En un ventoso recodo de la carretera en plena cordillera de los Andes nos bajamos a desayunar en un rústico comedero a las siete de la mañana, tras la noche viajando en autobús a través de la pampa argentina. Vamos de Montevideo a Santiago de Chile.

Pido por los “servicios” y me mandan a una casucha de tierra, saliendo al fondo y a la derecha.

Sobre el patio da una ventana entreabierta. Me asomo y veo el cuerpo de una muchacha que duerme desnuda, apenas cubierta su pierna en escorzo fetal por una sábana arrugada. El camastro está en el centro de una habitación de paredes despintadas. Una silla con un vestido cayendo desganado de su respaldo, como único mobiliario. Un viejo calendario por toda decoración. La muchacha tiene sus manos plegadas en un gesto de inconsciente ternura, como si rezara entre sueños.

La observo en silencio, recorrido por la emoción del inesperado encuentro. Debe pasar algo en esos instantes de mágica contemplación, porque de pronto abre sus ojos y me mira con dulzura y me sonríe, como si hubiera pasado la noche en mi compañía. Luego, lentamente, con pereza, estira la sábana, se cubre y se vuelve a quedar dormida.


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