EN EL BORDE DEL MUNDO

No soy amigo de la hoguera cubierta de satén, ni de estar colgado
del trigo de los árboles, me embriaga la mirada de Ingrid Bergman
cuando se convierte en libélula y el clamor de los calabozos teñidos
por la mirra.

Adoro el astro que no pudo copular con la estrella y fue su amante
durante un millón de siglos, el concierto inacabado de las pirámides, la
fecundidad del memento que levanta su torre en el crepúsculo, pero
nada más bello que ser parte del jardín de los condenados.

Mi luz se convierte en el barro predilecto, el atril donde Bette Davis
recita los poemas, un caballo herido por el viento y el mármol que
roza el augurio de la intima exigencia.

Creo en el enigma escanciado por la encina, que renuncia a la Muerte
para ser el señor de las amapolas, y en la belleza que ha perdido su
juventud pero sigue siendo la reina de los capiteles.

Hijo de la tristura, me siento atropellado por la golondrina, los suspiros
son robustos como un milagro y las lágrimas piedras de café que
bordan lo etéreo. Sentir las profecías de Louis Armstrong fue mi bosque
sagrado y la Ausencia un grito de claveles en el corazón de los pájaros.

Mater

Junto al rostro de todas las aldabas me arrodillo
para izar tu nombre,
no importa la clausura del viento ni el sosiego
que marcha a las fronteras,
los fusiles no son suficientes para tapiar mi sangre
— y aunque oscura es el alba—,
sus cantares me tienden la mano como si fuesen estrellas.

Las paredes miran en silencio—en un doble silencio—
y el anillo de la vida me cubre con tus manos,
Allí estás, allí estás, como si fueses una república invencible:
tu ausencia es un ramo de caoba y el regocijo
de una ambrosía recitando pastorales.

Ocultas en el cielo cual rincones alados tus caricias descienden
y, no hace falta vigilar la noche—porque la noche eres tú—

Mi nodriza, mi querida nodriza—hija de la nieve—,
tus labios me habitan en lo inacabado,
en ese arabesco que es murmullo y permanencia
y ni siquiera la Ausencia lo consiguen detener.

Siempre serás mi Rimbaud, mi Mallarmé, mi Alejandra, mi Federico:
me los diste como hermanos y en su aire respiro:
— gracias por tanta bondad madre—,
por ser el perfil en el catálogo del sueño
y el límite del alma abierto a los conventos del mar.

BALADA DEL POETA Y EL DELIRIO

El lenguaje suele tener estatuas
quemadas y fanales atentos a la demencia:
la síntesis de la palabra
confunde la luz con los silencios y el Poema

Imprescindible es el astro protector
del poeta, como oculta la alquimia
escrutada en el sufragio del Asombro.

La Soledad siempre es el manuscrito
más puro, la eternidad
donde la roca se siente protegida.

Al levantar la mirada a lo insondable
el lápiz penetra en el laberinto
de los dioses y se abren nebulosas
que semejan un lienzo de Klee.

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