En el avión de vuelta supe que estaba embarazada. La mirada de la muñeca favorita de Julián, Agustinita, me habló en sueños y me lo dijo. Aunque no fue una voz, sino sus ojos, esos ojos que no dejan de perseguirme desde que estuve en la isla. A veces intento recordarla, a Agustinita, pero soy incapaz de ver nada que no sea esa mirada persiguiéndome. El del avión fue un sueño macabro. Al despertar tenía la cabeza espesa, un sudor frío en las manos y un bocado de náusea en el estómago que me hizo correr al baño. Aún faltaban casi seis horas para aterrizar en Madrid, así que intenté volver a dormir, pero ya no pude y pasé el resto del viaje agarrándome la barriga. Me la agarraba sin la más mínima duda. Iba a tener un bebé, una niña (eso también me lo había dicho la mirada de Agustinita), una hija de Pablo, el remero de Cuemanco. Una hija de las chinampas, de los lirios acuáticos y de los espíritus.

Solo un par de meses antes, aunque me parecía que había sido hacía mucho más tiempo, le había mandado una larga carta manuscrita a Tuleca. Le contaba lo de mi madre, la bronca con mi hermana y que el resto de la excedencia la iba a pasar en barbecho, que lo dejaba porque ya no tenía estómago para todo eso. Había decidido dedicarme por un tiempo a la política, con todos mis ideales, convencida de que podría cambiar algo, no al mundo, pero algo sí, y no hice sino darme de bruces con noches de insomnio, ansiedad y mala leche. Pensé que me vendrían bien unas vacaciones, alejarme de todo. Aún no me apetecía volver al trabajo, y así se lo decía en la carta. Con su humor irónico se burló de mi idealismo y de mi ingenuidad en un e-mail y me dijo que fuera, pero solo si estaba dispuesta a trabajar un poco. Ella estaba metida en un proyecto importante, la reactivación y conservación de la zona chinampera de Xochimilco, y necesitaba una amiga, pero también necesitaba una ingeniera. Me pidió que le echara una mano, aunque no me podría pagar mucho por el trabajo, ya que se le estaba terminando el dinero del que disponía para los recursos. Me contó que todo tenía que ver con intentar recuperar los canales. Cuando regresó a México se fue a vivir a la ciudad para no tener que pasar todos los días casi tres horas entre ir y volver del pueblo a la universidad. Trabajaba para una empresa que solían subcontratar en el departamento de ingeniería civil para preparar los informes de impacto medioambiental. Consiguió un apartamento muy cerca del Estadio Azteca, en una urbanización de gente joven, casi todos en situaciones parecidas a la suya. No vivía mal. Y entonces un día se puso a dar un largo paseo y lo vio. Los canales de Xochimilco se asfixian, se pudren, se mueren, me contaba. Estamos al borde de un colapso ecológico, seguía, lo estamos, lo sabemos, padecemos las consecuencias, pero las heridas se acumulan en los canales de Xochimilco y se expanden por todas partes. La culpa es nuestra, que hemos convertido la zona del lago en un vertedero al aire libre. Ayúdame. He convencido a  mis jefes de que me dejen estudiarlo, pero se me acaba el tiempo. Te voy a ayudar, le respondí.

Cuando recibí el e-mail de Tuleca no me lo pensé dos veces. Enseguida me puse a la búsqueda de vuelos baratos y le contesté que allí estaría, que me preparase un rincón fresquito en su casa y que tenía unas ganas locas de volver a comer su guajolote con mole y un picante que picara de verdad. Tuleca había aparecido el segundo año de carrera. Fue la última que llegó al piso compartido de la calle Portugal, cuando ya llevábamos un mes de clase, arrolladora con sus chiles, con su acento fuerte y su risa demoledora. A pesar de tanta energía, con el tiempo descubrí su hacer tranquilo y su mirada oscura, pero no turbia, con el agua profunda de mil heridas que poco a poco me iría descubriendo, conforme nos sorprendieran las noches de patatas fritas y cafeína antes de los exámenes. Con Tuleca aprendí a comer picante y a salivar de verdad mientras me contaba cómo se cocina la cochinita pibil, convirtiendo la casa en un pedazo de Yucatán tapizado de hojas de plátano y saturado del perfume de las especias con las que se prepara el achiote. También aprendí a reír fuerte y a llorar sin esconderme. Al año siguiente alquilamos un apartamento solo para dos, con una cocina grande y mucha luz. Cuando terminamos la carrera ella se volvió a México y la eché mucho de menos.

