Òdena Escrich Masó Revista Imán Número 20EL PHILADELPHIA

Por Òdena Escrich Masó

Siniestras letras se mostraban en las paredes del barco, siniestras letras que revelaban macabras oraciones poseedoras de un escalofriante significado.
El barco, imposible de destruir o degenerarse será seguramente, la única herencia de la humanidad que perdurará a través de las mareas del tiempo.
El Philadelphia; un triste legado que cuenta la historia de uno de los tantos delirios de la humanidad, un triste legado que se han empeñado en ocultar hasta la fecha.
¿Alguna vez han escuchado la expresión “Ay, si estas paredes hablaran”? Bien, pues estas no hablan exactamente, pero si escriben, su historia, lo que sucedió entre ellas el 28 de octubre del año 1943.

Apenas sabíamos lo que hacíamos ahí. Solo nos habían informado que formaba parte de un experimento y que la información era estrictamente confidencial. Nosotros solo debíamos seguir las órdenes que nos eran mandadas desde los otros barcos y el puesto de control situado cerca del puerto, en tierra firme.

Pasadas unas dos horas de interminable inspección y revisión al fin nos anunciaron que el experimento había dado inicio. Todos nos detuvimos y nos sumimos en el más profundo de los silencios para poder captar rápidamente cualquier anomalía que pudiera presentarse. No fue hasta pasados cinco minutos hasta que escuchamos un profundo gemido que provenía de las mismísimas entrañas del acorazado.
En nuestras mentes solo podíamos rezar para que, saliera como saliese, todos pudiéramos volver a casa sanos y salvos, aunque eso era algo bastante difícil ya que si todo marchaba correctamente nos mandarían al frente de batalla junto con el Philadelphia.
Cada célula de nuestro ser estaba completamente alerta, desbordando adrenalina. Poco faltaba para que alguno de nosotros hiciera alguna tontería. Teníamos órdenes de abrir fuego contra cualquiera que entorpeciera el avance del experimento, aunque fueran nuestros propios compañeros.
Los gemidos no cesaban, sus decibelios iban en un terrible, incesante y estremecedor aumento. Las luces, oh las luces, por los dioses. Decidieron unirse a la tensa atmósfera de desesperación encendiéndose y apagándose, alimentando nuestra imaginación con fantasiosas y horrorosas imágenes que alucinábamos en los momentos de oscuridad total. Y de repente, pudimos escuchar un disparo que provenía de la cubierta del barco. Ya había ocurrido; alguien había enloquecido.
Casi pudimos sentir el momento exacto en donde el proyectil fracturaba y atravesaba el cráneo de uno de nuestros compañeros, finalizando así con su vida.
Subimos todos en tropel, pisándonos y empujándonos como si fuéramos bestias enloquecidas, tiburones atraídos por el olor y la promesa de sangre fresca.
Al llegar a la cubierta todo estaba bañado por un putrefacto color verde.
Una espesa y asfixiante masa verdosa que se asemejaba a la niebla rodeaba todo el barco, se introducía por nuestra boca y nuestras fosas nasales y nos helaba los pulmones, dificultando nuestra respiración. Podía jurar que los gemidos del barco ya se habían grabado a fuego en los cerebros de más de la mitad de la tripulación.
Estábamos totalmente incomunicados con el exterior desde que se empezaron a escuchar los primeros lamentos ya aunque solo fueran las cuatro de la tarde apenas traspasaba una tenue y tímida luz por la espesa niebla, o eso queríamos creer que era. Una blanquecina luz que dejaba espacio a grandes y terroríficas sombras que parecía que en cualquier momento nos iban a engullir por completo.
Avanzamos hasta llegar al lugar donde uno de los nuestros había expirado su último halo de vida. Gran fue nuestra sorpresa al ver que no solo había un cadáver, sino cinco. Los cinco hombres que se habían quedado en la cubierta estaban muertos. Era una orgía de vísceras y sangre por doquier.
Lentamente fuimos volviendo hacia el interior del barco, donde se supone que deberíamos estar.
Nadie decía nada ya que sabíamos que si nos atrevíamos a abrir la boca la locura nos invadiría, y entonces sí que ya no habría marcha atrás. Estaba esperando pacientemente, encerrada en un rincón de nuestras aterradas almas, esperando a que se aflojen sus ataduras para poder emerger hasta la superficie con todo su inimaginable poder y sus catastróficas consecuencias, como un francotirador que espera el momento oportuno para acabar con su víctima.
Los gemidos, poco a poco fueron bajando de intensidad hasta solo parecer un eco lejano. Pero antes de que pudiéramos respirar levemente aliviados el suelo, las paredes, todo el barco empezó a vibrar de una manera leve pero totalmente perceptible para nuestros sensibles sentidos. El mar, abruptamente embravecido, mecía el barco de un lado a otro acentuando las vibraciones.
