“Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos”.

Miguel Hernández

La noche era oscura, fría, siniestra. Solo se escuchaba el silbido del viento, que se detenía en las esquinas para recoger todos los sonidos existentes y expulsarlos a un tiempo. Era como escuchar los aullidos de cien lobos hambrientos que habían contenido demasiado tiempo sus instintos. El viento me empujaba y se empecinaba en arrastrarme. Intentaba disuadir mi propósito con sus armas de ser etéreo y silbante. Jugaba con mi empeño e intentaba distraerme, pero no lo conseguía.

Aquella noche fue otra de tantas; solitaria, amenazadora, silenciosa. Lo que la hizo diferente fue el ensañamiento que encontré en la escena del crimen. Había visto muchos cadáveres abandonados a su suerte, pero lo de esa noche fue aterrador.

La oscuridad era mi aliada. Nadie indagaría a esas horas sobre crímenes en los márgenes de la vida. A nadie le importaba ya que ellas murieran agonizando con una ignominia inverosímil. Parecía ser yo el único ser en la tierra preocupado por su lenta y dolorosa desaparición.

Enfundé mis manos en los guantes de látex, que ya eran parte de mi trabajo, y cogí la bolsa de plástico negra y opaca que serviría de ataúd improvisado. Encendí la linterna y me dispuse a indagar en el terreno. Sabía que habría sucedido otra desgracia. Todas las noches ocurría, hacía un tiempo que ya nadie les concedía una tregua. Por eso sabía que si peinaba cada centímetro de cemento la encontraría palpitando en su escondite o abandonando ya los vértices del mundo.

La ciudad se hacía irrespirable. Todo eran párrafos breves y concisos para dar una información concreta. Ya nadie se regocijaba en buscar el adjetivo adecuado para cada sustantivo. Ya nadie elevaba el espíritu rimando versos.

Indagué en las calles sin salida, en las que se amontonaba la basura; en los tendedores con la ropa sucia aireada demasiado tiempo; en los callejones oscuros, en los que surgía de pronto una puerta de emergencia de un garito pendenciero.

Atisbé una mancha en el suelo, era un charco de agua estancada. El agua se había coloreado de un rojo intenso y ocultaba parte del cuerpo que yacía dentro. Introduje mi mano con cierto estupor y la aversión propia de la incertidumbre. Su carne palidecía por el inevitable proceso de la muerte. Se habían ensañado con ella, su virgulilla aparecía unos metros más alejada, desmembrada y apuñalada.

Me agaché para saber si todavía respiraba, pero asumí con incredulidad que ya era parte del pasado. Su piel estaba fría y dura, y su sangre comenzaba a oscurecer. Había tenido una muerte lenta y dolorosa. Alguien le había cercenado a bocajarro su apéndice superior y se había desangrado. Cogí la letra Ñ con cuidado y la coloqué en la bolsa de plástico junto a su virgulilla descuartizada. Apagué la linterna y corrí hacia mi casa con el corazón cabalgando a ritmo de galeras. Si la policía me pillaba en esa situación tendría que dar muchas explicaciones. Nadie quería cargar con muertos en mitad de la noche, a no ser que fuera el asesino o un loco sin razón ninguna. Eso serían atenuantes, no estaba castigado el asesinato de las letras. Tampoco era ilegal ser un loco sin sentido. Lo que sí estaba penado era intentar salvaguardar todo el abecedario. Ser un escritor del castellano. Por eso huí sin descanso hasta llegar a mi guarida, con las manos manchadas de sangre y el estupor pegado a la garganta.

Mi refugio era el lugar donde almacenaba todo lo que la gente despreciaba. El único sitio donde podía seguir fundando palabras y reuniendo letras en auténticas orgías de literatura.

Subí la persiana metálica con cuidado. Las patrullas nocturnas solían visitar los barrios marginales y las calles más empobrecidas en la vulgar creencia de que allí habitábamos los delincuentes y facinerosos.

Accedí a mi escondrijo y coloqué la letra en la mesa de autopsia. Debía lavar primero a la víctima con cuidado porque la sangre no dejaba ver con claridad el motivo de su muerte. Estaba claro a simple vista que le habían arrancado de cuajo la virgulilla, y que eso le había provocado un boquete en su zona superior por el que se había escapado la sangre a raudales. Pero había más indicios del crimen. Para empezar, un desprecio común por su esencia. La lavé con paciencia y dedicación, como siempre hacía con los cadáveres, y revisé su cuerpo maltrecho. Era muy delgada, demasiado. Su cuerpo había empequeñecido en relación a su apéndice superior, y eso era síntoma inequívoco de dejadez. Seguramente habría estado vagando por ahí sin rumbo fijo y sin compañía, y tal vez, se había dejado llevar por la bebida. Era lo que les solía suceder a las letras que eran olvidadas sin contemplaciones. Había nacido hacía muchos siglos, debido a la inevitable tendencia del ser humano a economizar en el lenguaje, y había sustituido a las dos enes latinas con bastante desparpajo. Su aspecto, el más original de todo el alfabeto, había sido creado con amor e intención de eternidad. Las letras no morían por entonces, ni siquiera se perdían, más bien evolucionaban y se transformaban. La Ñ se convirtió en un símbolo del orgullo nacional.