Los diez primeros días tras mi llegada apenas salí de la oficina que me había preparado Tuleca. Estudié planos, busqué datos, recopilé trazados, organicé documentación y leí horas y horas de informes, tanto los oficiales como los extraoficiales. Tenía el cerebro recocido y el estómago acelerado. Tuleca quería presentar el proyecto a sus jefes a final de mes para poder llevarlo ante los órganos de gobierno, así que no había mucho tiempo. A media tarde del undécimo día aparté la vista de la pantalla del portátil, me recliné en la silla y me estiré con ganas.

—Ya he acabado con la fase de documentación —dije en dirección al biombo tras el que Tuleca se afanaba con la parte legislativa.

—Pues entonces deberíamos tomarnos el resto del día libre y mañana podemos hacer trabajo de campo —me respondió al tiempo que se ponía de pie y se asomaba por encima de la mampara azul. Se había recogido el pelo en un moño con un bolígrafo y los rizos le caían a los lados húmedos y desmadejados. Hacía un calor terrible.

—¿Trabajo de campo? ¿Me vas a llevar a los canales?

—Trabajo de campo y un poco de turismo, que nos merecemos un descanso. Te voy a llevar a la isla de las muñecas.

—Suena tétrico.

—Ni te lo imaginas. Es uno de los sitios más aterradores que conozco.

Aquella noche no pude pegar ojo. Tuleca, entre trago y trago de tequila, me había relatado la historia de la isla.

—Verás —me contó—, la isla de las muñecas es una chinampa, una balsa hecha de troncos y varas, cubierta de hojarasca y cáscaras de frutas y verduras, donde se planta un sauce, o como lo llaman los nativos, un ahuejote, para que las raíces crezcan desde el agua a tierra firme y así luego poder utilizarla para cultivar. Pues bien, deja que me ponga otro chupito, en una de esas chinampas vivía Julián Santana Barrera, muy tranquilo él con su pequeña plantación de verduras, lo típico, ya sabes, maíz, frijoles, calabazas, chiles, y su cabaña de tres habitaciones, hasta que un día encontró una niña muerta, casi podrida, con un vestido amarillo oro, como el de las crisálidas, enredada entre los lirios de agua a orillas de su chinampa.

—¿Una niña? ¿La habían matado? —pregunté mientras abría otra botella de tequila. Siempre me han gustado las historias.

—Pues no se sabe. Dicen que murió ahogada, y que salvo los efectos de estar sumergida varios días en el agua sucia del canal, no parecía que le hubiese pasado nada violento. Pero a Julián le cambió la vida. Dicen que contaba que cuando la encontró parecía que el vestido la envolvía como a una jugosa pieza para una araña gigante, y que tenía los lirios entorno al cuello, como estrangulándola. El pobre no dejaba de repetir una y otra vez que la niña era una ofrenda a los espíritus de los canales y que algo malo iba a pasar porque al encontrarla él, se había roto el ciclo.

—No me extraña, pobre hombre. Y ¿vamos a ir a su casa? No se si me parece bien molestar a un enfermo.

—Tranquila, Julián murió hace ya cuatro años. La isla se ha convertido en lugar de peregrinación y un atractivo turístico también.

—¿Por la niña muerta?

—No, no. Por las muñecas. Resulta que a Julián, después de encontrar a la niña, de la que nunca se ha sabido el nombre, por cierto, que ya sé que me lo vas a preguntar, …

—¿En serio? ¿Nadie reclamó el cadáver, no se sabe quién era la niña?

—Pues no. ¿Quieres que siga?

—…

—Vale. Pues entonces a Julián le empezaron a pasar cosas raras. Escuchaba y veía al fantasma de la niña y vivía aterrorizado porque, como te he dicho, creía que había sido estrangulada y preparada como ofrenda para los espíritus malignos, y al encontrarla él, no había sido tal ofrenda. Según Julián y la mayoría de los campesinos, los espíritus de los canales están enfadados y piden tributo. Al construir las chinampas hemos diezmado los ajolotes y los charales. Así que a Julián le dio por empezar a colgar de los árboles, y de todas partes, muñecas y trozos de muñecas que se encontraba en la basura y en los canales.

