Editorial

En este número 21 de la revista Imán, nos saltamos nuestra habitual línea editorial dedicando el dossier —de forma extraordinaria y monográficamente— a la memoria de quien fuera compañero en la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE) y exdirector de esta misma revista, que hoy tengo el placer y la responsabilidad de dirigir.

La revista que nos entregó Fernando Aínsa tenía una gran riqueza de contenidos y la mirada puesta en otros territorios. Fiel a esa idea, en esta etapa hemos seguido con su legado, lanzando números aperturistas e internacionales.

Fernando es una figura relevante en la cultura aragonesa, hispanoamericana, francesa…, como se puede comprobar sencillamente acudiendo a su bibliografía, y como bien se desprende de los textos de Norah Giraldi Dei Cas y de Javier Barreiro, que se acompañan a continuación.

Los contenidos que conforman este dossier son una selección de sus textos que Fernando Aínsa hizo personalmente semanas antes de su fallecimiento. En la AAE se estaba trabajando en ese momento en el homenaje que deseábamos brindarle y en el que se iba a revisar parte de su extensa obra, y estos son los textos que, precisamente, nos remitió Fernando para nuestra consideración. Respetando su criterio y queriendo, con este gesto, dejar constancia de nuestro aprecio y respeto a la persona y a su inmenso legado, hemos decidido publicar todos íntegramente.

Como siempre, os deseamos una plácida lectura y que, a través de esta obra selecta, el recuerdo de Fernando os sea más cercano.

Ricardo Díez Pellejero
Director de la revista IMÁN

 

Prólogo

La magnitud de la personalidad literaria de Fernando Aínsa tardó en ser apreciada en Aragón y, aunque, años después de su llegada, empezara lentamente a serlo, ni el conocimiento ni el reconocimiento de su obra fueron justos con ella. Contribuyó a tal extremo la modestia del escritor y su carácter, poco propenso a alharacas. Pero también es cierto que nunca desdeñaba el acudir a cualquier acto literario, por humilde que fuera la ocasión y la compañía. Tal era su amor y dedicación a todo lo que oliera o supiera a literatura. Porque, efectivamente, el personaje era todo literatura. Como que compartía en alto grado las prototípicas cualidades precisas para constituirse en escritor: cultura, sensibilidad, poder de observación e introspección y competencia lingüística.

Que su cultura era proteica lo demuestra sobre todo la profusa obra ensayística que escribió, pero también los cargos que ostentó, las instituciones a las que perteneció y los reconocimientos que obtuvo. Por citar sendos ejemplos, entre una miríada: director literario de las Ediciones de la UNESCO, vicepresidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, además de director durante varios años de esta revista y el nombramiento de Doctor honoris causa por la Universidad de Poitiers. No se considere presunción la referencia a nuestra modesta asociación, ya que es lógico recordarlo en una publicación editada por ella pero es que, además, su pertenencia a la misma alivió en alguna medida la aludida ignorancia que en Aragón se tenía de su figura.

Si seguimos revisando las cualidades antes citadas, la sensibilidad no sólo trascendía su obra literaria sino que, para cualquier persona que lo conociera, era notoria esa capacidad de comprensión y empatía que emanaban de su trato. No olvidemos que la sensibilidad no sólo es tener abiertas las antenas para la percepción tanto de la belleza como del horror, sino compartir íntimamente la felicidad y el dolor ajenos.

El poder de observación se revela tanto en su ensayística como en su obra narrativa, con la que, por cierto, se inició como creador en 1964. Por su parte, la capacidad de introspección se hace presente sobre todo en la poesía, el género que apareció más tardíamente en su trayectoria y al que, sin embargo, se dedicó con más intensidad en la última etapa de su vida.

En cuanto a su competencia lingüística, poco habrá que señalar porque es lo que caracteriza al verdadero escritor, lo que convierte un texto cualquiera en arte literario. Esta obviedad conviene recordarla hoy que se escribe tanto y de tantas cosas sin tener conocimientos, formación ni técnica literaria suficientes para adentrarse en terrenos tan pedregosos. ¡Cuántas veces habría que recordar la frase de Basilio Soulinake en Luces de bohemia!: “La democracia no excluye las categorías técnicas”. Aplíquese también el cuento a los reseñistas literarios de hogaño, casi siempre sujetos al interés de las empresas editoriales, sus relaciones personales y el do ut des. Aludíamos a que Fernando empezó como narrador (El testigo, 1964), se convirtió en ensayista (Las trampas de Onetti, 1970) y derivó en poeta tardano, como el título de su primer poemario (Aprendizajes tardíos, 2007) denota. La elección del género, que no es sino una gramática de la expresión, acostumbra a ir en relación con la circunstancia vital del escritor, aunque durante una buena parte de su trayectoria dichos géneros literarios se solapasen. Exiliado, pero a una edad que le daba derecho a considerarse plenamente uruguayo, comienza su trayectoria narrativa en las fechas que el llamado boom de la novela iberoamericana comienza a hacer explosión en la Europa occidental. Cuando llega a Francia en 1973 —no olvidemos que su madre había nacido en tierras galas— aun manteniendo su interés por los temas americanos, se integra totalmente en la cultura del país y es, precisamente el periodo en el que se subraya su dedicación a lo ensayístico: nueve títulos en ese periodo hasta que en 1999, con sesenta años, regresa a España, donde seguirá cultivando el género: siete títulos más en dos décadas. Será a los 70 años cuando se estrene en la poesía: cinco libros en total. Además del citado, Bodas de oro, el tan original y logrado, Clima húmedo, Poder del buitre sobre sus lentas alas y Residencia al aire, su lírica reunida, editada por Renacimiento, que tanto satisfizo a Fernando. Al fin, la propia poesía es el mejor retrato y resumen del escritor. De cualquier escritor, si la poesía reúne los méritos para considerarse tal.