No podíamos regresar. Si lo hacíamos nos convertiríamos en abono para una tierra estéril, nuestra única salida era que todo funcionara bien. Claro, para eso nos habían contratado a nosotros; nada más que unos tristes reclusos a los que si les llegara a suceder algo nadie echaría en falta, nadie se quejaría ni preguntaría por nosotros una vez muertos. Aunque ahora preferíamos nuestras húmedas y mugrientas celdas a ese barco que parecía que en cualquier momento iba a tomar vida propia y nos iba a devorar. Sí, nadie nos echaría en falta, puede que mi gato, pero él sabe cuidarse solo, es un gato listo. Mientras tanto yo, empezando a delirar de auténtico pavor, lo veía entre las sombras, con su media cola y sus orejas raídas. Cuando se levantó y empezó a acercarse a mí, tal como si fuera una persona, yo no podía moverme, algo me lo impedía. Cuando mi gato ya estaba prácticamente enfrente mío, desapareció de mi vista, o de mi mente, tal y como lo hace el gato de Alicia en el País de las Maravillas.
En ese preciso momento volví a la realidad, preferí no haberlo hecho. Sentí un dolor indescriptible en la planta de los pies, tal y como si me clavaran centenares de pequeñas agujas incandescentes, como si tuviera los pies completamente sumergidos en ácido corrosivo sin ningún tipo de protección podía sentir como mi piel, mis músculos y, finalmente los huesos de mis pies, se corroían. Miré hacia abajo y ni mis más crudas y horribles pesadillas podrían haberme preparado para esa traumatizante visión. ¿Qué clase de mente enferma sería capaz de maquinar semejante tortura? Mis pies se fundían con el suelo del barco, era la niebla, había conseguido llegar hasta ahí la mil veces maldita.
Poco a poco iba perdiendo altura, mis piernas habían desaparecido casi en su totalidad, perdidas en la viscosa masa que momentos antes había sido el suelo del barco. Mi garganta ya estaba desgarrada por los suplicantes y desgarradores gritos que emergían de ella. Intenté agarrarme desesperadamente a algo, pero fue en vano. La fusión o lo que fuera eso, se agravaba con el movimiento.
A esas alturas ya no sabía si era por el dolor o por la intensa vibración que recibía el barco, pero todo estaba completamente borroso.
El dolor pareció detenerse un poco, pero apenas un segundo después volvió con aún más intensidad, si es que eso era posible.
Mi cerebro parecía estar en el interior de un horno, tenía la sensación de que se iba agrandando más y más. Pronto mi cráneo ya no aguantaría.
Sentía como millones de inyecciones llenas de magma rasgaban mi piel y se introducían en mi cuerpo sin compasión alguna, acabando con todo a su paso, haciendo que mis huesos y músculos se fundieran. Ya no veía ni oía nada, pero sentía como un espeso líquido caliente escurría por mis ojos, mi nariz y mi boca. Sangre, ese sabor metálico era el de la sangre.
Cada vez que intentaba conseguir algo de oxígeno del ambiente mis pulmones se llenaban de un desagradable aire caliente que contenía de todo menos oxígeno, y de ese líquido carmesí que era imprescindible para la vida y que en estos momentos estaba terminando con la mía de una manera tan lenta y vil.
Y ya no sentí más dolor, todo desapareció y abracé cálidamente a la fría muerte.
O eso creí que era. Cuando recuperé la consciencia ya no sentía ninguna clase de dolor ni de malestar, pero ese ya no era mi cuerpo. Se trataba de una sensación de lo más extraña: era mi cuerpo pero a la vez no lo era, era mi consciencia, pero a la vez tampoco lo era, y por más que quisiera moverme me era algo completamente imposible.
Me invadió una desagradable sensación al darme cuenta de que no estaba respirando, pero tampoco necesitaba oxígeno para seguir viviendo. ¿Seguía vivo? Sí, la muerte no podía ser algo tan cruel.
Fue entonces cuando me di cuenta de todo: no podía mover el cuerpo porque me había convertido en parte del barco y sentía la psique dividida porque, de alguna manera, estaba fusionada con la de mis compañeros.
De todas las situaciones bizarras que había experimentado ese día y a lo largo de toda mi vida, esa se llevaba el premio gordo.
Las voces interiores de mis compañeros, sus pensamientos similares a los míos, sus miedos y la angustia de verse atrapados, los sentía tan ajenos y a la vez tan integrados en mí. Realmente se trataba de un hecho escalofriante saber que mi cuerpo ya no era mi cuerpo, que lo compartía con el resto de mis camaradas y que ahora todos éramos uno con el barco.

