Alex RegueiroElegía

Desapareció entre la niebla,
el Aragón lo acogió en su seno cuando bajaba bravo.
El vaho se escapaba de entre sus oscuros dientes.
Dejó los zapatos cuidadosamente encima de una piedra y
después de asegurarse que nadie lo observaba,
siempre había vivido muy tímido,
saltó al cauce más profundo del río.

Nacido entre las grises piedras canfraneras,
sus hijos habían decidido que emprendiera el último viaje
allá abajo, lejos de sus montañas,
pero él decidió quedarse.

Se había despedido de su verde Gabardito,
de su acuosa Ip,
de su bandera republicana plantada en la plaza,
del bar “de arriba”, escenario de sus aguerridas partidas de guiñote
con su amigo el “facha”, mote aceptado por ambas partes,
de quien no se despidió, para que no supiera
que un superviviente de la Bolsa de Bielsa también sabía llorar.

“Cascada de Ip, en Canfranc pueblo”

Incansable, una cortina de lluvia golpea la roca,
tallándola, mientras una ráfaga de luz rasga
su acuosa textura plasmando sobre ella
miles de arcos de mil matices.

Las flores de la orilla del cáliz, se mecen
cual virtuosos de una orquesta
turban y añoran su caída,
licuando un coro de sirenas.

Voces de ultratumba, compases que emergen
de sus grietas fantasmales,
entonan una dúctil sinfonía
que suspira, embellece y aletarga.

El viajero, sobre una piedra apoyado descansa.
Su vista perdida sobre el mantillo de agua,
recibe la imagen índigo, radiante del cielo
y de las nubes, que de Este a Oeste pasan.

En la oscuridad, la luna sedienta acude a beber.
Se espanta, una compañera se le ha adelantado.
Escondida tras una nube observa y piensa:
Ip es mágica, ambas su sed podrán saciar.


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