—¿Creía que las muñecas lo protegerían?

—Creía que las muñecas ahuyentarían a los espíritus y al fantasma de la niña y ya no volverían a pasar cosas malas en su chinampa.

—Pobre hombre, qué malas son las supersticiones.

—Pues falta lo mejor: resulta que Julián murió de un infarto, ¡en el mismo lugar donde encontró el cadáver!

¿Cómo dormir después de semejante historia y dos botellas de tequila?. No pude dejar de imaginar todo tipo de cosas extravagantes y absurdas en el insomnio del alcohol. Me asaltaban imágenes de niñas con vestidos mojados tumbadas boca abajo en pantanos que tenían cara, pero sin ojos, y que se reían, veía piernas de muñeca caminar sobre camas donde dormían niños que no había visto nunca, incluso yo misma era una muñeca, tirada en una orilla, atrapada entre juncos y lirios, envuelta en un sudario amarillo, con el pelo lleno de larvas de mosca y que no quería ser encontrada por un Julián Santana, hecho de barro y paja, que se iba deshaciendo mientras caminaba junto al agua. Justo cuando empezaba a coger el sueño sonó el despertador. Ni siquiera la ducha con agua fría, todo lo fría que podía salir allí, me arrancó las imágenes, sino que más bien las potenció. Las resacas siempre me han traído problemas. Mientras estiraba la mano para coger la toalla, no podía dejar de ver muñecas desmembradas y sus pedazos colgando de finas cuerdas frente a mi cara, impidiéndome el paso. A punto estuve de gritar, pero cerré los ojos con fuerza y me recompuse. Mientras me lavaba los dientes podía oler a la niña muerta con el cuello enredado en los lirios de agua del canal, estrangulada por las flores. Mis labios reflejaban en el espejo el tono azulado de sus labios, la loza del lavabo reflejaba la transparencia de su piel, y a mi espalda podía sentir el barro y los insectos agarrados a su vestido amarillo del oro de las crisálidas. Una brisa caliente movió la cortina de la ducha y pensé en el aliento de una gran araña gigante. Me giré de golpe para demostrarme que no había nada ni nadie conmigo en el baño y escupí con rabia el dentífrico. Me había cepillado con tanta fuerza que me había destrozado las encías, y en la espuma la sangre dibujaba la expresión que imaginé que tendría la cara de Julián Santana al sentir la presencia y escuchar por primera vez al fantasma de la niña. En una sucesión de enloquecidos parpadeos pasé a imaginarme su desesperación, su terror, su búsqueda desesperada de muñecas en los basureros y los canales, su rabia al arrancarles las cabezas y las piernas y su abandono de los sembrados para colgar los pedazos como amuletos para ahuyentar el espíritu de la muerta. Para alejar todo aquello cerré los ojos con fuerza e imaginé las raíces de un sauce que desde el agua llegaban a tierra firme. Después de varias respiraciones profundas los abrí, me enjuagué la boca y salí tras el olor del café que venía de la cocina.  No le conté nada a Tuleca, pues seguro que se habría reído de mí por ser tan sugestionable. Me tomé tres cafés excusándome en la resaca e intenté aparentar solo eso, resaca.

Me decepcionó mucho la isla de las muñecas. Era tétrica, sí. Era espeluznante si querías que lo fuera. Pero mis espejismos habían sido mucho más terribles y me dejó fría. Volví a escuchar toda la historia de la boca con brackets de una estudiante mientras Pablo, uno de los remeros de la trajinera que nos había llevado hasta allí, no me quitaba ojo de encima. Estuvo burlándose de mí durante todo el trayecto a la isla porque se dio cuenta de que en el embarcadero de Cuemanco, a pesar del calor, me habían entrado escalofríos cuando Tuleca me decía que aquellos que estaban sentados en el extremo, en un banco de madera casi podrida, eran los dueños de las barcas que se negaban a ir a la isla por las supersticiones. Los escalofríos vinieron acompañados de otro ataque de exceso de imaginación que se me pasó de golpe cuando vi que Pablo me miraba con una sonrisa cínica en los ojos. Al subir a la trajinera procuré no mirarlo, pero tuve que aceptar su mano para pasar por el delgado tablón. Fuimos directas a sentarnos al fondo, donde todo parecía más limpio. Durante el viaje, que duró casi dos horas, yo miraba los canales y las chinampas cubiertas de flores y verduras, mientras Tuleca se enfrascaba en una novela. Pablo no dejaba de decirme que, si tenia frío, en la parte de abajo seguro que había alguna manta. Algunos de los otros turistas me miraban divertidos, pero la mayoría hablaban entre ellos o miraban por la borda, como yo.