Era verdaderamente increíble la historia que se escribía en las paredes del buque a medida que me iba adentrando en él. Un mensaje proveniente de las desesperadas almas que habitan el interior del imperecedero y ancestral navío. Un mensaje de socorro en donde se narra que si uno vuela demasiado cerca del Sol, la cera que une las plumas de las alas que le permiten rozar el cielo se derretirá, causando su precipitada caída hacia la muerte, o en este caso, hacia la eternidad.

BIOGRAFÍA:
Òdena Escrich Masó. Nació en Barbastro (Huesca) el 13 de noviembre de 2000.
Es estudiante de segundo curso de bachillerato en el IES Baltasar Gracián, de Graus (Huesca).


Víctor Ballarín Revista Imán Número 20La niebla que me rodea

Por Víctor Ballarín Aguarón

A mi abuela, in memoriam.

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges

El vapor ascendía apresuradamente desde la tetera, empañando las ventanas y humedeciendo la estancia con un aroma de cítricos. Se encontraba desorientada. Buscaba sus gafas de carey, examinó la habitación en su busca y se dio cuenta que colgaban de su cuello. Observó la imagen del televisor y se fijó que era en color. Una ráfaga de viento hizo que una de las ventanas de la habitación se abriese repentinamente, enfriando el cálido ambiente de la estancia. Se levantó y, cuando fue a cerrarla, el sillón continuó meciéndose, como acostumbrado a la rutina. Notó el frío, acercó su mano al hogar y encajó una pieza de leña. La estufa tenía hambre.
Vivía sola, como los ermitaños, como los cangrejos. Recordó paseos por una playa, el ascenso de la marea y el ir y venir de las olas. Caminar de la mano con su madre. Intentó, inútilmente, recordar su rostro. Abrió los ojos y regresó al presente. Aumentó el volumen del televisor, emitían una película. Observó en la pantalla unas abejas y a dos pequeñas niñas en busca de Frankenstein. Volvió a subir el volumen y se acercó hasta la cocina. Se apresuró a elegir un paño con el que agarrar la tetera. ¿Azul o rojo? Azul como las olas. La sujetó con el paño y llenó la taza con una infusión de sabores. Le añadió miel. La miel sale de la colmena. Miró el televisor, las niñas estaban junto a la vía del tren. Apoyaban sus cabezas en los raíles como si esperaran la llegada de algo. Vibraciones. Se acercó a la ventana y dejó reposar su frente sobre el cristal. Había empezado a llover. Las gotas se precipitaban sobre los prados. La aldea se vislumbraba difusa a lo lejos y las fachadas de sus casas parecían derretirse en los prados. Aunque había crecido allí, solo conservaba recuerdos fugaces de aquel lugar. Semejantes al eco que deja el tañido de una campana.
Giró su cabeza y vio el reloj en la cocina. Las saetas se movían con prisa, como si avecinaran un final. Tic-tac. Era tarde así que decidió acostarse. Apagó la televisión y la pantalla se fundió en negro. No quedaba rastro de aquellas niñas. Recorrió el pequeño pasillo hasta su cuarto. Sobre el cabecero de su cama colgaba la fotografía de dos recién casados que sonreían junto a un mercedes de color verde metálico. Pensó que quizás los conociese. Giró el pomo con un clac y cerró la puerta. Se sentó en la cama, apagó la luz y dejó que las sábanas la envolvieran suavemente. Como las manos de su madre.
Apenas había amanecido cuando despertó. Con lentitud, abrió sus ojos, llenos de cataratas. Eran dos ceniceros de cristal. Se levantó y, a tientas, entornó los postigos de la ventana, permitiendo que la luz entrara como una vieja conocida. Se acercó hasta el lavabo y dejó correr el agua. Encendió la pequeña radio portátil que había junto su cepillo de dientes. Un zumbido inundó la habitación. Giró el dial hasta hacer desaparecer aquel ruido blanco. Mientras se lavaba la cara se fijó en el rostro que tenía en frente. Una mujer de ojos grises y el rostro lleno de surcos le miraba fijamente. Aquella señora le observaba desconcertada, como si no llegará a reconocerle. Apartó la mirada y dirigió sus pasos hasta la cocina.
