Alfonso PlouEl Secreto

Descampado en las afueras de una gran ciudad. Un banco y dos farolas parecen contemplar un paisaje de cascotes abandonados como si fuera el último rincón salvaje de la naturaleza. Una joven, que lleva zapatillas deportivas, pantalones y chaqueta vaqueros, se mueve inquieta alrededor del banco. De su muñeca izquierda cuelga una bolsa de plástico con objetos de poco peso en su interior. En la mano derecha tiene un móvil que consulta una y otra vez. Pasa el tiempo, el viento y unos ruidos lejanos e inconcretos que llegan desde la ciudad.
Se acerca al banco con pasos rápidos y dubitativos otra joven, que lleva zapatillas deportivas, pantalones y chaqueta vaqueros, tiene la mirada baja, consultando, mientras camina, el móvil que lleva en la mano derecha.
Sara.- Susana.
Susana.- Sara.
Se meten los móviles en los bolsillos del pantalón y se besan en las mejillas.
Susana.- ¡Qué bien que hayas venido!
Sara.- Sí.
Susana.- Pensé que…
Sara.- Bueno…
Susana.- … no ibas a venir.
Sara.- … no sé si…
Susana.- ¿Si qué?
Sara.- Si debía venir.
Susana.- Seguro.
Sara.- ¿Por?
Susana.- Eres mi amiga.
Silencio. Ambas se miran a los ojos. Luego desvían la mirada al suelo. Silencio.
Sara.- Susana, cuéntame qué te pasa. Me tienes que contar qué pasa. No entiendo…. No sé…. A qué viene todo esto. Yo te puedo ayudar pero necesito saber qué ha sucedido.
Silencio. Susana saca el móvil del bolsillo. Mira brevemente si hay un nuevo mensaje. Lo vuelve a guardar.
Susana.- Siempre hemos sido amigas, Sara, desde infantil. Desde el primer día que fuimos a clase. Recuerdo que llevabas dos coletas y que me dije… De alguna manera me dije: Me gusta esa niña. Luego nada nos separó. Ninguna pelea, ningún profe, ningún compañero pudo con nosotras. ¿Te acuerdas?
Sara.- Claro. Mi madre siempre cuenta que me diste media chocolatina. Yo no me acuerdo pero mi madre siempre lo dice. Que te acercaste, partiste en dos la chocolatina que llevabas en la mano y me la diste: toma. En realidad, yo no me acuerdo pero mi madre siempre lo cuenta así.
Susana.- Y después siempre hemos estado juntas.
Sara.- Siempre nos lo hemos contado todo. ¿Qué te pasa?
Susana.- No sé qué decirte…. Cómo empezar. Hice…. No sé…. Tienes que confiar en mí eso es todo.
Sara.- Pero….
Susana.- Me está matando. Todo esto me está dejando sin fuerzas. ¿Has traído lo que te pedí?
Sara.- Sí, pero…
Susana.- Eso es importante. Que me quieras. Que me sigas queriendo.
Sara.- ¿Todo esto es por Germán?
Susana.- En origen.
Sara.- ¿Qué quiere decir en origen?
Susana.- Tú sabes que me gusta.
Sara.- Pero, Susana….
Susana.- Haría lo que fuera por gustarle a ese chico.
Sara.- Lo que fuera, no.
Susana.- Lo que fuera. Tú lo sabes.
Silencio.
Sara.- ¿Y qué hiciste?
Susana.- ¿Y qué importa lo que hice? Lo hice para gustarle. Eso importa.
Sara.- Eso da lo mismo. Que lo hicieras para gustarle a nadie le va importar.
Susana.- Eso parece. Que a nadie le importa parece. Me está agobiando mucho. Los mensajes no paran de llegar.
Susana saca su móvil. Se lo enseña a Sara.
Lo he puesto en silencio, Sara. Tengo tropecientos nuevos mensajes que no voy a leer. Pero que siguen llegando. Plinc, plinc, plinc. Como una lluvia que no cesa. Lo tengo puesto en silencio y no dejo de oírlo. Plinc, plinc, plinc. Es insoportable. Como un murmullo que no para de crecer. Plinc, plinc, plinc. Son como ojos, millones de ojos alrededor tuyo, y ya no puedes ver a nadie. Lo odio. No lo puedo soportar.
Sara intenta cogerle el móvil a Susana.
Susana.- ¿Pero qué haces?
Sara.- Dámelo.
Susana tira el móvil con fuerza al suelo. Se rompe. Lo pisa y patalea.
Estás loca.
Susana.- Loca. Sí.
Sara.- Si al menos te sirve de algo.
Susana.- No lo quiero ver. No lo puedo oír.
Silencio. Ambas miran el teléfono roto.
Sara.- Y todo por ese.
Susana.- Tú sabes que no.
Sara.- Yo no sé nada. No has querido contármelo.
Susana.- Pero me conoces.
Sara.- A veces pienso que en absoluto.
Susana.- Menos mal que te tengo.
Sara.- A veces creo que nunca he sabido quien eres.
Susana.- No digas eso.
