El 2 de julio comenzaban mis vacaciones en la costa. Repasando la prensa del día, descubrí que era el aniversario de la muerte de Ernest Hemingway, 56 años de aquel día en que, nublado su espíritu, apretó el gatillo de su rifle contra sí mismo. Yo necesitaba un nuevo libro compañero de reposo y pensé, por supuesto, en “El viejo y el mar”, ya leído en mi época de estudiante. Me dirigí a una librería de Cambrils y me hice con él.

Hemingway siempre ejerció una fascinación especial sobre mí. Tenía fama de bebedor, juerguista, mujeriego, incluso violento con las mujeres, con una hombría superlativa que podría muy bien haber sido una máscara para dar la imagen de tipo duro y crearse, lo que hoy llamaríamos, un look agresivo que, sin embargo, no ha impedido cierta controversia sobre su identidad sexual. A pesar de todo ello encarnaba la figura del autor apasionado por la escritura de la que se nutría su cuerpo y su alma, en la que volcaba sus experiencias, que no fueron pocas.

La popularidad de la obra de Hemingway se basa, en gran medida, en esos temas recurrentes en la literatura, sobre todo en las primeras décadas del siglo XX: el amor, la guerra y la naturaleza. Esto es, en cierto modo, lógico si tenemos en cuenta que toda su vida estuvo marcada por enamoramientos, matrimonios y fracasos sentimentales. Se casó cuatro veces. La primera en 1921, una vez recuperado de sus graves heridas de la guerra, con Hadley Richardson, con la que vivió en París donde entró en contacto con los escritores modernistas. Tras su divorcio en 1927, se casa con Pauline Pfeiffer. Tampoco duró mucho este nuevo matrimonio, la pareja se divorció cuando Hemingway regresó de la Guerra Civil Española, donde había sido periodista. Con su tercera esposa, la corresponsal de guerra, Martha Gellhorn, se casó en 1940. Se separaron cuando conoció a Mary Welsh en Londres, durante la Segunda Guerra Mundial. Parece pues, que el amor y la guerra mantienen una íntima relación en la vida del escritor.

Presente en las dos contiendas mundiales, en el desembarco de Normandía, en la liberación de París y en nuestra guerra civil, bien como combatiente, bien como periodista, Hemingway acumuló experiencias de las que obtuvo abundante material para algunas de sus obras más famosas como “Adiós a las armas” y “Por quién doblan las campanas”.

El deporte y la aventura forman igualmente un tándem en la personalidad del escritor. La caza, la pesca, el boxeo y los toros, le proporcionan materia para sus cuentos, artículos y novelas.

En “Fiesta”, su primera novela publicada en 1926, narra las relaciones entre un grupo de amigos parisinos y americanos en París que se dirigen a España para asistir a los Sanfermines. Hemingway describe con minuciosidad el ambiente taurino aderezado, como no, con los problemas sentimentales entre los personajes.

Su pasión por la pesca se nos muestra ya en su primer reportaje como corresponsal en Europa del Toronto Star, en 1921. Escribe sobre la pesca del atún en Vigo. Hay un evidente paralelismo entre la descripción de la lucha del hombre que combate con el pez poniendo a prueba su pericia y su valor hasta que consigue cobrar la pieza, sintiéndose purificado por la victoria, y ese otro pescador, el viejo Santiago, que treinta años después se las verá en el Caribe con su particular contrincante como un nuevo capitán Ahab.

Otra de sus pasiones fueron los safaris de donde nacerían “Las verdes colinas de África” y “Las nieves del Kilimanjaro”, que yo leí con espíritu de explorador adolescente gracias a Casa Amadeo, la vieja librería del Coso, cerca de La Magdalena. Hemingway pudo contar, incluso, con dos accidentes aéreos en su haber aventurero de los cuales salió vivo pero no indemne; su salud se resintió de entonces en adelante agravada por su otra afición: el alcohol.

Cuando escribe sobre deportes, lo hace más bien desde el enfoque del atleta que lucha no sólo por alcanzar el triunfo, sino por superarse o batir su propio record. Es muy posible que ésta fuera también la meta del escritor: un constante reto consigo mismo.

