Editorial Revista Imán 22

Editorial Dossier 6.

Después de haber dedicado nuestros dosieres a México, Uruguay, Aragón (uno general a su cultura y otro a sus jóvenes poetas), Bulgaria y a la figura de Fernando Aínsa, queríamos volver a nuestra vecina América. Vecina por la evidente proximidad que nos otorga la lengua a través de la que se vinculan nuestras culturas, así como por la imbricación de nuestros caminos y la mirada que sostenemos, especular y mágica, de uno a otro lado del Atlántico. Para ello, nos hemos fijado en Colombia, un país que desde aquí sentimos muy ligado a la literatura —en especial a la poesía—, al que hemos querido observar con amplitud y cuidado. Vaya por delante que no se trata de hacer una antología canónica ni un mapa con coordenadas claras e inviolables. Como siempre, en la revista IMÁN tratamos de acercarnos a otras literaturas en forma de collage: tratando de sumar una serie de instantáneas, una seria de retratos literarios, que puedan ofrecer a nuestros lectores una visión con la que componerse una cierta idea del estado, mejor, del pálpito literario que se está viviendo.

Para ello, como siempre, combinamos las presencias de autores consagradísimos con las de jóvenes valores, algunos en vías de consolidación como referentes, otros ya bien conocidos y algunos iniciando una interesantísima andadura por la palabra.

No se trata, por tanto, de una antología pergeñada con criterios académicos sino vitales. Hemos querido trasladar las lecturas al alcance de los colombianos del siglo XXI a nuestros lectores, para que tengan acceso a textos que —en la mayor parte de las ocasiones— no cruzan el charco o, si lo hacen, no llegan con facilidad al alcance de su mano.

Los textos que os hacemos llegar en este dosier, de una calidad y un interés incuestionables, no habrían podido integrarse en él sin la generosidad y el apoyo de todos los autores que se han brindado a sumarse. Queremos pedir perdón a quienes, finalmente, no hemos podido incluir por razones de espacio, que no de calidad y, sobre todo, queremos agradecer a Mateo Cardona Vallejo su colaboración para contactar con muchos de los autores incluidos en nuestro suplemento; a Guillermo Molina Morales por el fabuloso trabajo introduciendo los textos y ubicando convenientemente al lector frente a ellos; a Alfredo Saldaña Sagredo por su consejo y buen criterio; a Carlos González Sanz por su complicidad y trabajo, sin el que este dosier no vería la luz, y al Estudio DosManos (estudiodosmanos@gmail.com) por el diseño de las portadas de esta colección de dosieres.

Esperamos que sea de vuestro interés y que disfrutéis de su lectura tanto como nosotros lo hemos hecho poniéndonos al día del magnífico estado de salud de la literatura colombiana.

Ricardo Díez Pellejero
Director de la revista IMÁN, poeta y
crítico literario en el diario Heraldo de Aragónedad.

 

Literatura colombiana actual : los muros y las calles
Guillermo Molina Morales*

Colombia. No evitaremos lo evidente. Todo extranjero piensa primero en palabras como “narcotráfico”, “guerrilla” o “paramilitares” (también, por suerte, en el reciente acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC). Dentro del país, estas realidades están muy presentes, aunque en distinto grado según se viva, o no, en zonas directamente afectadas por la violencia. En todas las regiones, sin embargo, se sufre el mismo problema de desigualdad social: Colombia es uno de los países más desiguales de todo el mundo según el índice Gini. Este hecho genera una violencia estructural muy marcada, y tiene también fuertes repercusiones en la literatura. Las muy diferentes posibilidades para acceder a una educación de calidad dificultan la democratización de nuestro campo. Es posible que el Festival de Medellín tenga miles de asistentes, pero son las cifras de un espectáculo. Si pensamos en quiénes escriben en Colombia, es sencillo constatar que la mayoría de poetas han estudiado en colegios y universidades privadas donde se conforma una élite cultural endogámica. Incluso persisten “dinastías” familiares de poetas. Falta una clase media numerosa, activa y heterogénea de donde puedan surgir nuevas visiones de mundo.

