítica especializada en nuestra novelística, sigue una tendencia poscolonial que enfatiza la atención a aquellas obras que giran sobre el eje de la identidad nacional frente al cosmopolitismo. Fiel a su propio ethos creativo, en el que sobresale su frecuente intención de escribir historias que no ocurren en México ni les suceden a mexicanos, y en un derroche de imaginación futurista, Volpi destaca dos cuestiones que me parecen importantes para pensar en nuestra tradición literaria: 1) la inexistencia de una tradición literaria de calidad en el continente antes de la aparición de Borges y Rulfo; y 2) la conciencia en cierta estirpe de narrador latinoamericano de desnaturalizar su escritura para integrarse en un mercado literario internacional.

 

Quizá el primer punto sea un poco exagerado, pero cuando menos como invitación a la reflexión resulta interesante ponderar el surgimiento de una literatura continental en dos poéticas tan distantes entre sí: la de uno basada en el placer bibliófilo exquisito, y la del otro en la carencia como discurso.

 

El segundo planteamiento, sin embargo, no resulta para nada hiperbólico, pues sí es bastante patente que el mundo universitario ha establecido un canon libresco en que se pueden estudiar cuestiones paradigmáticas muy específicas que, cuando menos, sirven para dar una apariencia de orden al vastísimo archivo geotextual latinoamericano, sobresaliendo el tema de la identidad. Lo que hace la crítica, sin ir más lejos, es proponer un sesgo historicista que finge una evolución natural de nuestra literatura (como ocurre, por supuesto, con todas las literaturas reguladas por una seudociencia analítica), haciéndonos creer que hay una constante temática que inicia, por ejemplo, en las cartas de Colón o de Cortés, se continúa en la poesía de Balbuena, llega a Bolívar, pasa por Martí, se estaciona en Rodó, estalla en Carpentier y se vuelve materia universal con García Márquez. No es este el momento ni el espacio para discutir un tema tan grave, pero sí conviene llamar la atención sobre el mismo, precisamente porque me parece una cuestión indiscutible que los primeros ya casi veinte años del siglo XXI, hayan ocurrido sin que supere todavía este estancamiento crítico. Los que alguna vez fueron considerados los grandes temas de la literatura americana en español, se han ido desfasando paulatinamente desde, por poner alguna fecha, el ánimo del cambio de siglo que trajeron consigo fenómenos revitalizadores como una nueva concepción de lo nuevo en las poéticas de McOndo y la de los enterradores, así como la paulatina y lamentable desaparición de quienes fueron los jerarcas de la producción literaria durante el grueso de la segunda mitad del siglo XX.

 

El caso de México me parece particularmente evidente, no solo porque es la literatura que tengo más inmediata y, por lo tanto, me es más visible, sino también porque en la producción más contemporánea, entiendo los diversos cambios que está viviendo el campo literario y su producción narrativa. Por un lado, tal vez el más anecdótico, tenemos una fortalecida generación de autores que comenzaron a publicar en la década de las noventa, cuando eran aún muy jóvenes en su mayoría y que se formaron en revistas no siempre exclusivamente literarias, que revitalizaron (o, sencillamente, lanzaron), modelos y propuestas creativas ignoradas por casi todos los predecesores (Carlos Fuentes sería una excepción en toda regla), sobre todo dentro de las literaturas que desde Alberto Chimal hemos tendido a catalogar como “de la imaginación”. La producción de relatos y novelas de ciencia ficción, a la par de los textos de corte más propiamente fantástico, han coincidido con una vitalidad nunca antes vista del género policial o meramente criminal. Igualmente, un nuevo aprecio por la crónica (mal y poco practicada en el siglo de los novelistas), ha acercado nuevamente a la clase literaria con la práctica del periodismo de fondo o de investigación, junto a una literatura de corte más intimista que explora los horrores y los errores del yo en megalópolis enfurecidas donde, a pesar del tumulto, se está muy solo. Los autores que hoy producen y leo, además, han llegado a las mesas de novedades con sus propias bibliotecas personales en las que sobresalen, junto a escritores contemporáneos internacionales, algunos de los llamados “raros” de la literatura mexicana, en su mayoría escritores y escritoras que habían estado acumulando polvo durante una o dos generaciones. Ahí el rescate de las obras de Francisco Tario, Ámparo Dávila, Rafael Bernal o Josefina Vicens, por mencionar solo cuatro de entre todos los que veo leer con avidez a la mayoría de mis estudiantes de la licenciatura en letras.