En “El viejo y el mar” hay una referencia a Joe Di Maggio, el gran bateador de los Yankees de Nueva York. Santiago sigue los resultados de la liga en los periódicos que le lleva Manolín. Después de una mala temporada, 84 partidos perdidos, Di Maggio se recuperó y consiguió que su equipo ganara el partido 85. La novela comienza: Era un viejo que pescaba solo en un esquife en la corriente del Golfo y llevaba ochenta y cuatro días sin hacer una sola captura. El deportista y el pescador representan dos partes de la misma realidad: el héroe solitario y la lucha por su propia superación.

Estas correlaciones no explícitas forman parte de su teoría del iceberg. Hemingway había comenzado escribiendo relatos cortos, por lo que aprendió a utilizar el lenguaje de modo que con el mínimo se obtuviera el máximo, multiplicando la intensidad y contando solo la realidad que salta a la vista, pero que deja entrever lo que hay debajo, que puede muy bien ser otra realidad diferente. El autor quiere que sea el lector quien descubra la parte sumergida del texto. En esta obra no resulta difícil relacionar la trama y el personaje principal con él mismo y la sociedad en que vivió. A esto le llama “la teoría del iceberg”.

A pesar de considerarse experto en otras muchas materias, en la escritura Hemingway se define como un infatigable experimentador, diríamos que en búsqueda constante de un estilo propio y diferente. Trató de evitar la sintaxis complicada de la subordinación utilizando principalmente oraciones simples y usando preferentemente nexos de coordinación o yuxtaposición.

Tras la Primera Guerra  Mundial, él y otros modernistas reaccionaron contra las formas elaboradas y ampulosas del siglo XIX y comenzaron a expresarse de modo que el significado se adquiera a través del diálogo, de la acción e incluso de la omisión. La sintaxis, que carece de conjunciones subordinantes y omite con frecuencia signos de puntuación interna, crea oraciones o enunciados como instantáneas fotográficas, un mosaico de imágenes. Los acontecimientos se acumulan unos sobre otros hasta darle sentido a la totalidad. Puede utilizar textos paralelos para conexionar partes de la historia o cortar una escena y dar paso a la siguiente. Puede, incluso, omitir intencionadamente detalles que permitan al lector intuirlos o descubrirlos, creando una especie de complicidad entre el autor, el personaje y el lector. Algunos criticaron este estilo acusándolo de excesivamente objetivo, falto de emoción, pero para Hemingway no es necesario describir las emociones puesto que son los datos y las acciones de los personajes, es decir, la parte objetiva lo que expresará las ideas y transmitirá las emociones. Es verdad que esto, a veces, puede suponer que el lector rápido o poco atento se quede en la superficie del relato sin ahondar en la parte sumergida, ese simbolismo que se desprende de lo que está sucediendo.

La utilización de las imágenes como co-relato es característica también de Proust, James Joyce, Ezra Pound y TS Eliot. La correspondencia de Hemingway a lo largo de los años indica que tuvo contacto con estos autores.

Pero centrémonos en “El viejo y el mar”, objeto de estas reflexiones.

Hemingway escribió este magistral relato por encargo de la revista Life, cuando su estrella literaria parecía en declive. Sin embargo, como ave fénix, resucita en él ese estilo limpio y claro que le caracteriza añadido a un profundo realismo reflexivo.

En su primera frase, ya citada: Era un viejo que pescaba solo… nos relaciona con esos cuentos populares que comenzaban con el consabido: “Había una vez…”y enseguida entra en materia describiendo los personajes y la actitud del chico que aprendió con él y no quiere abandonarlo a pesar de que su padre lo ha mandado a otro bote porque el viejo está salao. No queda muy clara la edad del muchacho, pero se deja intuir que podría tener alrededor de veinte años pues el viejo le dice que tenía su edad cuando se embarcó en un buque que hacía la travesía a África. También hace suponer que el pescador podría ser de origen canario emigrado a Cuba, de ahí que sueñe con los picos nevados de las islas, los puertos de las Canarias y los leones jugando en las playas de África.

La descripción de los enseres y prendas nos muestra la austeridad, pobreza, de estos personajes, que mantienen no obstante un alto nivel de dignidad y entereza moral.

