Un niño juega con la arena de la playa, la madre, en un plano abierto, lo observa entre centenares de personas. Lejos, Tailandia, en otra secuencia espacio tiempo una mujer ve una flor de loto blanco en el corazón de un Buda, y una voz, tan vieja como el mundo, verbaliza: el amor como único camino. Las dos imágenes se muestran separadas por varios fotogramas de una secuencia sin tiempo, de un viaje al interior de la selva de Chiang Mai.

Ante nosotros solo la arena y un fundido en un plano del  horizonte en el que una mujer  encuadra la inocencia de una pala y  un castillo de arena. Y  la verdad atávica, millones de veces repetida, se presenta siempre desnuda ante nuestros ojos.


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