—Le gustas a ese —me había dicho Tuleca sin dejar de leer.

—No lo creo.

—Hazme caso, le gustas. Sino no perdería el tiempo metiéndose contigo a pesar de que se ve a la legua que llevas una resaca espantosa —me contestó mientras levantaba la vista del libro y me guiñaba un ojo.

En la isla, además de centenares de muñecas por todas partes, había también un pequeño museo con algunos artículos de diarios locales sobre la niña muerta y sobre Julián, el dueño. Detrás del museo estaba la casa de Julián, donde habían abierto una tienda de souvenirs espantosa. También se podían visitar tres habitaciones, una de las cuales parecía haber sido utilizada como dormitorio. En esa habitación estaba la primera muñeca que Julián había recogido, toda destrozada, con el vestido de un color indefinible y casi podrida por la humedad. Allí también estaba Agustinita, la muñeca favorita de Julián, perfecta, llenándolo todo. Y a pesar de lo impactada que quedé, no consigo recordarla, no consigo ver su vestido o su pelo. Julián la veneraba, pues aunque no había sido la primera, sí que a partir de que ella llegó a la isla, el espíritu de la niña muerta desapareció. La boca con brackets de la estudiante casi parecía rezarle a Agustinita, y nos dijo que hasta que llegó ella, la chinampa estuvo plagada de hormigas, que son símbolo de mal agüero. Agustinita se había quedado enredada también en los lirios de agua junto a la orilla donde había aparecido la niña, y Julián no quiso ni acercarse. Pero al día siguiente volvió por allí y Agustinita estaba envuelta en hilo de seda, presa de alguna de las arañas, tenía larvas en los ojos y un par de saltamontes grandes la miraban. Los saltamontes tienen un alto valor sagrado, así que Julián no la tocó. Al tercer día volvió de nuevo y Agustinita estaba limpia en la hierba de la orilla y varias libélulas, símbolo de pureza del agua, volaban sobre ella. Fue entonces cuando Julián se dio cuenta de que Agustinita era especial y la llevó a su casa. Hablaba con ella como si  estuvieran casados, le compraba cintas para el vestido, le cepillaba el pelo de plástico, la llevaba consigo cuando iba en busca de otras muñecas por los canales y los basureros para pedirle su opinión y la sentaba junto a él mientras trabajaba en el porche.

A mí todas aquellas majaderías me estaban poniendo dolor de cabeza. Llegó un momento en el que perdí el hilo de la leyenda de Agustinita. Había una parte que sí me creía, pero todas aquellas historias de las crisálidas y los insectos me parecían hasta de mal gusto. Además de turistas también había muchos campesinos aquel día en la isla, que habían venido a dejarle ofrendas, y a pedirle milagros y bendiciones a Agustinita. Lo que más me había perturbado de la historia, hasta ese momento, era que Julián hubiese muerto de un infarto en el mismo lugar que había encontrado a la niña del vestido amarillo del oro de las crisálidas. Pero después de haber visto a Agustinita, cualquier otra cosa dejaba de dar miedo. Aunque solo soy capaz de recordar sus ojos, que alguna vez fueron verdes, de algún verde bonito, o más bien recuerdo como miraban esos ojos, esa mirada de vidrio que no tenía nada de muerta, que parecía fijada en mí mientras caminaba por la habitación y que, desde el viaje de vuelta, me da las malas noticias hablándome en sueños. En aquella habitación sentí un frío que sabía que no se me pasaría poniéndome la chaqueta. Tuleca se dio cuenta y cogiéndome del brazo me sacó fuera.

—Hay algo insano en ese cuarto ¿no crees? —me preguntó.

