José Ignacio del DiegoEl Gimnasio

Aquel septiembre me apunté a un gimnasio. No quería comenzar mi enésima tentativa para aprender inglés y no me veía comprando la maqueta de una carabela pieza a pieza y semana a semana. Nuestras vacaciones en la playa nos habían permitido conocernos mejor mi barriguita y yo. Ya hacía años que podía prescindir del diminutivo y denominarla con total sinceridad. A mis cincuenta y dos tacos me propuse cambiar mis hábitos sedentarios, lo de dejar de fumar me pareció misión imposible.
A la primera sesión acudimos unas veinte personas, casi todo mujeres, dos parejas y cinco hombres: tres cachas, un jovencito con cuerpo de alfeñique, y yo. El monitor nos explicó los objetivos del curso, nos animó a preguntarle dudas y nos advirtió de que si no podíamos hacer algún ejercicio, se lo hiciéramos saber, no le gustaba nada que alguien se lesionara en sus clases. Así fueron transcurriendo aquellas sesiones de cuarenta y cinco minutos en las tardes de los lunes, miércoles y viernes. Volvía a casa dudando si podría levantarme para ir a trabajar al día siguiente. Al poco llegaba mi mujer de su diaria sesión de yoga. Había descubierto las propiedades relajantes de la disciplina oriental e incluso hacía asanas y respiraciones en cuatro tiempos antes de acostarse. Aparentemente había desestimado otros métodos de relajación más tradicionales y que yo, como cooperador necesario, echaba en falta.
Llevaba tres semanas acudiendo al gimnasio y los asistentes ya nos íbamos conociendo, sabíamos nuestros nombres, y algunas veces, al final de la sesión, nos tomábamos unas cervezas en la cafetería. Fue por aquellos días cuando tuve la sensación de que Elisa, una chica atractiva que rondaría los treinta cinco, intentaba conocerme mejor. Me sorprendió, porque siempre venía con un hombre algo mayor que ella, su pareja con toda seguridad, suponíamos todos, aunque podían ser simplemente amigos. A partir de entonces renové mis esfuerzos por hacer bien todos los ejercicios, especialmente los abdominales, y cada vez que entraba al baño miraba mi barriguita y la acariciaba como si quisiera ayudarle a desaparecer. Los últimos diez minutos de cada sesión los dedicábamos a estiramientos y relajación, casi siempre en parejas. Elisa se me acercaba y me proponía formar pareja con ella, yo aceptaba encantado mientras dirigía furtivas miradas a su pareja oficial que no mostraba la menor inquietud ante la actitud de Elisa. Ella se tumbaba en el suelo y yo le masajeaba la espalda, los brazos, caderas, muslos y pantorrillas. Luego, tumbada de cúpito-supino, le llegaba el turno a los abdominales y los dorsales. Después se invertían los papeles y era yo el masajeado. Cada vez estaba más contento de no haber elegido coleccionar la carabela por piezas y por semanas.
Un viernes, a finales de octubre, Elisa, antes de empezar la sesión, habló brevemente con el monitor y luego se dirigió a mí.
— Le he dicho que me apetece más salir a correr al parque que quedarme aquí dentro, ¿me acompañas? — me invitó, mientras yo comprobaba que esta vez había venido sola, sin su pareja.
Tenía dudas razonables de cuanto aguantaríamos corriendo mi barriguita y yo y deseé que Elisa no imprimiera demasiado ritmo a sus bien torneadas piernas. Afortunadamente, nuestra carrera duró solo doce minutos, el test de Cooper, me dijo. Elisa propuso unos ejercicios respiratorios para bajar pulsaciones. Luego ella empezó a hablar, yo no hubiera podido hacerlo con mis pulmones esforzándose en acaparar todo el aire que hubiera disponible.

—Si no te importa, podrías venir luego a casa y nos tomamos algo, así te recuperas de este trago que te he hecho pasar; perdona, a lo mejor no estás acostumbrado a correr. Además, quiero hablar contigo con tranquilidad
Con una mezcla de entrecortados bufidos y algún sonido acepté su invitación. Consideré inútil, por obvio, confirmarle que no estaba acostumbrado a correr.
Mientras nos dirigíamos a su casa, nadaba en un mar de dudas. No sabía si aquello era lo que parecía o simplemente una amable invitación de una compañera de gimnasio. Y luego estaba lo del hombre que acudía con ella. Podían ser cualquier cosa, pareja, simples amigos e incluso hermanos. Me vino a la mente la versión española de Mogambo, con Grace Nelly y su marido convertidos en hermanos por obra y gracia de los astutos censores.
— Verás, es posible que te haya extrañado un poco que en el gimnasio te dedique cierta atención, nada que resulte raro, por otra parte, entre compañeros.— comenzó Elisa, después de mostrarme un par de cuadros colgados de la pared del salón y ofrecerme una copa
— Lo cierto es que desde los primeros días me pareciste un hombre interesante que no encaja en el estereotipo del musculitos presumido que prolifera en esos sitios.

Nadie me había dicho, y mi mujer menos que nadie, que yo fuera interesante pero de lo que estaba seguro es que no era un musculitos presumido, en todo caso un barriguitasresignado.
— Tenemos un pequeño negocio de promociones inmobiliarias — continuó Elisa— y vamos a sacar a la venta unos apartamentos en Comarruga, maravillosos, en primera línea, ¿conoces la zona?
Le dije que sí, que conocía la playa de Comarruga mientras mi mente analizaba a toda velocidad el “tenemos” y el “vamos”.

— En estos momentos de derrumbe del sector creo que es una magnífica oportunidad, irrepetible, diría. ¿Estarías interesado? De momento, no vamos a hacer publicidad; los estamos ofreciendo solamente a amigos que nos merezcan confianza y que entiendan que es una ocasión de oro.
Le agradecí la copa y la oferta y la decliné con cierta precipitación que me pareció descortés. Al salir del ascensor coincidí con el hombre que la acompañaba al gimnasio. Le hubiera preguntado un montón de cosas, pero solo le dije “buenas noches”.
En la primera papelera que encontré tiré los dos preservativos que llevaba en el bolsillo.


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