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Por Javier Navascués

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Se pasaba la vida tumbado en la cama, mirándose el ombligo. Hasta que en cierta ocasión empezó a notar con asombro, con emoción, con miedo, que el círculo central de su abdomen empezaba a perder arrugas y se volvía liso como una lámina plateada. A los dos días el ombligo se había allanado y empezaba a tomar una apariencia casi transparente. Por fin, tras una semana de cuidadosa observación, su superficie quedó limpia y pulida como un cielo redondo o, mejor, como un espejo donde se reflejaba el rostro enamorado de su soledad.

Experimento


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