Únicamente quedaba una débil llama entre las brasas del hogar. Metió otro tronco. Abrió la nevera y centró su mirada en el pack de yogures. Fresa, limón, coco y plátano. Conforme acercaba su mano, se recordó a sí misma, al lado de una niña, recogiendo fresas. La chica se agachaba junto a los arbustos y las arrancaba. Aquella niña, que le resultaba tan familiar, se giraba y se las ofrecía con las manos teñidas de rojo. Eligió el yogur de fresa y, cerrando con un portazo el frigorífico, el recuerdo desapareció. Y con él, aquella niña de manos rojas y silvestres. Cogió un cubierto y se sentó en la mesa, frente la estufa. Se llevó a la boca la primera cucharada y, casi sin darse cuenta, comenzó a llorar. Eran unas lágrimas calmadas y saladas. Que desde sus ojos acudían hasta el borde de su boca. Como las olas a la orilla. Y, así, volvió a acordarse de los paseos por la costa. De la arena húmeda entre los dedos de sus pies. Y del calor de la mano de su madre.
Cuando terminó, tiró la cucharilla al fregadero y se dirigió hasta el armario de la entrada. Necesitaba salir y despejarse. Que la luz blanca de la mañana le limpiara la cara. Al abrir aquel ropero y coger un abrigo, no pudo evitar darse cuenta del resto del contenido. Junto a sus jerseys colgaban unas chaquetas raídas de caballero. Se fijó en las hombreras, los tonos marrones y el tejido tweed. No comprendía que hacían ahí esas chaquetas. Ella que vivía sola en aquella casa. Pensó entonces en la fotografía de aquellos recién casados, colgando sobre su cama, velando sus sueños.
Terminó de abrigarse y, cuando la llave giró dos veces, abrió la puerta. Había dejado de llover, pero la hierba todavía se sentía húmeda. La niebla envolvía la casa como un abrazo. Y cuando levantó la vista hacia el horizonte, no pudo distinguir, en la lejanía, ni la playa ni el pueblo. Era la niebla que todos los días venía visitarle. Aquella bruma cuajada y escurridiza que confundía su mente y la aislaba. Se sentó en una silla bajo el porche y sacó del interior de uno de los bolsillos un paquete tabaco. Acercó el mechero hacia su boca y encendió el ducados negro. El invierno había mermado el follaje del jardín. La noguera se encontraba totalmente desnuda y la hojarasca caída había desaparecido casi por completo del suelo. Se fijó en el esqueleto de aquel nogal y en los surcos que recorrían toda su corteza gris. Pensó, entonces, en la mujer del espejo. Le dio otra calada al cigarro y dejó que el humo le envolviera.
Al regresar a casa y dejar su abrigo de vuelta en el ropero, detuvo su mirada en una caja del último estante. Era un recipiente metálico y plateado, con las esquinas desgastadas. Desprendía un fuerte olor a óxido. Lo cogió y lo apoyó sobre la mesa. En su tapa, había dibujadas unos cerezos y unos templos orientales. Al abrirla, descubrió en su interior unas cuantas decenas de fotografías. Había imágenes cuadradas y rectangulares. Con los bordes puntiagudos y redondeados. En color y en blanco y negro. Guardaba, también, un carné de identidad, que pertenecía al mismo señor del mercedes verde metálico. Debajo de todas esas fotos, de diferentes formas y colores, que representaban décadas distintas, encontró un sobre. En el frente del sobre aparecía escrito un nombre a mano. Ana. Y, en su interior, había cinco dientes de leche y la fotografía de una niña. Así, unas manos teñidas de rojo vinieron a su memoria. Unas manos pequeñas ofreciendo unas fresas.
Recogió el sobre en la caja y comenzó a mirar el resto de las imágenes. Una fotografía con los bordes troquelados llamó su atención. Era una imagen del exterior de su casa, que mostraba una familia sentada bajo el porche. Aquellos padres con esa niña en sus brazos parecían felices. La madre, que llevaba un vestido de flores y unas gafas de carey, miraba sonriendo a su marido y a su hija. El hombre, que vestía una chaqueta de tweed, sujetaba con cariño a la niña, que parecía reírse. Aquel matrimonio, tan familiar y distante al mismo tiempo para ella, era el mismo que cada noche, aguardaba sobre su cama. Entonces le dio la vuelta a aquella fotografía y vio escritos tres nombres: Fernando, Teresa y Ana. Comprendió entonces quién eran aquellas personas y no pudo evitar entornar una sonrisa amarga.
Aquella noche, cuando Teresa se acostó, la niebla había huido. Ya en la cama y encogida sobre sí misma, apretó la fotografía contra su pecho. Cerró sus ojos grises y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió acompañada. Carmen se imaginó durmiendo junto a su marido y a su hija. Podía escuchar, a su lado, sus dos corazones bombeando sangre. Y como aquellas niñas en las vías, Carmen apoyó su cabeza sobre la almohada y sintió el rumor de un tren acercándose. Apretó todavía más contra sí la fotografía y cuando el tren hubo llegado, no dudó en subirse y perderse en la oscuridad de la noche, en aquel instante de claridad, que la niebla le había regalado.


