Como cada mañana, abrí el periódico. La prensa amarilla publicaba un panfleto más sobre el caso de corrupción que ya me ocupaba varios meses de difícil investigación. Mis pesquisas se hallaban bajo secreto de un sumario que se asemejaba a una casa con goteras. El plazo, al igual que el de mi posible maternidad, se agotaba para detener a los verdaderos culpables. Vivía absolutamente estresada. El crimen no paga impuestos, sin embargo, la agobiante presión de Hacienda se sumaba a los nervios que ya sufría por la resolución pendiente del intrincado caso.

Sí, soy una prestigiosa detective. Sin embargo, empiezo a pensar que si mi ginecólogo tiene éxito y me quedo embarazada, debería considerar muy seriamente hacerlo socio de mi agencia.

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