Sara.- Que me diste la chocolatina…
Susana.- Media.
Sara.- … media chocolatina para mostrarte de una manera que en realidad no eras.
Susana.- ¿Por qué dices eso?
Sara.- En realidad no me acuerdo. Lo dice mi madre. Pero yo no me acuerdo.
Susana.- No te entiendo.
Sara.- Soy yo la que no entiendo. Soy yo la que necesita respuestas. Y no me las das. No me las dices. A mí: tu amiga.
Susana.- ¿A qué viene todo esto?
Sara.- A que me llamas y me pides que te traiga esto.
Y muestra la bolsa de plástico que lleva colgando de su muñeca izquierda.
Y llego antes y te espero minutos interminables. ¡Esto! Y yo te lo traigo. Pero que no pregunte. Que no sepa. Que lo haga por amistad. Sin dudas, sin preguntas. Susana, ¿qué hiciste con Germán?
Susana.- Nada.
Sara.- Nada es todo, Susana. Todo. Yo también recibo mensajes. Ya he visto lo que circula por ahí. Naturalmente que me lo han mandado. No estoy ciega ni sorda. Ya saben que soy tu amiga. ¿Cómo no me lo iban a enviar? ¿Por qué lo hiciste?
Susana.- ¿Por qué hice qué?
Sara.- Eso.
Susana.- Eso no es nada.
Sara.- Lo es todo.
Susana.- ¿Por qué?
Sara.- Tú sabes el porqué.
Susana.- Menuda amiga. Pasó. Se hace. Yo que sé. Imagínate que no lo sabes.
Sara.- No puedo.
Susana.- Imagínate que no ha sucedido.
Sara.- Pero lo he visto, Susana.
Susana.- Como si no.
Sara.- No lo puedes borrar.
Susana.- Ya lo sé. Te crees que no lo sé. Ni mi amiga Sara lo puede borrar. Amigas desde la infancia. Pero mi fiel amiga no lo puede borrar.
Silencio. Susana señala la bolsa de plástico.
Trae eso.
Sara.- No.
Susana.- Me las has traído, o sea que dámelas.
Sara.- Susana…
Susana.- Me has dicho que no lo puedes borrar. Dámelas.
Sara.- Pero se pasará.
Susana.- ¿Cómo?
Sara.- No lo sé. El tiempo lo cura todo.
Susana.- No me vengas con el tiempo. Dámelas.
Susana le quita la bolsa de la muñeca. Se sienta en el banco. De su interior saca una botella de agua y una caja de pastillas. Sara hipnotizada se sienta a su lado y no aparta la vista de las pastillas. Susana va extrayendo una pastilla tras otra del envase y las deja sobre el banco como una hilera de hormigas.
Susana.- El tiempo no existe. Existe el instante. Un instante repetido hasta la saciedad. Carpe Diem decían en El Club de los Poetas Muertos. Carpe Diem. Una gran película. Un clásico. Carpe Diem. Menuda mierda. Si te equivocas una vez te lo repiten siempre. Como un instante eternamente repetido. Carpe Diem. Menuda mierda. Más bien Game Over. Se acabó. Estás expulsada del juego. Game Over.
Una vez sacadas todas las pastillas, Susana se las comienza a tragar ayudada con traguitos de agua.
Sara.- No lo hagas.
Susana.- ¿Por qué no? Tú misma lo has dicho: no lo puedes borrar.
Sara.- Siempre hay otra salida.
Susana.- ¿Cuál, amiguita?
Sara.- No sé. Otra.
Susana.- Me podías haber traído una botella de ron. Pasarían mejor.
Sara.- Deja de hacerlo.
Susana.- Dame una razón. O lárgate. ¿Qué haces aquí, mi dulce amiguita? Ya has cumplido tu misión, Sara. Ya me has dado la media chocolatina. Vete, por donde has venido. Lárgate y déjame descansar.
Sara.- No.
Sara le tira el resto de pastillas al suelo y las pisotea después.
¿Estás loca?
Susana.- Pero ¿qué haces?
Sara.- No puedes matarte. No debes. No tiene sentido.
Susana.- ¿Y tú me vas a salvar?
Sara.- Hazme caso.
Susana.- Dame mi chocolatina.
Sara.- No me importa haberlo visto.
Susana.- ¿Qué?
Sara.- Que no me importa haberte visto.
Susana.- Ya…
Sara.- Sigues siendo tú y eso es lo que vale.
Susana.- Ja.
Sara.- Va en serio.
Silencio. Susana se echa a llorar. Se desmorona sobre Sara que casi se cae al suelo. Ambas se sientan en el banco. Susana llora en el regazo de Sara. Pasa el tiempo, el viento y unos ruidos lejanos e inconcretos que llegan desde la ciudad. Sara saca el móvil de su bolsillo. Llama.
Sara.- Germán, tienes que venirme a buscar. Es Susana, se ha intentado suicidar. Estamos donde te dije. Sí. No tardes. Vamos a tener que llevarla al hospital.
Sara cuelga. Susana llora. Oscuro lento.


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