Víctor Ballarín Revista Imán Número 20El pensamiento circular

Por Víctor BallarínAguarón

…puedo verte contemplar el paisaje por la ventanilla. Todo la ribeira se ha vestido de rojo y dorado. La uva de las vides, que acarician las aguas del río en el cañón, están listas para ser recogidas. Sus terrazas escalonadas hacen cosquillas al río y éste, agradecido, les devuelve un reflejo de luces y colores anaranjados. Conduzco con las ventanillas bajadas. La brisa juega cariñosa con tu pelo y los aromas, a otoño y mencía, se me arrojan a la nariz. Tienes la mirada puesta atenta a la carretera, que repta escurridiza entre las viñas, como si casi pudieras escudriñar, en cada curva, nuestro futuro. Giras tu cabeza y acercas la mano hasta el cambio de marchas, donde tengo la mía apoyada. Por un momento, me pierdo en tus ojos y decido atesorar este momento en la caja fuerte mi memoria. Únicamente espero que la vida nos envuelva y nos arrolle.
Ahora, que solo queda el invierno y hace años que ya no existes, en la soledad de la cama que tantas noches compartimos, recuerdo con cariño y nostalgia aquel primer otoño en la ribeira. Entonces, cierro los ojos y, en la oscuridad de mis párpados, …