Por eso, cuando empecé a ver letras Ñ asesinadas unas veces, y auto mutiladas otras, supe que el castellano desaparecería tarde o temprano.

En los albores de la era analfabeta yo ya era un pobre escritor que derrochaba palabras y les daba unas alas que las liberaban y les dotaban de una independencia abrumadora. El oficio era duro y solitario, y no engordaba la cuenta bancaria. Pero uno nace con unas aptitudes y era lo único que sabía hacer. Nunca fue un oficio prestigioso, ni tan siquiera necesario, pero en unos años se convirtió en peligroso. Ser escritor se igualó a ser un delincuente. La gente que leía mis escritos estaba condenada de antemano al ostracismo o al confinamiento.

Los hechos se desencadenaron de un modo lento al principio. Una letra aquí que perdía el rumbo, otra allá era arrojada al contenedor. Algunas comenzaron a vagar deprimidas sin un objetivo claro. Pero más tarde fueron palabras. Algunas fueron abandonadas en el más tenebroso de los olvidos. Otras, sustituidas y transformadas de un modo violento. Les obligaban a quitarse la ropa a la fuerza y las envolvían en otras carcasas más incómodas que no se ajustaban a sus medidas. Las torturaban con las estrecheces y el ridículo de sus nuevas apariencias y luego las abandonaban riéndose de ellas. Voló por entonces un rumor de que habían disparado contra algunas de ellas en los paredones del cementerio.

En aquel tiempo comencé mi actividad secreta de salvador de las letras. Escribía todo el día, aún lo recuerdo con nostalgia, y por la noche, me dedicaba por entero a la tarea de recoger víctimas. La ciudad se había convertido ya en un lugar silencioso. La gente se agolpaba ante una oferta de los malditos gurús informáticos y electrónicos pero ya nadie hacía cola para escuchar un poema o para ver una obra de teatro o comprar un libro. Lentamente las palabras fueron siendo sustituidas por pequeños signos constreñidos y contraídos que se escribían en los aparatos demoníacos.

Al principio, esto solo sucedía en el idioma escrito. La gente se comunicaba con los teléfonos móviles y ahorraban en el lenguaje. Todo era conciso, breve, en prosa. Nada había que escribir demasiado importante. Ya nadie lo hacía por el mero placer de descargar ideas o acumular belleza.

Poco a poco, la gente dejó de decir cosas y ya nadie necesitó las palabras pronunciadas para comunicarse, hasta que dejó de utilizarse el lenguaje hablado. Ya nadie se detenía a conversar con nadie en mitad de la calle.

Encontraba las letras abandonadas a su suerte en cunetas malintencionadas. Todavía recuerdo el desdichado caso de los Porqués y los interrogantes iniciales.  A los Porqués comencé a hallarlos en lugares insospechados. Maltrechos, malheridos, descuartizados. Ya nadie los necesitaba. No servían para nada, tan solo para alargar inútilmente una frase o una dedicatoria, para obstaculizar un mensaje. Habían sido sustituidos por una contracción más ligera y llevadera. Una sustituta que no pedía acentos ni distinciones, que siempre se comportaba igual, ligera y rápida.

Por aquel tiempo salieron a la palestra las temibles aplicaciones para el teléfono móvil, llamadas Twitter o WhatsApp, que servían para comunicarse sin verdaderas intenciones de comunicación. Curioso. En Twitter solo había cabida para 140 caracteres. Para WhatsApp era mejor escribir contracciones y palabras apocopadas, incluso videos o fotografías. Una imagen valía más que mil palabras. Ese lema parecía haberse hecho un axioma.

El desafortunado caso de los interrogantes iniciales fue más traumático. Fueron dejándolos inservibles en los márgenes de la ciudad, cerca del vertedero, creando un autentico cementerio de signos de puntuación. Sus puntos rodaban anárquicos alrededor de los cadáveres. Ya nadie los necesitaba, ¿para qué?, si eran un estorbo y un alarde más de palabrería inútil. Con el signo del final ya bastaba para dotar al enunciado de su ritmo interrogante.

El encargado de apilarlos y abandonarlos me miró como a un loco cuando intenté trasladar unos cuantos cuerpos a casa. Me dijo que los dejara, que no servían para nada, que eran chatarra y que me estaba complicando la vida. No contesté. Me dispuse a introducir en la bolsa los signos que cabían.