La producción literaria nacional, por lo tanto, difícilmente refleja la diversidad del país. Tengamos en cuenta que se trata de una nación con más de 70 lenguas, la mayoría de ellas indígenas. Además del componente indígena, es muy importante el africano, que configura una identidad propia (explorada en la llamada “literatura afrocolombiana”). Por otro lado, en Colombia existen tres grandes zonas muy diferentes entre sí: la andina (donde se ubican las grandes ciudades de Bogotá y Medellín), las dos costas (caribeña y pacífica) y la región amazónica. Es notable el esfuerzo de las instituciones y de los propios escritores para lograr una literatura más inclusiva, sobre todo a partir de la Constitución de 1991, pero solo podremos hablar de “parches” (en el doble sentido, panhispánico y colombiano) hasta que exista una verdadera educación pública y universal de calidad.

Ahora bien, ¿qué se sabe de la literatura colombiana fuera de Colombia? El primer nombre que se viene a la mente es, lógicamente, el premio Nobel Gabriel García Márquez (1927-2014). Quizás seguirían, en cuanto a novelistas, las figuras de Álvaro Mutis (1923-2013), Fernando Vallejo (1942) y Laura Restrepo (1950). Respecto a la poesía, y limitándonos a los clásicos contemporáneos (nacidos en la primera mitad del siglo XX), resulta chocante lo poco conocido que es Aurelio Arturo (1906-1974) fuera de Colombia: dentro del país, ha sustituido a José Asunción Silva como poeta nacional, lo que ha favorecido la permanencia de un ritmo unitario en la poesía. Sí se conocen, al menos en España, grandes poetas como José Manuel Arango (1937-2002), Giovanni Quessep (1939), María Mercedes Carranza (1945-2003) y Juan Manuel Roca (1946), recogido en el presente dosier. Se trata de un “canon” que, sin lugar a dudas, abarca obras que merecen ser leídas.

La selección realizada por la revista Imán, que tengo el gusto de presentar, recoge autores posteriores, en plena actividad creadora, algunos ya consolidados (como el ya citado Roca) y otros emergentes (hasta cinco escritores han nacido después de 1980). Estos nombres, por lo general, son reconocidos en Colombia, pero posiblemente serán nuevos descubrimientos para el lector foráneo. Esta es, de hecho, una de las funciones que tienen los dosieres internacionales de nuestra revista: crear puentes entre países que, al fin de cuentas, forman parte de una misma tradición.

Quisiera destacar el hecho de que los poetas que escriben en español son miembros de una sola patria literaria, que las fronteras nacionales no tienen mucho sentido, menos todavía con el desarrollo de las TIC. Con todo, es necesario resaltar que en Colombia se enfatiza mucho “lo propio”, y esto suscita una suerte de profecía auto-cumplida: los nuevos poetas tienden a reproducir los mismos 9 modelos (no es difícil identificar, por ejemplo, cohortes de escritores que escriben a la manera de algún poeta local prestigioso). La limitación nacionalista, junto a las dificultades para democratizar el acceso a la escritura y la ausencia de una crítica poética rigurosa, suscita una cierta sensación de homogeneidad e inmovilismo.

Estos son algunos muros que ayudan a explicar el carácter conservador de la poesía colombiana. Se trata de un estigma que se remonta al siglo XIX, cuando la élite de la “Atenas sudamericana” (Bogotá) pretendía justificarse a sí misma a través de versos que tenían más relación con la gramática que con la poesía. Es curioso, por ejemplo, el gran número de poetas-gramáticos que llegaron a la presidencia del país. Ya en referencia al siglo XX, críticos como Juan Gustavo Cobo Borda han hablado de una “tradición de la pobreza”, lo cual, evidentemente, no suele gustar a los protagonistas de esa pobreza. Carlos Patiño Millán añade que “debido a esa pobreza, lo que se hace es pobre y deja ver el remiendo”. Eduardo García Aguilar, por su parte, opina que la colombiana es “una poesía pasmada, abortada, rezagada, comiéndose las uñas, modosita, sin grandes ambiciones, bien portada”. Hace poco encontré, en un ejemplar de 2008 de la editorial mexicana El billar de Lucrecia, el anuncio de una antología de poetas que “destrozarán el cuello al último idiota que siga pensando que en Colombia solo hay poesía de decente costura y confección”. La antología no llegó a publicarse, y nuestro cuello sigue intacto.