BIOGRAFÍA:
Víctor Ballarín nació en Zaragoza en abril de 1995. Estudió bachiller humanístico en el IES Goya, donde recibió un primer premio de narrativa y, en la actualidad, está terminando sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza. Fue la Facultad de Filosofía y Letras, de esta misma universidad, la que en 2017 le concedió el Primer Premio de Relato Breve del Concurso Literario San Isidoro. Entre sus principales intereses se encuentran la crítica televisiva, el cine y la fotografía.


María Sánchez Ibarra Revista Imán Número 20LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Por María Sánchez Ibarra

En memoria de mi bisabuelo Vicente y de todas aquellas personas que como él vivieron la Guerra

La abuela Carmen siempre me había contado la historia de su padre.
Mi bisabuelo era un hombre trabajador, que durante la Guerra Civil Española tuvo la mala suerte de encontrarse en el momento y el lugar equivocados. El hombre regresaba a su hogar después de varias duras semanas trabajando en unos campos de Segovia cuando, entrando en Guardamar, el pueblo donde vivía con su familia, fue apresado por unos militares del bando nacionalista y acusado de matar a un alto cargo en ese bando. Mi bisabuelo no sabía nada de política puesto que nunca había podido estudiar. Nunca habría matado a nadie por ideales. Esto, sin embargo, no impidió que lo encarcelaran durante dos años. Al volver a su casa, murió de una enfermedad que no le fue tratada en la cárcel.
Ahora, muchos años después, me encuentro sentada a los pies de la cama de mi abuela en la fría y austera habitación de la residencia de ancianos donde vive. Ella me relata con lágrimas en sus hermosos ojos azules la historia de su padre.
Mientras tanto, mi abuelo nos observa ajeno a todo lo que hablamos. Él solo es feliz de tener mi compañía; pero realmente se encuentra sumido en sus pensamientos.
Miro el reloj de mi teléfono móvil y, al darme cuenta de lo tarde que se me ha hecho, decido marcharme con un nudo en el corazón por tener que apartarme de los abuelos. Seco las lágrimas de la abuela y beso su frente. Después me despido del abuelo, que sigue ajeno a toda nuestra conversación. Tan solo sonríe y me besa la mano.
Al llegar a casa me acuesto en mi cama y dejo que mi mente divague sobre cómo habría sido la vida del bisabuelo de no haber sido encarcelado. Y con estos pensamientos en mi cabeza caigo rendida en los brazos de Morfeo.
A la mañana siguiente me levanto con una gran idea en mi cabeza. Me visto deprisa y voy a comunicarle a mi madre que iré a ver a mi tía Paqui.
De camino a la estación de tren llamo a mi mejor amigo y le cuento todo lo que he estado pensando; pero él me contesta que el pasado pasado es y que es mejor no darle vueltas a la cabeza.
El tren anuncia la llegada y con paso apresurado me apeo al ver que mi tía me está esperando con una gran sonrisa. La abrazo con fuerza mientras aspiro su olor a manzanas y pienso en cuánto la he extrañado. La miro a los ojos, que brillan de alegría al verme, y le pido como una niña pequeña que al llegar a casa me saque la vieja caja que contiene los recuerdos de los bisabuelos.
Ella accede encantada y al llegar me tiende la caja. En su interior encuentro viejas fotografías y cartas que le enviaba el bisabuelo Vicente a la bisabuela María durante su estancia en prisión.
Al terminar de sacar todos los papeles, encuentro que en el fondo hay una tapa que no termina de encajar. La levanto con sumo cuidado y palpo con mi mano hasta dar con un objeto metálico colgado de una cadena y un papel arrugado. Se trata de una carta del bisabuelo y de un amuleto. Comienzo a leer la carta mientras cuelgo el amuleto de mi cuello:

