No quería pensar en su vida.
No deseaba pensar en nada, no quería pensar en aquello que no dejaba de pensar.
Laura, que pudo ver avanzar el tiempo con tanta lucidez como locura, divertida locura, inmadurez o irreflexión incluso
¿Y qué?

Se contempló en el espejo, durante un rato, él le devolvía la mirada con absoluto descaro, ella clavaba sus ojos en él, atrevida, desafiante casi insultante, segundos….minutos .

Hasta que se decidía a dibujar una de sus mejores sonrisas, uno de esos bonitos gestos que tenía por costumbre regalarle y regalarse.
Desde que podía recordar, Laura era capaz de resumir su vida en dos palabras “dejarse llevar”, así sentía el transcurrir de su existencia.

Ahora, sin apenas tiempo ya, no tenía sentido ni siquiera pensarlo, o tal vez sí.

Eterno dilema que llevaba a Laura a “no querer pensar”.

Tampoco deseaba disponer de tiempo, ahora no, ya no, ¿para qué?

No era posible vivir otra vida o, mejor dicho, vivió una vida que no decidió vivir.

Se miró al espejo y de nuevo comenzó a dibujar su última sonrisa, tal vez la mejor.

Y pensó  que realmente la felicidad está sobrevalorada.

Ya no despertó.

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