Vicente se adentró en el restaurante del Hotel Elegance, con su short casual y chancletas de playa, amarrado al brazo de su oronda mujer, que ahora trataba, en vano, de soltar la arena de sus alpargatas a punta pies, sobre el felpudo de la entrada.

—Mesa para los señores Ponte-Alegre, de la 111.

Fina dejó colgada de la silla la gorra roja con el slogan “Talleres Martinez, tu taller de confianza” y la servilleta de Vicente cubrió parte del mensaje de su camiseta de tirantes: “No necesito divertirme para beber. Whiskipedia.”

El metre se hizo a un lado.

— Mmm… tomaré “Pollito feliz durmiendo en su colchón de plumas verdes

— Yo: Mousse de pato bronceado alegoría primaveral

—¿Y de postre, señores?

— Mmm-Fina ojeó la carta de nuevo. —¿Qué lleva el “pastel tibio de yemas doradas a la vainilla sobre lecho caramelizado”…?

—Flan, señora… flan. Puedo sugerir esas “nubes de limón deconstruidas en cielo crujiente con barquillo en luna menguante

— Disculpe…-interrumpió Vicente removiéndose en su silla.- ¿tardará mucho en tomarnos nota?

— Un minuto, ¿por? – He de ir al excusado—se encogió el señor Pontealegre con cara de circunstancias— Tengo miedo de pederme. ¡Perdón! “De que las nubes de algodón descarguen de pronto en suaves flatulencias aromáticas sobre el cielo crujiente deconstruido…”

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