A la persona que esté leyendo esto:
El amuleto, que supongo que se encuentra ahora mismo en tus manos, es un arma muy poderosa que no puede caer en manos de malas personas.
Supongo también que si lo has encontrado debes de ser una persona de confianza puesto que mi mujer se encargará de esconderlo y de hacer que solo pase a familiares directos en el momento en que yo muera. Se trata de un amuleto de gran valor. Con él tienes el poder de cambiar el pasado tanto para bien como para mal.
Has de tener mucho cuidado: solo podrás viajar hasta el día de hoy, en el que ha sido construido, y solo podrás viajar de nuevo hasta la fecha de inicio del viaje. Si permaneces más de un día en el pasado, quedarás atrapado y nunca podrás regresar a tu época.
Ve con cuidado.
En Guardamar, a 26 de abril de 1936.
Vicente Rodríguez

Me quedo perpleja al terminar de leer la nota. Lo que más me sorprende es que la fecha sea la misma del nacimiento de mi abuela. Lo que quiere decir que esto fue escrito en casa de los bisabuelos.
Me fijo ahora en el amuleto. Se trata de una serie de engranajes que encajan a la perfección entre sí. Decido girarlos y al instante empiezo a caer. Cierro los ojos.
Al abrirlos me encuentro con un hombre que me observa fijamente. Debe de tener la edad de mi padre y sus rasgos son muy parecidos a los de mi familia.
Me lo quedo mirando extrañada hasta que caigo en la cuenta de que posiblemente se trate del bisabuelo Vicente. Me quedo muda y él es el primero en hablar:
—Hola, niña —su voz es grave—. ¿Quién eres?
—Mi nombre es María —respondo aún asombrada—. ¿Y usted es…?
Me interrumpe al instante:
—Vicente Rodríguez —aquí ya sí que me quedo pasmada.
Lo observo con fijeza. Su pelo es oscuro y rizado como el mío; sus ojos verdes, como los de la abuela, y su nariz recta como la de mi padre. El bisabuelo Vicente tiene una mueca de frustración reflejada en su rostro.
Me levanto del suelo, donde había permanecido hasta ese momento, y digo con voz temblorosa:
—Tú eres mi bisabuelo —(sí, lo sé, no es una frase muy inteligente por mi parte, pero…, ¿qué le dices a tu bisabuelo cuando has regresado al año 36?).
La cara del hombre se llena de estupor y entonces se fija en el amuleto que llevo colgado en mi cuello. Lo toma en sus manos con delicadeza, temiendo hacerme daño, y me pregunta con voz suave y cálida:
—Niña, ¿de qué año vienes?
—Vengo del año 2017 —digo despacio—. Soy la nieta de tu hija Carmen.
El bisabuelo se queda mudo. Es lógico, ahora mismo la abuela o acaba de nacer o está a punto de nacer. En ese momento, tocan a la puerta y el bisabuelo va a abrir.
—Vicente, María está de parto.
El bisabuelo sale corriendo, y yo detrás de él. No me puedo creer que vaya a asistir al nacimiento de la abuela.
La bisabuela María es muy hermosa y su rostro muy parecido al mío. En ese momento sonríe entre lágrimas y sostiene en sus brazos un pequeño bulto tapado con una manta. La habitación es humilde; se nota que no son gente rica, pero es cálida, acogedora y se puede sentir que está llena de amor.
El bisabuelo se acerca, coge el bultito en sus brazos y besa la frente de la bisabuela.
—María —me llama—, acércate.
Con mucho cuidado hago lo que me pide y me acerco a ellos. Primero observo a la bisabuela. Ella sonríe con extrañeza mientras que el bisabuelo parece haberse acostumbrado a mi presencia.
—Te presento a tu abuela Carmen —el bisabuelo sonríe con orgullo.
La bisabuela me mira, se fija en mi cuello y en ese momento parece comprenderlo todo. Su sonrisa se hace más amplia y sus ojos se llenan de lágrimas. Con un gesto de la mano me indica que me acerque a la cama. Beso la frente del bebé que un día se convertirá en mi abuela y hago lo que me pide. La bisabuela me abraza y besa mi cabeza con cariño. Yo no comprendo muy bien qué es lo que pasa, pero ella se encarga de aclarármelo.
—Que tú estés aquí significa que mi pequeña saldrá adelante y esa es la mayor alegría para una madre.
—Abuela —le digo tímida—, yo nunca llegaré a conocerte en un futuro, pero llevo tu nombre porque tú serás muy importante para mi madre, aunque ella tampoco te conocerá. Siempre quise conocerte, pero, si ahora estoy aquí, es porque debo hacer algo muy importante antes de volver a casa.
El bisabuelo me mira y con un gesto de la cabeza me indica que hable.
—Este año va a estallar una guerra en España. La única que ha vivido el país hasta mis días. Y tú, abuelo, te verás involucrado en todo eso —pronuncio estas palabras con pesar—. Quiero pediros que cojáis todas vuestras cosas y os marchéis muy lejos antes de que estalle para que podáis estar a salvo.
El bisabuelo me mira y dándome las gracias me pide que esté tranquila; besa mi cabeza y me pide que vuelva a casa.
Con su ayuda pongo de nuevo en funcionamiento el amuleto y vuelvo a caer en mi habitación en casa de la tía Paqui.
—María —oigo cómo me llama—. ¿Te encuentras bien?
Salgo a la cocina y la abrazo.
—Perdona, tía. Me quedé dormida.
La tía ríe y me sirve la comida. Yo le pido que vuelva a contarme la historia de los bisabuelos; pero esta vez la historia ha cambiado: gracias a una pariente suya, consiguieron un trabajo en Francia, donde se instalaron hasta que la abuela cumplió 17 años. Regresaron a España, pero sin el abuelo.
Aunque en esta nueva historia el abuelo también había muerto, yo me siento orgullosa. Al menos escaparon de la guerra.