Una mirada más general sobre la totalidad de su obra literaria nos muestra una constante: su preocupación por la ubicación, los lugares, los espacios y, planteado más genéricamente, por los contextos. Es verdad que a su curiosidad todo le atrae y así lo demuestra la variedad de sus labores y su trabajo crítico, pero, con sólo el título de algunos de sus ensayos, evidenciamos la importancia que toma para él lo arriba dicho: Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética (2002); Espacios de encuentro y mediación. Sociedad civil, democracia y utopía en América Latina (2004); Del topos al logos. Propuestas de geopoética (2006); Espacio literario y fronteras de la identidad (2005); Espacios de la memoria. Lugares y paisajes de la cultura uruguaya (2008). He aquí como un escritor, de profesión por naturaleza sedentaria, sondea en la ubicación, en el espacio y en el nomadismo de la búsqueda, la explicación y el análisis de aquello que más le ocupa: la utopía —¿en qué consiste esta sino en la esperanza de un lugar imaginario e ignoto, la de conocer al otro y, por tanto, alcanzar la utopía inlograda de la cultura occidental, el socrático conoscere te ipsum?

Además de la utopía, ha sido la integración de culturas, con especial referencia a lo americano, otro de los leit motivs más constantes de Fernando. ¿Cómo penetrar en ello, sin tener en cuenta no sólo al indio y al español, sino también, al francés, al inglés, al negro, al yanqui…? Es decir, al lugar de procedencia y al destino de las culturas. Al fin, este escritor ha sido un intelectual dividido entre dos mundos pero no olvidemos que la no pertenencia casi siempre resulta ser una ventaja, que amplía los campos del conocimiento y de la experimentación. Recordemos lo positivo que resulta para los niños educarse en varios países, la cantidad de intelectuales de excelencia que han deambulado en su infancia de aquí para allá. Ciertos tipos de escisiones apuntan más a la superioridad del conocimiento que a la esquizofrenia.

Conjugar universalismo y localismo, otra propiedad de la escritura del autor que nos ocupa, no suelen ser categorías enfrentadas sino complementarias. Recordemos, como ejemplo, al más destacado de los escritores aragoneses, Ramón José Sender, también afectado por el exilio y en la peor forma posible: añadiendo a él la pérdida de casi toda su familia directa; el trauma no le impidió facturar narraciones magistrales sobre el Aragón de su niñez y adolescencia y ser, probablemente, el escritor de su generación con más obras de excelencia en torno 24 a las Américas, lo que subraya la cercanía de ambos en cuanto a sus inquietudes.

Fernando Aínsa logró en varios de sus ensayos establecer categorías, penetrar en el intríngulis y dar forma a muchas de las representaciones literarias que han contribuido a configurar la multiforme, pero indudable, identidad de la literatura latinoamericana. Su capacidad de análisis, y su independencia le facilitaron el camino. También, la claridad y limpidez de su prosa. Eso de ser profundo pero legible, no estuvo de moda en la época en que yo me formé culturalmente, en la que la oscuridad parecía ser una virtud, pese a figuras como las de Alfonso Reyes, Ortega y Gasset, Octavio Paz y, por supuesto, Borges, pero hubieron de pasar años para que entrara un poco de aire fresco —recuérdese a Allan Sokal y su tan higiénico como desopilante, Intelectual Impostures (1988)— y pudieran llegar a ser enaltecidas gentes como Steven Pinker, Richard Dawkins, Jean- François Revel o Giovanni Sartori, por citar, como en el chiste, a un americano, un inglés, un francés y un italiano. Fernando Aínsa conjugó en sus ensayos densidad y transparencia, como lo hizo en su poesía, honda pero entendible para la mayoría. Y conste que no considero que la claridad en poesía sea necesariamente una virtud, como tampoco lo es en el ensayo y no hay más que traer a colación al inmenso Lezama Lima, como ejemplo. Fernando Aínsa procuró ser con sus lectores tan generoso como en su propia vida.

Conocí a Fernando y accedí a su amistad en sus últimos lustros, cuando su “escisión” era tan sólo entre Zaragoza y Oliete, el pueblo turolense donde se refugiaba y me queda el reconcomio de no haberlo aprovechado más. Amplío la reflexión que, respecto a Aragón, enunciaba al principio de este texto: este autor pudo haber sido un muy valioso puente cultural entre Aragón y América para intercambiar e integrar territorios, ciudades, personas y actividades, que él conocía tan bien. En la América latina las posibilidades económicas son menores que al este del Atlántico pero, con el dinamismo y la propensión hacia la cultura, sucede al contrario: son de mayor calado. Soy de los que piensan que si el estado, que, generalmente, no resuelve problemas a la gente sino que los crea, hubiese atendido más y mejor a la relación con América, otro gallo hubiera cantado a España en la cultura contemporánea. En la breve antología que aquí se presenta, preparada por el propio Fernando 25 Aínsa, predomina la poesía, que —ya se ha visto— fue la principal dedicación de sus últimos años y podría echarse en falta el ensayo literario, que fue lo que mayor prestigio intelectual le otorgara pero que, por la extensión que requiere, no sería apropiado para una revista de estas características. No obstante, en el breve mosaico expuesto aparece la gran variedad de direcciones a las que apuntaba el pensamiento y la sensibilidad del escritor hispano-uruguayo. Como en cualquier muestra de textos de un autor, su más defendible aspiración debe ser el estímulo a leerlo, conocerlo más y mejor, penetrar en su mundo y enriquecerse con él. Para todo ello, Fernando Aínsa será un excelente compañero de aventura.

Javier Barreiro

 


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