No creo que la poesía colombiana se defina con la expresión “costura y confección”, pero considero que ha tendido más al orden que a la aventura, que ha buscado una “dorada medianía”. La popularidad, todavía hoy, de un movimiento como el “nadaísmo” (una vanguardia de los años cincuenta que llegó con décadas de retraso), muestra la facilidad del escándalo infantil en una sociedad conservadora. La otra cara del escándalo es el paternalismo con el que, de vez en cuando, se invita a sujetos exóticos a la fiesta de la élite. El carácter conservador, hoy en día, no está definido por la gramática o la métrica, pero sí por una mirada lírica y solemne que anhela la trascendencia y se recrea en la nostalgia, con prevalencia de una musicalidad melodiosa y de una imaginería abstracta (“silencio”, “sombra”, “nada”, “ausencia”, “cenizas”, etc.). En este sentido, han sido minoritarias (aunque siempre presentes) las exploraciones en la disonancia, el lenguaje coloquial, la cultura popular, el humor o el verdadero cuestionamiento sociopolítico (que no es igual a usar el nombre de una masacre para un gorgorito lírico).

El objetivo de los párrafos que siguen es ofrecer algunas claves que ayuden a contextualizar y entender las obras seleccionadas. No pretendo, en todo caso, establecer un panorama absoluto de la literatura colombiana actual, sino centrarme en posibilidades de lectura que sugieren los textos. La primera mitad de este prólogo se centró en los muros: veamos ahora las calles, los valiosos senderos que abren nuestros poetas a pesar de todas las dificultades. Para ello, usaré algunos nombres del callejero popular bogotano, que persiste de manera fantasmagórica en las actuales calles nombradas con números.

Se dice que la calle del Pecado Mortal toma su nombre de una figura espectral que caminaba a altas horas de la noche con una linterna y una campanilla recordando a los enfermos del alma. Los poetas que la habitan utilizan sus versos para recordarnos las enfermedades del país y, muy en especial, las violencias. Así lo viene haciendo desde hace décadas Juan Manuel Roca (1946), quien también tiene un rol importante como antólogo y comentarista de esta vertiente poética. En los autores más jóvenes también se percibe un interés en reflexionar sobre los conflictos de la historia reciente. Los poemas de Gabriela Arciniegas (1975) se articulan desde un lenguaje y un imaginario mítico que atraviesa con rabia un territorio desolado. Camila Charry (1979) ha recreado escenarios de guerra con una mirada contenida e incisiva. También los poemas enfocados “cuerpo adentro” logran un difícil equilibrio entre la reflexión y el “dolor humano en lo humano”.

En la calle del Divorcio encontramos dos poetas que vivencian la ruptura entre la memoria y la desesperanza. Luz Mary Giraldo (1950) y Amparo Osorio (1951) construyen sujetos poéticos en pleno desgarro interior, un desgarro casi palpable en su corporeidad (“este dolor de huesos rotos”). Su poesía busca algún tipo de catarsis que permita sobrellevar la vida en la intemperie. “Mi sueño es no escribir sobre lo mismo / sino encontrar tu plato lleno”, nos dice Giraldo con una impactante honestidad.