BIOGRAFÍA:
MARÍA SÁNCHEZ IBARRA
Nací en Elche (Alicante) el 7 de febrero de 2001. Estudia Segundo de Bachillerato de Humanidades en el IES Baltasar Gracián de Graus. Es autora del blog “Lo apasionante de la escritura”.


Teresa Ferrer Revista Imán Número 20

INSANIA

Por Teresa Ferrer

Corre a través del bosque. La persigue una bestia. Tropieza con las ramas, se araña los pies, le sangran; va descalza. Un golpe en la cabeza, otro en la rodilla, se cae, se levanta, sigue corriendo. Pero no siente dolor por las heridas, solo es consciente de los latidos de su corazón, que bombea desenfrenado; y de su respiración, fuerte, pesada, agitada, descoordinada. Se ahoga.
Oye ruidos tras ella. La bestia se acerca. Mira de un lado a otro desesperada y acelera para alejarse de esas sombras que ya casi la atrapan. El bosque es más espeso, las zarzas le impiden continuar. La bestia se acerca, ya ve el brillo de sus ojos entre las ramas. Avanza. La joven aparta una rama, se rasga el vestido, lanza miradas por encima del hombro; cambia de dirección y sigue huyendo. De repente el mundo se acaba, un precipicio la obliga a parar… La bestia está aquí. Jadea, su corazón golpea, tantea el suelo con los pies. Oye un crujido a su espalda, hincha el pecho con fuerza, y salta.
¡No! grita su padre mientras atraviesa los últimos arbustos. Se lanza hacia delante y consigue rozar a su hija con la punta de los dedos, pero se le escapa. Grita hasta que siente sangre en la garganta. El resto de hombres llegan también; dos lo agarran por miedo a que la siga, los demás guardan silencio con velas y antorchas en las manos.
Un soplo de viento apaga las llamas y tan solo queda un hilo de humo que se enrosca sobre sí mismo y escala. Pronto desaparecerá. La noche vuelve a la calma.

BIOGRAFÍA:
Teresa Ferrer Roy
Nací en octubre del 97 en Zaragoza, pero no crecí ahí. Vivo en un pueblo de Huesca, en la Comarca de los Monegros, y Estudio Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza.


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