Clarea y los rayos de sol van dorando las jarcias de nuestra fragata y hacen que cobre vida el bandeo del velamen de los hostigadores balandros y jabeques, que a nuestro amparo navegan enarbolando la roja enseña de Salé. Dejamos atrás al navío español expoliado y a las costas algarabías, que van arriándose, naufragando a nuestra popa al tiempo que en la garganta nos echan ancla el congojo y la pena.

Bajo nuestras cubiertas viaja el cargamento de cereales, aceite, vino y cuero que desde las dársenas de Sevilla partiera rumbo a Inglaterra. También rebosan las bodegas de los lamentos de la tripulación cautiva, que se confunden en la bruma del amanecer con nuestros propios suspiros.
La casba contemplará el ir y venir de nuevas razias. En grupos de a tres, espaciados al límite de la vista, tendiendo una red de acecho sobre los mercantes.

Reviso los mapas para intuir los caminos del mar pero no atisbo en cartografía alguna la ruta que nos llevé de vuelta, el puerto que abra sus fauces tierra adentro y nos abra camino hacia Los Hornachos. Yo, Mohamed Bargash Carrasco, sobre esta bitácora juro no descansar hasta volver a la tierra de mis ancestros.

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