La calle de las Culebras debe su nombre a la pasada existencia de riachuelos con serpientes que llegaban a introducirse en los hogares. Al hogar de Samuel Vásquez (1949) llega la serpiente de la contradicción, con una poesía que teje y desteje los significados sin encontrar un asidero firme. Flóbert Zapata (1958) es un cazador de serpientes, sus poemas actúan como golpes precisos y contundentes que continúan resonando en nuestro interior: “Al mirarla comenzaría a arder”. Para Gonzalo Márquez Cristo (1963-2016), el poema es una culebra que viene de remotos lugares míticos y parece alejarse hacia los reinos del delirio: “Cuando se interrumpe el tiempo alguien decide nacer”.

En la calle de la Cajita de Agua existía una fuente comunitaria donde podían surtirse los habitantes de la zona. Ramón Cote (1963) y Santiago Espinosa (1985) acuden a la fuente de lo cotidiano para resignificar con su mirada elementos como unas monedas olvidadas en un bolsillo, una revista de farándula o los ojos de nuestras abuelas: “mujeres despiertas como aves o candiles, / inventando desde sus pasos el rumor y los días”, escribe Espinosa. La reflexión sobre el paso del tiempo es, de hecho, una problemática esencial para nuestros dos poetas.

En la calle de las Brujas habitan algunas de las poetas más recientes, que han decidido trabajar en el lenguaje para encontrar el conjuro que nos abra las puertas a una realidad más densa y enigmática (es necesario, en este punto, recordar que las tres poetas, junto a otras de gran valor, se encuentran en la antología Pájaros de sombra). Catalina González Restrepo (1976) logra una mirada ajena sobre lo cotidiano a través de la yuxtaposición de fragmentos parcialmente disonantes. En varios momentos se produce una escisión entre lo material y lo imaginado: “El único contacto con la realidad / era la bandeja con comida”. Por su parte, las dos poetas más jóvenes tienen en común el haber publicado en 2018 sendos libros que causaron un impacto en nuestras fronteras. María Paz Guerrero (1982), con Dios también es una perra, desde el título nos sumerge en una tensión entre lo sublime y lo corpóreo. ¿Cómo pensar con el cuerpo?, ¿cómo desafiar la lógica cartesiana desde el Tercer Mundo?, ¿cómo romper la idea desde la carencia?, son algunas de las cuestiones hacia las que se dirige el citado libro. Desastre lento, de Tania Ganitsky (1986), comienza con un verso poderoso: “El mundo va a acabarse antes que la poesía”. De hecho, el libro se sitúa en un 12 paisaje post-apocalítico en el cual las palabras intentan atisbar, iluminar por un instante, lo perdido. Es admirable cómo Ganitsky logra la sugerencia desde un lenguaje preciso y contenido.

Dediquemos al menos un párrafo a presentar a los narradores. Gonzalo Mallarino (1958) es el decano de esta pequeña selección. El fragmento elegido muestra una minuciosidad en las descripciones y un ritmo tan marcado que nos hace pensar en la poesía. Se trata, de hecho, de una canción, de la Canción de dos mujeres. Robert Max Steenkist (1982), que también escribe poesía, nos ofrece un cuento que comienza en una escena intimista, familiar, y acaba tomando sorprendentes senderos de terror y alegoría emocional. El misterio también se asoma a la prosa de Yessica Chiquillo (1993), en este caso con protagonismo de las creencias populares. La creación de atmósferas donde cualquier cosa podría suceder es una de las principales habilidades de la escritora.

Cerramos aquí el prólogo para abrir la invitación a realizar el viaje literario que nos propone la revista Imán a través de esta valiosa selección de literatura colombiana actual. Disfrútenla: más allá de realismos mágicos y de realismos trágicos, todavía hay mucho que conocer en Colombia.

 

*Nacido en Zaragoza (España) en 1983. Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Zaragoza. Desde el año 2014, vive en Bogotá. Trabaja como docente e investigador en la maestría “Literatura y cultura” del Instituto Caro y Cuervo. En la actualidad dirige un proyecto de investigación, “Poesía en movimiento”, dedicado a la poesía colombiana actual. Guillermo.Molina@caroycuervo.gov.co


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