Días más tarde la policía llamó a mi puerta. Querían saber qué hacía rescatando basura en los vertederos en horas intempestivas. Tuve que explayarme en excusas inverosímiles que tal vez nunca creyeron, pero lo cierto es que no me volvieron a molestar.

La palabra Fotografía perdió su final un día de agosto. Peli, Uni, Boli, y un largo etcétera, sufrirían la misma amputación. Sus mitades despreciadas iban de un lado para otro como gallinas ciegas en un corro. Por entonces, las encontraba tiritando en la frontera, desorientadas, perdidas, buscando su otro anclaje.

Yo intuía que todo eso tendría fatales consecuencias para la comunicación, como así fue. Nadie vislumbró, aunque fuera en sueños, que la raza humana dejaría de intentar enviar señales al otro, de intentar ordenar su pensamiento en frases y párrafos conexos, de encontrar una utilidad en las palabras y sus sentidos. Que todo eso sería aniquilado.

El peor día de mi vida fue cuando leí en el periódico, el cual ya emitía noticias enlatadas, que la Literatura había sido eliminada de la planificación curricular de los colegios. Entonces supe que dedicaría el resto de mi existencia a salvar el idioma. O al menos, a dejar constancia de su aniquilamiento.

Por entonces conocí a Catalina. Fue un gran apoyo en los primeros intentos de colonización de la guarida. Era una mujer sabia, debido a los años que soportaba encima de las espaldas, y poseía un apego a las letras propio de su época. Tenía la vista desgastada, debido a la cantidad de libros que había leído, pero en compensación a eso, tenía el seso muy bien dispuesto. A ella le debo la idea del Engendrador de Palabras. Un aparato sencillo y muy ingenioso que Catalina inventó un día de conversación. Nos hallábamos dialogando, como siempre, sobre la estupidez humana y sus designios, utilizando las palabras que ya nadie usaba, cuando Catalina tuvo una brillante idea. Construyó una máquina de aspecto parecido al microondas, en la que se debían introducir dos letras en estado puro. Después estas, si se daban las condiciones adecuadas, engendraban a una tercera. El único problema era que tenían que estar vivas, y eso era poco habitual. Lo normal era encontrar letras muertas o moribundas, que agonizaban al poco tiempo en la camilla de autopsia.

Las consecuencias del invento de Catalina no tardaron en llegar. Habíamos rescatado varias letras a las que habían torturado pero habían sobrevivido, y después de un tratamiento a conciencia en el taller de lengua, pudimos usarlas como procreadoras. Concebimos letras nuevas y creamos neologismos. Palabras que nacían nuevas y que al poco tiempo de vida tenían una misión en nuestros poemas.

Catalina se encargó un tiempo de cuidar esos especímenes. Los trataba con cariño y les infundía el mismo amor por la lengua que tenía ella. Les daba calor, y muchas veces la pillaba acunando sus cuerpecillos mientras les contaba cuentos de cuna, dilapidando palabras como si fuéramos ricos en ellas. Los habría amamantado si su edad hubiese sido otra. Tal vez su cuerpo habría segregado  el alimento que tanto necesitaban.

Mientras tanto, yo diseccionaba los cadáveres con curiosidad y pesimismo. Todos llevaban en su interior restos de células vivas. Nadie lo sabía, pero eran seres vivos que nacían, crecían y morían. ¡Tanto tiempo conviviendo con ellas y nadie lo había descubierto!

Los anglicismos fueron un tiempo los asesinos implacables. Los descubrí en mitad de la noche, apuntando a la palabra Estacionamiento. Esta era pertinaz y valiente, y salía a mostrar su pervivencia, a pesar de que le habían amenazado. La amenaza terminó una noche por hacerse realidad. Parking fue la triunfadora. La sustituyeron sin dilación en cuanto fue aniquilada su predecesora.

Los sicarios recorrieron la ciudad cargados de armas potentes y buena cobertura. Nadie los detenía, a pesar de estar cometiendo asesinatos. La policía sabía de su existencia y ni siquiera llevó a cabo una investigación.

Fueron días duros de violencia y sinrazón. Las calles se colmaban de signos muertos agolpados en las aceras y nadie hacía nada por ellos. Los dejaban morir agonizantes y dolientes y los sorteaban como molestos obstáculos sin vida. Yo los recogía por las noches. Los introducía en la bolsa negra y los almacenaba. Eran palabras bellas, algo prostitutas, porque se habían dejado manosear mucho tiempo por dinero, pero palabras al fin y al cabo. Debo confesar que me enamoré de ellas. De su pronunciación y sus curvas sinuosas. De su envoltura y su aspecto físico. Pero eran seres inertes y nada podía hacer ya para resucitarlas.

