Hace un año y un mes, las cifras de un análisis de sangre que se hizo mi padre de rutina
salieron alteradas de manera alarmante. Llamaron a mi madre del  centro de salud y ella
me pidió que yo la acompañara.

Después de explicarnos la doctora las cifras del análisis nos mandó con urgencia a Hematología.

La punción confirmó lo temido.

Nos dijo la hematóloga que mi padre tenía leucemia. Nos explicó que su médula ósea  estaba fabricando células inmaduras. Empleó muchos términos: mielocitos, metamielocitos, trombopenia y leucocitosis.

El pronóstico es malo, añadió, mirándome a mí y luego a mi madre, que empezó a llorar con desconsuelo.

Le pregunté cuánto tiempo de vida le quedaba y me dijo, con gesto compungido, más o menos un año.

Decidimos no decírselo a él, porque sabíamos que  más que ayudarle le perjudicaría, minaría, sin duda, su moral, su fe inquebrantable en que iba a hacerse centenario.

Mi padre empezó a ingresar regularmente en la planta de Hematología. Le hacían transfusiones de sangre y de plaquetas. Remontaba un poco y le daban el alta. A veces en un mes ingresaba dos veces.

Desde que enfermó, lo iba a visitar todos los días. Cuando estaba ingresado me quedaba con él mucho más tiempo, a veces por la noche.

Las noches eran largas, hablar era difícil, lo veía afligido, su salud hasta entonces había sido buena y ahora no entendía qué le estaba pasando. Presentía algo serio, pero no preguntaba, no quería saber y no se lo contamos.

Un día le sugerí leerle algún libro, si a él no le cansaba, y me dijo que sí, que no estaría mal. Le propuse unos cuantos. Mi padre era muy clásico, en eso de leer, le encantaban los grandes melodramas. Por eso le llevé a Anna Karenina, a Madame Bovary y a La Regenta. Las había leído.

Aún no entiendo por qué, le propuse Las mil y una noches.

Así que un día, un poco remontado de su debilidad después de transfundirle, le llevé al hospital los tomos de los cuentos.

Le gustaron los libros, con sus tapas azules con un cerco de oro enmarcando una escena de dragones y tigres y amantes abrazados y mujeres dormidas sobre un fondo de estrellas y cenefas de flores amarillas.

Fue empezar a leérselo y verlo más alegre, incluso yo diría que un poco mejor.

Noté como esperaba que volviera al libro cuando iba a visitarlo. Quizá fuera por eso que, empecé a creer que aquella mejoría tenía algo que ver con aquellos relatos, y que también la muerte, al igual que le ocurrió al  sultán Sahriyar, entretenida con las historias de la bella Sherezade, se había olvidado de infligir su castigo a mi padre.

Me vino al pensamiento que escoger aquel libro tenía algún sentido, que no era casual.

Que aquella elección había sido obra de un saber muy antiguo que nuestra inteligencia consciente y racional no podía explicar.

Sabía de antemano que no teníamos tiempo de acabar los relatos. Aún así decidí que los iba a leer en orden cronológico.

Una tarde de enero, me fui al hospital, le levanté la cama, le dí un poco de agua, me senté en el sillón y me puse las gafas:

 Historia del rey Sahriyar y de su hermano el rey Sahzamán

Se cuenta, pero Dios es más sabio, más sagaz, más poderoso y más liberal, que, en la Antigüedad, en las edades más remotas, hubo un rey sasánida, en las islas de (…) 

Cada tarde, durante más de once meses, le leí a mi padre un cuento del libro prodigioso.

Mi padre, mientras yo le leía, encontraba tesoros en ciudades remotas, navegaba los mares, cabalgaba alazanes y surcaba los cielos montado en una alfombra, se hacía invisible, habitaba palacios de mármol y ataurique, olorosos jardines de rosas damascenas, perfumadas albercas con lunas plateadas y escuchaba los cantos de jóvenes doncellas con zarcillos de oro tañendo entre los arcos sus voces melodiosas.

Un día, cuando iba a empezar a leerle otro cuento, me dijo: Hija mía, hoy no sigas el orden de los cuentos, léeme, por favor, el de la última noche y el final. Yo ya sé que se salva Sherezade, pero me gustaría que tú me lo leyeras.

Papá, le dije, aún quedan muchos cuentos.

Ya lo sé, ya lo sé… Me respondió mirándome a los ojos. Es que estoy muy cansado y prefiero saber cómo termina.

Entonces le leí…

Pero cuando llegó la noche 1001, que es la última del libro, el rey se dirigió a su harén y (…)

Al día siguiente, cuando pasó visita, nos dijo la doctora de la planta que lo iba a sedar aquella noche. No entendimos muy bien qué quería decir. A mi padre, desde hacía algunos días, se le veía exhausto, con la cara muy pálida, la nariz afilada y los ojos cerrados. No volvieron a abrirse.

Unos días después de que todo ocurriera, ojeando Las Mil y una noches observé que en el segundo tomo había un marca páginas señalando la hoja ciento ochenta y cuatro. El título del cuento que le estaba leyendo a mi padre cuando él me rogó que me saltara el orden de lectura era “Historias de Uns Al-Wuchud y de su amada Al-Ward Fi-l-Akman y el numero de noche, del encabezamiento, era el trescientos setenta y tres.

Si sumaba el número de hoja daba trece, y si sumaba el número de noche daba trece también. Y mi padre nació un trece de Enero del año mil novecientos veintiuno.

Me pregunté si aquellas coincidencias querían decir algo. Durante muchos días no pensé en otra cosa.

Consulté algunos libros buscando la respuesta: Diccionario de símbolos, Imagen del mito, Diccionario de las supersticiones españolas.                                      

Trece, decía el primero: Muerte y nacimiento, cambio y reanudación tras el final. En el segundo no encontré ninguna referencia. El tercero me remitía a la cábala judía.

Según la cultura, el trece era un número sagrado, o por el contrario, un número maldito.

Volví al cuento y empecé a leerlo. Hablaba de la Istijira, una forma de adivinación que se efectúa abriendo el Corán al azar e interpretando el texto que aparezca.

Después de leer esto, cerré el libro y lo abrí al azar. Se abrió en la página doscientas veintinueve. También sumaba trece, lo volvía a abrir y lo volví a cerrar y lo volví a abrir y…, así hasta trece veces. Entonces en voz alta comencé a leer:

Alá creó a Adán a partir de la arcilla; la arcilla, a partir de la espuma; la espuma, del

mar; el mar, de las tinieblas; la tinieblas, de la luz; la luz, de un pez; el pez, de una

 roca; la roca, de un jacinto; el jacinto, del agua, y el agua del poder divino, porque,

 ciertamente, Alá, ensalzado sea, dijo: Cuando quiere una cosa, es decir “Sea” y es.

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