A usted Eliseo Diego, sin su permiso 

Existe en la Babel  de la Biblia una habitación pequeña, perdida entre los palacios y los pregones callejeros. Allí un hombre, casi dormido, escribe un poema en una tablilla de barro que se encontrará milenios después y hará el placer de los arqueólogos y filólogos. Y traza líneas con el estilo de bronce y afuera el mugir de los bueyes, los obreros que construyen la torre y no saben que va ser destruida, alguna meretriz barata que insulta a alguien que responde de lejos. El poeta no escucha los insultos, las palabras soeces que ahora grita su misma mujer: solo escribe y mira el polvo que se levanta en el patio.

De pronto,  inesperadamente, el aire se arremolina, el polvo se deposita y es otra puta la que grita desde lo más hondo del tiempo, dice algo que yo,  escribiendo estás líneas, simulo no entender.


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