 

Otra realidad de la literatura mexicana actual es su sorprendente internacionalización, ya no solo en la variedad de temas o escenarios contemplados, ni tampoco en ese ánimo cosmopolita que siempre ha tenido parte de la escritura americana, sino a la visibilidad que muchos autores tienen a nivel global, en materia de traducciones o ediciones trasatlánticas. Por supuesto que, en parte, esto es resultado de la fortaleza que para la industria librera han sido las ferias internacionales del libro, con la de Guadalajara a la cabeza, pero también del carácter universal que ha tomado gran parte de la escritura reciente en sus autores que producen en gran parte de las capitales culturales del mundo, desde Nueva York, a Barcelona, pasando por Berlín o Buenos Aires. Como es lógico, el territorio habitado produce un relato en particular, lo que ha ido deslocalizando a cierta narrativa mexicana del propio México, y sus costumbres. Este es un fenómeno transhistórico, se me dirá, y con toda razón, pero también es cierto que lo que era la excepción y ya no lo es tanto y esto también va en concordancia con la realidad que hoy vive el país en el plano internacional. México, como nación migrante de aquí para allá y de allá para acá, explora hoy ese drama en muchas de sus mejores plumas, curiosamente con mayor persistencia en la literatura de corte infantil.

 

Sin embargo, no se puede negar que el tema más visible de la literatura mexicana es el de la violencia, casi siempre de corte criminal, en concordancia con la realidad inmediata que sufre la nación, de forma más grave desde que se declaró la guerra militar contra los cárteles de la droga desde 2006 y que ha producido cientos de miles de muertos, desaparecidos y movilizados por toda la geografía del país. Como es obvio, es la literatura de corte policial la que más ha bebido de este tema, produciendo una revolución en el género que ya no vuelve a los temas que fueron propios a esta clase de textos, como el de la militancia político-intelectual. Algunos de sus detractores la llaman peyorativamente “narcoliteratura”, por la centralidad con que figuran ahí personajes provenientes de la cultura, o el imaginario, del trasiego ilegal de drogas en la frontera con los Estados Unidos. Estas novelas suelen seguir a un héroe investigador que se enfrenta a capos o células delincuenciales para encontrar una verdad. Las calidades son variadas, algunas novelas, como las del maestro Élmer Mendoza, las de Bernardo Fernández BEF o las de Hilario Peña son muy divertidas, al tiempo que informadoras de las mutaciones que sufre el género en México, ya sea porque algunas se inclinen a un formato más tradicional, que otras que tienden a mezclar su registro con el de otras literaturas de masas, como el cómic, el western o el cyberpunk. Destaco en este panorama, por sobre sus colegas de generación, el trabajo del también periodista Imanol Caneyada, cuya literatura informa de manera muy objetiva sobre hechos criminales diversos y cotidianos, como la trata de blancas, el abandono de los desprotegidos, las torturas policiales y, en el caso de su novela más reciente, 49 cruces blancas, el acontecimiento real de un incendio en el parvulario ABC, todavía impune por la corrupción gubernamental, y en donde fallecieron medio centenar de bebés menores de tres años.

 

Creo que, en este sentido, el dossier que presenta la revista Imán, resulta bastante informador y ejemplar de algunas de las generalidades que hasta aquí he notado. Distingo una variedad muy amplia de registros y éticas literarias entre los autores congregados, así como una intención descentralizadora que permite intuir la complejidad y multitud de voces y experiencias de todo un país y no solo una región —la capital, históricamente el centro del discurso artístico mexicano. Hay también autores pertenecientes a muy distintas generaciones: desde algún representante de la generación de los 60, hasta jóvenes plumas que no pasan la veintena de edad. Pero el fuerte de esta ventana a la literatura que se practica hoy en México, más allá de su pluralidad, es el de actualizar nuevamente nuestras referencias sobre lo que se escribe hoy mismo al otro lado del mar, en una orilla de nuestro idioma que, por la costumbre del canon, tiende a fijarse en los nombres comunes y a ocultar lo nuevo. Por supuesto que los medios masivos y nuestra realidad digital cada vez permiten menos el estancamiento, la literatura en español nunca había estado más cerca de sí misma que ahora y, sin embargo, no está de más echarnos de vez en cuando un cable trasatlántico en el que reconocernos.

 

 

San Luis Potosí, México

Octubre de 2018

 

*Doctor en estudios hispánicos por Brown University (2012), y actualmente profesor investigador de tiempo completo en la licenciatura en lengua y literaturas hispanoamericanas en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde también dirige el fondo editorial.

 


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