María Pilar Martínez BarcaLa manzana o el vértigo

Me vas desperezando en un temblor
de pájaro desnudo en el invierno,
y me transformo en rama o nido o vientre
donde albergarte cálida,
más adentro del témpano y la noche.
Y los peciolos, íntimos, despiertan
en tanto nos fundimos en éxtasis de almíbar
al tacto de tus yemas, tan tempranas.
Despójame hasta el cuévano del tronco,
allí donde no queda ni hojarasca
que distraiga del eco de las aves.

Soy ya carne de lluvia, o fresa agreste
al ritmo de dunas silencioso las
que despuntan tu tallo y mi deseo.
Tú, el abismo y la cumbre
donde me elevo y me deshago, valle
y otra vez renacemos, como una mariposa
entredormida al beso de la lámpara.
Y la noche rocía nuestros cuerpos amantes
de botones preciosos,
en tanto retornamos de la gruta del cíclope.
Sólo queda el suspiro.

Te deseo, amor mío, igual que se desea
la luz en la mañana, el aire para el pájaro,
o el descanso en la noche.
Te deseo, indefensa, como desea el niño
la piel cálida y tersa de la madre,
la leche de su luna, una caricia.
Te deseo, mi amor, cada vez que entresueño
la seda de tus labios por mi vientre
mi mano en tu cabello, tu cuerpo despertándome.
Te deseo tan hondo, tan adentro
que me estremezco toda en hojas frágiles,
manantial de por sueño y de por vida.
Te deseo en la noche sin ribera,
y aquí, en la madrugada,
para otro hermoso día donde amarnos.
Te deseo, amor mío, en cada luz,
más allá de la espera y la distancia,
cuando huele ya a lluvia y cercanía.
Te deseo hasta el éxtasis.


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