Las coloqué en las estanterías como si fuese un panteón, para futuros rezos y alabanzas. Debían tener sepultura y un lugar donde permanecer el resto de la existencia. Mi religión a partir de entonces fue la Lengua Castellana.

Informal, Chulo, De moda, A la última… fueron sustituidas sin miramientos.

Pasaban delante de mí Casual, Cool, Fashion, Trendy, con su aspecto soberbio y su caminar presuntuoso, y yo bajaba la mirada para que no descubrieran mi impotencia. Habría sido terrible para mí. Habría confesado mi odio acérrimo por ellos. Eran unos delincuentes, unos genocidas, pero cada día tenían más poder entre la masa.

Menos mal que tenía a Catalina. Leíamos nuestros pasajes con la alevosía de quien creía que cometía una felonía. Sabíamos que era un acto heroico que nos hacía sublimes y nos colocaba por encima de los mediocres. Pero daba igual. Al salir por la puerta debíamos mantener el aplomo de silencio que imperaba. La gente ya no hablaba en las terrazas, ni en los bares, ni siquiera en los trabajos. Todo eran mensajes cifrados, concisos, escritos en Times New Roman, con 140 caracteres.

Un día Catalina enfermó. Sus recuerdos se perdieron por los resquicios de la memoria. No me reconocía, como tampoco reconocía a sus niños, esos que con tanto cariño había criado. Las pequeñas letras bailaban alrededor de ella para hacerle la vida más liviana, pero aun así, ella había olvidado sus nombres y sus pronunciaciones. Dejó de escribir y de fundar nuevas palabras. Dejó de intentar agrupar letras para que formaran familias estables y duraderas. Su misión en la guarida había finalizado. Intenté hacerle un gran crucigrama con todo lo que había recopilado hasta el momento, para que ella fuera buscando la palabra adecuada a sus necesidades, pero fue inútil. La encontré una noche, después de mi salida habitual, sin vida, con un rictus de pena en el rostro. Todo el abecedario se amontonaba encima de ella como queriendo arroparla, dándole un último adiós. Una despedida a la altura de una escritora.

Catalina formó parte desde entonces de mi peculiar colección. A las letras y palabras, le faltaba una escritora, una profeta. Pero en lugar de dejarla allí, apilada con el resto, tuve que enterrarla. Las letras no olían a carne putrefacta como lo hacíamos los humanos ni terminaban siendo polvo. Construí un jardín en su honor, en el que planté un olivo cuyas raíces se alimentan de su cuerpo cada día. Mis compañeras fieles lo riegan con dedicación y recitan unos poemas en su honor. Es el altar de Catalina.

Hace poco me enamoré de una palabra. La había encontrado herida en la ribera del río. Me contó que la habían arrojado con virulencia una noche mientras intentaba huir con Pizca, Rebanada, Ramillete y Ristra. Las habían escondido en un vertedero junto a la basura. Su fin iba ser la cruel cuchilla de la trituradora, bajo el halo de la alevosía,  pero eran más duras de lo que esperaban. Nadie sabía lo que yo conocía, su mixtura, su mezcla de tinta con células vivas.

Intentaron ahogarlas en la corriente fría del río, pero ella había sobrevivido, a pesar de haber deseado la muerte con ahínco.

Brizna me abrazó y suspiró en mi oído. Fue tan dulce su sonido interdental que me enamoré al instante. La llevé a casa, con el dolor por la muerte de sus congéneres, y la cuidé como había hecho con Catalina. Pero esta vez me atreví a tocarla, a besarla, a desnudarla.

Hicimos el amor con frenesí en el silencio atroz de la noche, formé frases hermosas con el sutil sonido de sus fonemas, y entonces perdí la noción de mi esencia. Había mutado a palabra.

Una noche llamaron a la puerta con un golpe seco de nudillos insensibles. Eran los policías, que preguntaban por un escritor extraño y rebelde que se permitía el lujo de llenar los silencios. Me acusaban de descubrimiento de cadáveres, necrofilia y no sé qué más barbaridades. Por supuesto, esas acusaciones no fueron pronunciadas, las tuvo que leer Brizna en el documento que le mostraron. En esos 140 caracteres se resumía mi acusación y mi condena. Yo ya no era yo, había mutado a palabra después de tantos encuentros con mi amante de tinta y eso me salvó de la cárcel y la venganza. Les dijimos que había muerto y que estaba enterrado bajo el olivo. Nunca más volvieron, pero se llevaron todo lo que había acumulado durante años.

Brizna y yo concebimos hijos que fueron una esperanza y tal vez, en un futuro, podrán fundar una estirpe nueva de palabras que conformen un lenguaje.

El olivo sigue su natural tendencia a crecer y hacerse fuerte, y unas palabras cuelgan de sus ramas como si fueran frutos que han brotado en primavera.

Firmado: Camino Díaz Bello.

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