No le respondí. Pablo estaba a pocos metros, en la orilla de la chinampa. Tuleca me empujó hacia allí mientras me decía que nos reuniríamos en un par de horas, que tenía que recoger unas muestras para el estudio. Tenía razón, como siempre: yo le gustaba a Pablo. Y desde luego él también me gustaba a mí. Nos escondimos como adolescentes torpes en una de las barcas y él casi llegó tarde a su siguiente viaje. Durante las tres semanas siguientes me llevó por todos los rincones de el Canal de Apatlaco, la Laguna de Teshuilo y la Isla de la Llorona. Tuleca se burlaba de mí, y estaba contenta por mí, siempre que no llegara tarde a la oficina. El día que presentamos el proyecto a sus jefes quedamos los tres y me despedí con un par de botellas de mi tequila favorito. Tenía el billete de avión para dos días después. Pablo intentó convencerme para que me quedara un par de semanas más y me regaló una muñeca que había encontrado en el canal, con un vestido amarillo. Tuve que correr hacia el baño a vomitar nada más ver la muñeca, y aunque quise convencerme de que era por el tequila, creo que fue porque nada más ponerme Pablo la muñeca delante, vi los ojos de Agustinita. Aún así cogí la muñeca y le di las gracias. Bromeamos y me despedí prometiendo escribir. Sabía que no le escribiría, que Pablo y todo lo que tuviera que ver con él, debía quedarse allí. Tiré la muñeca a un contenedor camino del aeropuerto.

En el avión de vuelta supe que tendría una hija de Pablo y lo primero que pensé fue que nunca se lo diría. Estuve seis horas agarrándome la barriga con los restos del mal sueño incrustados en el pelo y en las tripas. Intentaba dormirme y no lo conseguía. Veía los ojos vivos de Agustinita en cuanto cerraba los míos, así que me intenté concentrar en las nubes a través de la ventanilla y empecé a pensar en nombres originales para una niña. Antes de encontrar ninguno que me gustara, el cansancio me pudo, me dormí por unos instantes y la mirada, su mirada, se solidificó de inmediato frente a mí para decirme —es un monstruo, deberías enterrarla—. Durante el resto del embarazo no he hablado con nadie de todo esto. No me he atrevido a contarlo porque pensaba que no era más que una historia absurda, generada por mi exceso de imaginación y las hormonas. Además, ¿quién podría creer algo así?. Quizás Tuleca sí me hubiese creído, pero ya es tarde. Yo quería pensar que no eran más que malos sueños, pero ahora, a punto de parirla, siento que he estado en una vigilia permanente. Ahora, sentada en el suelo del baño en un charco de sangre, sola, más sola de lo que nunca creí que pudiera llegar a sentirme, acompañada únicamente por la vidriosa mirada de Agustinita que me pide muerte, el dolor me parte en dos y se que dentro de mí hay una niña muerta, una niña con el cordón umbilical enrollado al cuello, como un collar de lirios de agua, y la piel envuelta en la fina tela blanca que mi útero ha tejido en torno a ella, la niña del vestido amarillo del oro de las crisálidas.

BIOGRAFÍA

Pepa Pardo nació en Zaragoza en marzo de 1974. Ingeniera de profesión lleva escribiendo desde que recuerda. Entre 2009 y 2013 publicó varios relatos en las antologías «De palabras y silencios», «Doce del distrito Catorce», «Realidades Inventadas», «Tinta y papel» y «Palabras vivas» como miembro del Grupo «Fabuladores». Es coautora en el libro de relatos «Buscando los orígenes de aquello» de Pregunta Ediciones, en los poemarios «Talcualsomos» y «Hexaedro» de La Fragua del Trovador, y en el libro de relatos «Teruel y sus amantes» de Mira ediciones. Fue ganadora de la «X edición del concurso de relatos ciudad de Huesca» con el relato de título «Teclas negras» y condujo durante cinco años la sección quincenal «Jitanjáfora» de literatura en el programa «La Enredadera» de Radio Topo. Recientemente ha publicado el álbum «Pezmocamu», con dibujos de Luis Orús, el cuaderno de microrrelatos «Octubre» y el relato «Tiempo de moras» en Enjambre de la editorial Communiter. Es miembro de la «Asociación Cultural Malavida» donde colabora realizando guiones de cómic.

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