Si hemos de analizar los temas principales de esta obra veremos que saltan a la vista la soledad del hombre que se enfrenta a su tarea en medio del mar, con la única compañía de sus recuerdos y sus reflexiones, habla consigo mismo en voz alta, con su mano herida y con el pez; la lucha contra la adversidad, los elementos en su contra: mar, tiburones, tamaño del marlín, son muy superiores al anciano pescador; la constancia y la valentía, a pesar de su inferioridad el hombre no se rinde, aun a costa de estar a punto de perder la vida y de no conseguir el triunfo esperado; y la amistad representada en el fiel Manolín.

La pasión del autor por la pesca se adivina en la minuciosidad con que describe los aparejos y las técnicas, rudimentarios y tradicionales, que cobran vida a través de las acciones del protagonista, y en las maniobras que éste realiza para hacerse con su presa. Todo ello manifiesta la precariedad de los medios con los que cuenta el viejo pescador.

Santiago, nombre relacionado con el mar y con Galicia tiene mucho de ese héroe que no sólo se enfrenta a su adversario, no enemigo, el pez; sino que se reta a sí mismo. Al mismo tiempo, el personaje está impregnado de una sencilla religiosidad. Conserva, como recuerdos de su mujer, las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen del Cobre. De un modo más personal, hace promesa de oraciones si tiene éxito en su empresa y expresa sus dudas acerca del bien, del mal y del pecado. Se impone la realidad del presente dejando para los expertos, a los que les pagan por hacerlo, que se ocupen de estas cuestiones. El autor en ningún momento juzga la conducta de su personaje.

El viejo decide jugarse el todo por el todo arriesgando su propia vida para conseguir su objetivo. No es cuestión de orgullo sino de dignidad y coraje, probando sus fuerzas contra el enorme pez al que respeta aunque deba matarlo. Matar o morir, esa es la cuestión. Hay una clara reminiscencia del capitán Ahab y su lucha contra Moby Dick, pero no hay odio ni deseo de venganza en Santiago. En palabras del pescador: un hombre puede ser destruido, pero no derrotado, quizás sea la frase más famosa del texto. Por eso luchará no sólo contra el frío, el hambre, el dolor, la soledad, sino contra la adversidad en forma de tiburones que harán infructuosa su gesta e inútil su victoria, quedando como único triunfo un enorme esqueleto de pez atado al costado de un viejo esquife y la ensoñación del pasado: los leones sobre una playa lejana de África.

Pero todas estas reflexiones acerca de esta novela han sido fruto de una lectura sosegada. Cuando leí por primera vez “El viejo y el mar”, simplemente quedé atrapada en esa magia que desprendían las descripciones, los diálogos, las acciones y no tuve inconveniente ni dificultad en embarcarme con Santiago en su pequeño esquife y asistir con él a su lucha con el mar y con los peces. En definitiva, y al margen de interpretaciones, eso es lo importante en una narración: atrapar al lector y hacerle partícipe de lo que se está contando.

Hemingway ganó por este relato el Premio Pulitzer en 1953 y fue la antesala para la concesión del Nobel de Literatura que se le otorgó en 1954 en base a su maestría en el arte de la narración y la influencia ejercida en el estilo literario contemporáneo.

Siete años después, el 2 de julio de 1961 contando 62 años de edad y sumido en una profunda depresión, se quitaría la vida en su casa de Ketchum (Idaho),

Nunca sabremos si antes de apretar el gatillo pensó en las nieves del Kilimanjaro o en París, cuando todavía era una fiesta.

 

MARIA DOLORES TOLOSA

Es maestra, siempre ha vivido entre niños y libros. Comenzó a publicar en 1998. Entre otras obras: “Caruso”, “El vuelo de las cigüeñas”, “Vivir en las nubes”, “Poemas para gente que crece”, “Diario de un poeta novato”; la biografía, “Colegio Tomás Alvira: Memorias de un Joven Centenario”, publicado por el Gobierno de Aragón; los relatos: “Frente al espejo”, “A media voz”, y la novela corta, “Duetto”, en colaboración con Mª Jesús Fuentes. En 2017,  pone en escena su obra, “Que veinte años no es nada”, con los grupos: “La Pajarita, teatro leído” y “Santa Isabel a Escena”. En 2018 se publican sus dos trabajos “Mujeres en el andén” junto con Belén Gonzalvo, editado por el Instituto Aragonés de la Mujer y “Alma de fénix”. Ha colaborado en publicaciones colectivas y revistas literarias. Es miembro de la Asociación Aragonesa de Escritores y de la Asociación Amigos del Libro.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies