Autor: Eusebio Aguilera.

            ¿Qué pueden tener en común un prejubilado, una pareja que pasean del brazo, un agricultor retirado de Borja que vive en una residencia y una mujer que lee versos de Ángel Guinda debajo de un ciprés…? Sigan leyendo y lo sabrán.

            Luis acababa de estrenar su merecida prejubilación. Había sido y es un hombre activo, al que le gusta leer, escribir y sobre todo caminar. Hace largas caminatas por diferentes sitios; entre ellos los espacios naturales que circundan el canal Imperial. Suele ir desde su barrio ─la Bozada─ hasta la avenida América o al barrio de Valdefierro siguiendo el cauce del canal. Cuando va en dirección a la avenida América, suele pararse junto a la fuente de los Incrédulos. Le encanta mirar y apreciar la gran obra de ingeniería del siglo XVIII. Le gusta mirar las esclusas e imaginarse el trasiego de barcazas navegando por el cauce del Canal; en ocasiones, le parece escuchar el ruido pétreo de las muelas del molino; aunque sabe que todo es un sueño que él manejaba a su antojo.

            Es una persona observadora y extrovertida, que no le pasan desapercibidas las personas con las que se cruza. Un día se fijó en un hombretón, no muy alto, pero recio, con poco pelo. En su cara se apreciaban los surcos que el cierzo había dejado. Entablar conversación, con aquel buen hombre, fue más sencillo de lo que Luis pensó.

─¡Maño, que buena gayata llevas!

─ ¿Le gusta?, la hice hace años, ¡que se yo!, ya no recuerdo cuántos. Corté una rama de fresno en un ribazo, calenté el extremo y le di forma; siempre la llevo conmigo.

─Disculpe, no me he presentado, me llamo Luis. Como le veo pasear con frecuencia por aquí con la gayata, supongo que le gusta andar.

─Yo me llamo Carlos, soy de Borja, allí pasé toda mi vida, trabajando en el campo, sabe usted. A todo se le hacía mano: cuando no se sembraba, había que limpiar las acequias; cuando se terminaba el cereal, había que ir con las ovejas al pasto. También fui a la viña. ¡Pues no habré ido veces al trujal, tanto para la uva como para el aceite!

Luis miraba a aquel hombretón curtido por los vientos del Moncayo, mientras pensaba que éste tipo de personas no deberían desaparecer nunca, porque son enciclopedias andantes por la vida. Sin más preámbulos contó a Carlos su idea.

            ─Mira Carlos, estoy pensando en organizar un pequeño grupo de personas, como nosotros, para ir a andar, ¿podría contar contigo? Haríamos recorridos cortos. Nos reuniríamos aquí, en la fuente de los Incrédulos, ¿qué te parece?

            ─Hombre, qué me va a parecer, pues muy bien. Encantado de andurrear algo. Yo ya intenté hacer algo parecido en la residencia con los amiguetes, pero se pasan los días agarrados al guiñote. ¿Cuántos seremos?

            ─De momento tú y yo; pero conseguiré alguno más. Espéranos aquí el próximo lunes a las 10 de la mañana.

            ─Aquí estaré, no fallaré.

            Carlos estrechó la mano de aquel hombre y, sintió el rigor de una vida dura, pero sana, como la sonrisa que brotaba a raudales de sus labios. Luis tenía el primer miembro para el grupo. Desde hacía tiempo, veía pasear en torno al edificio de la Confederación Hidrográfica a una pareja. Ella era una mujer alta, con los cabellos plateados recogidos en un moño, su piel era blanca como una manzana de verdedoncella, siempre iba cogida del brazo de su marido. Él era un hombre alto, con pocas canas, con semblante serio y mirada profunda.

            Solían dar un par de vueltas por los alrededores, después se sentaban a descansar en uno de los poyetes de piedra que hay a ambos lados de la fuente. Mientras ella dejaba que el agua acariciara sus manos, él leía el Heraldo.

            No era cuestión de perder el tiempo, con tacto y prestancia se acercó a ellos y, sin más preámbulos les dijo:

            ─ ¿Permiten que les haga un observación?─dijo Luis.

            ─Usted dirá ─contestó el hombre.

─Son la pareja más elegante que se pasea por aquí.

Jacinto no podía ocultar la satisfacción por aquel halago, aunque brindó todos los honores a su mujer.

─Supongo caballero, que lo dirá por mi esposa, porque yo, ya no estoy para muchos halagos.

─Lo digo por los dos. Les veo pasear con frecuencia y, llaman mi atención por su elegancia y, por su porte tan distinguido y, además se les ve muy felices.

─Agradecemos sus halagos, que no suelen prodigarse hoy en día. Me llamo Jacinto y mi esposa Natalia. Como puede apreciar yo soy, además de marido y compañero, sus ojos y su guía.

Luís quería mantener vivo el diálogo que sus halagos habían creado, por lo que continuó adulando a la pareja.

─Vuelvo a insistir, les veo con un aspecto envidiable.

─Yo era bombero y nos obligaban a mantenernos en buena forma física; aunque ahora, con unos paseos alrededor de la fuente, nos conformamos.

─Pues yo pienso que pueden andar mucho más. Verá, estoy intentando formar un grupo para hacer pequeñas rutas por aquí cerca, serían caminatas de unos 5 Km; el punto de inicio y final sería la fuente. Ya tengo a un amigo dispuesto a formar parte del grupo, me encantaría que nos acompañaran. Comenzaremos el próximo lunes a las 10 de la mañana, ¿qué les parece, se animan?

La respuesta de Jacinto no se hizo de rogar.

─Hombre, la verdad es que me gustaría, echo en falta algo de ejercicio, pero no sé si mi esposa aguantará.

Luis, a simple vista, no veía problema físico alguno en Natalia.

─Ella tiene un aspecto excelente. El ejercicio físico realizado en compañía, beneficia al cuerpo y a la mente.

Jacinto comprendió que no iba a perder nada aceptando la invitación.

─Me parece estupendo. ¿Natalia, tú qué opinas?

Ella le miró y reafirmó su voluntad con una generosa sonrisa.

─Estupendo, nos vemos el próximo lunes, aquí, a las 10 de la mañana ─puntualizó Luis─, ¡Ah!, vengan equipados con ropa y calzado adecuado y, traigan una cantimplora con agua, aún hace algo de calor.

Se despidieron sin formalismos; ya formaban parte del grupo.

Luis se sentía exultante, su idea iba tomando forma; ya tenía tres miembros para el grupo, pero pensaba que una persona más vendría bien. Era mediodía y hora de ir a casa a preparar la comida. Caminaba por la margen izquierda del canal en dirección al paseo Mauricio Aznar; pasó frente a la placa que conmemora la rendición de Zaragoza a los franceses durante la guerra de la Independencia. Cruzó la calle y dejó atrás el busto del joven cantautor y poeta.

Se fijó en una mujer que estaba leyendo bajo la sombra de un gran ciprés. La observó durante unos instantes, mientras se preguntaba. ¿Por qué no ella…?

Se dirigió con decisión al banco donde estaba la mujer sentada.

─Buenos días señora, qué generoso es éste árbol.

La mujer apartó lentamente la vista del libro y miró a Luis.

─Buenos días. Todos los árboles son generosos, para mí son como grandes amigos que me regalan una amistad infinita. Me encanta venir a este sitio a leer.

─Permítame que me presente, me llamo Luis. Ando con frecuencia por aquí, digamos que es mi paso obligado de vuelta a casa. Suelo verla sentada en este banco leyendo; por cierto ¿Qué está leyendo?

─Me gusta leer poesía, sobre todo de poetas aragoneses, ahora estoy leyendo: «Catedral de la noche» de Ángel Guinda. Disculpe, me llamo Marta. Vivo ahí, en la plaza de la Ermita. Aquí, junto a mi marido, vivimos los años más felices de nuestra vida; él murió hace cinco años.

─Lo siento mucho. Opino que una persona que ama a los árboles y lee poesía, es una fuente inagotable de sensibilidad.

─Te doy la razón, además de sensibilidad, tengo un carácter recio, no me reblo fácilmente; la vida es una gran marcha en la que cada día has de terminar una etapa.

A Luis le sorprendió aquella respuesta tan espontánea.

─ ¡Caray, que espíritu aventurero tienes! ¡Nos vendrías muy bien en el grupo!

─ ¡Maño!, ¿de qué grupo hablas, pues?

─No te alarmes, estoy formando un grupo de personas de nuestra edad, para hacer pequeñas rutas por la zona. Ya somos cuatro, nos encantaría que te unieras a nosotros.

─Pues no te diré que no, siempre he deseado formar parte de un grupo así. Ni la Nati, ni la Dolores, están por la labor, no hacen más que quejarse de sus achaques. ¡Venga!, ¿cuando empezamos?

─ El próximo lunes. Hemos quedado en reunirnos en la fuente de los Incrédulos a las 10 de la mañana. Ven con calzado y ropa cómoda, y trae una cantimplora con agua.

Marta se levantó del banco y se anticipó al saludo formal de Luis.

─ ¡Hala!, maño, no seas mojigato y dame un beso!

Ella continuó leyendo los poemas de Ángel Guinda, mientras Luis siguió su camino en dirección a la Bozada. Hoy no volvería sólo, atrás dejaba a un grupo de amigos. Hoy, el canal le había hecho un gran regalo.

En Lunes y a la hora prevista, fueron llegando uno a uno, primero Luis, después Jacinto y Natalia; unos minutos más tarde llegó Marta y a continuación Carlos.

─Bueno, terminar con las presentaciones y comencemos la faena. Hoy haremos la primera ruta, nuestro objetivo es disfrutar, de ello depende que nuestro grupo siga unido. Recorreremos un trayecto de unos 5 Km, entre ida y vuelta; he calculado que tardaremos dos horas, haremos una parada de 20 minutos en el parque de la fuente de la Junquera. Si alguien tiene algún problema durante la marcha, que lo diga. Nos falta una cosa muy importante, hemos de poner un nombre al grupo, que cada uno lo piense durante la marcha, cuando lleguemos al parque de la Junquera lo elegimos. Ahora mismo pongo en marcha el reloj. ¡Adelante, chicos!

Cruzaron la Vía Ibérica, siguieron el cauce del canal por la margen derecha, pasaron frente a las instalaciones del Estadium Casablanca y frente a la urbanización «Las Abdulas», hicieron una parada. Luis quería comprobar el estado del grupo, tomar un poco de agua y hacer un comentario..

─ ¿Cómo vamos todas y todos?

─ Todas y todos vamos perfectamente. Hoy, el canal tiene unas vistas estupendas, ¡qué majestuosidad y qué cantidad de animales hay! ─comentó Marta, que llevaba del brazo a Natalia.

─Me alegra escuchar eso. Ahora quiero que miréis a vuestra derecha, por ese barranco va el río Huerva, ¿lo veis? Atraviesa el canal por debajo, justo donde estamos. Al volver, iremos por el otro lado y os contaré algo sobre aquel edificio que tenemos enfrente.

El grupo dejó a su izquierda el cauce del canal, que se alejaba majestuoso en dirección a Torrero y tomaron el camino en dirección a la fuente de la Junquera. A su derecha se encontraron varias urbanizaciones modernas, escondidas detrás de altos muros de hormigón y rejas, que contrastaban con la libertad y sencilla belleza de los montes de Torrero, poblados de pinos y matorrales. Un ligero aroma a romero y tomillo perfumaba el aire. A su izquierda dejaron las instalaciones del Liceo Europa; desde lo alto de un gran cartel publicitario, unos niños les invitaban a jugar al golf. Después de las urbanizaciones, de repente, se abrió un amplio paisaje que arropaba al cauce del río Huerva en su camino errático. A Carlos, aquel paisaje le removió la memoria.

─Por aquí debió de haber buenas huerticas. Se ven muchos bancales. Con agua abundante, sólo hay que doblar el espinazo e hincar honda la azada.

Jacinto corroboró las suposiciones de Carlos.

─Pues sí, hasta los años 60, aquí se cultivaban buenas verduras, sobre todo acelga y borraja, luego vino el boom del ladrillo y lo sepultó todo. ¡Qué pena!

Luis se dirigió de nuevo al grupo.

─Esperadme un momento, vengo enseguida.

Le vieron bajar como a un corzo por el terraplén y volver con una caña en la mano.

─ ¡Pero maño!, ¿qué haces con esa caña, vas a pescar o qué?─le inquirió Carlos.

─Pronto lo veréis.

Luis sacó su navaja multiusos y comenzó a limpiar la caña de hojas y brotes, a continuación abrió el extremo final en cuatro partes y colocó en el fondo una piedra. El grupo observaba con curiosidad, como los niños cuando se asoman al brocal de un pozo por primera vez. Jacinto no pudo controlar, por más tiempo, tanta intriga.

─ ¿Pero qué quieres hacer con ese artefacto?

─Pronto lo veréis, tened paciencia, parecéis niños.

Reanudaron la marcha y frente a la calle el Geranio, junto a un transformador encontraron una gran higuera repleta de higos; los más grandes y jugosos estaban en las ramas más altas. Luis, haciendo uso de la caña, comenzó a coger los mejores, que se mecían orgullosos en las copas y los fue depositando en el interior de una bolsa.

El grupo, por fin, supo la utilidad del invento de Luis, al que dedicaron un gran aplauso.

─ ¡Caramba Luis, eres un genio! ¡Con lo que me gustan a mí los higos!─exclamó Marta.

─Cuando lleguemos a la fuente, nos los comeremos tranquilamente sentados.

Pronto llegaron a su destino, bajaron por las escaleras, abajo les esperaba la fuente.

─ ¡Qué pena, ya no es lo que era, con el agua tan rica que ésta fuente ha dado! ─comentaba Jacinto apesadumbrado.

─Así es, la cantidad y calidad del agua ha ido disminuyendo poco a poco, ya ni tan siquiera se puede beber de su caño original, ─es el pago al progreso, apostilló Luis.

Tomaron asiento frente a la fuente; a su derecha, el Huerva les regalaba una cristalina melodía. A continuación, Luis quiso conocer la opinión del grupo.

─ ¿Qué os ha parecido la marcha? ¿Ha sido dura? ¿Natalia, cómo te encuentras?

─Estoy contenta, muy contenta, todo es bonito, muy bonito ─respondió Natalia.

─Estupendo, ahora vamos a disfrutar del regalo que nos ha hecho la generosa higuera, ─comentó Luis, mientras repartía equitativamente los higos.

─A mí me encantan los higos cocidos con bolitas de anís, ─comentó Marta.

─Ya veis cuánto hemos gozado en un trayecto tan corto; estoy muy contento de haberos conocido y de haber formado este grupo. Bien, ¿Habéis pensado ya el nombre del grupo?

Marta tomando la palabra en nombre de todos, dijo:

─Mira Luis, el grupo lo has formado tú, debes de ser tú quien escoja el nombre.

Los demás aprobaron la idea, asintiendo con un ligero movimiento de cabeza.

─Bien, yo había pensado que nos podríamos llamar: «La pandilla del canal”, ¿Qué os parece?

─Nos parece muy bien, además es un nombre que hasta nos quita años.

─Echaremos un trago de agua y volveremos, no es bueno quedarse frío. Comentó Luis.

El camino de vuelta se hizo a un paso más ligero. Cuando se terminó la carretera cruzaron hacia la margen izquierda del canal, hasta llegar frente a la almenara de Nuestra Señora del Pilar, Luis hizo parar a la pandilla, para explicar algo sobre aquella construcción.

─Por si no lo sabéis, este edificio es una de las 31 almenaras que se construyeron en origen a lo largo del recorrido del canal. Su misión era drenar el cauce y suministrar agua de riego a las numerosas acequias que existían. Actualmente sólo quedan 20 en pie. Aquí, en la casa, vivía un guarda con su familia en la casa, se encargaba del mantenimiento y de manejar las tajaderas. Hemos de seguir, ya nos queda poco.

La pandilla volvió a cruzar la vía Ibérica, pisando la cicatriz de hierro por donde ahora circulaba el tranvía, hasta volver al punto de partida: la fuente de los Incrédulos.

─ ¡Chicos, hemos terminado! ¡¿Cómo ha ido?!

─ ¡Ha sido maravilloso! No podía suponer que en un recorrido tan corto, se disfrutara de tantas cosas. Gracias, Luis por lo que nos has enseñado, ─dijo Jacinto.

─ ¡Maño, que buen paseo nos hemos dado, parecía que estaba andando por el pueblo! ¡Me ha gustado mucho!─comentó Carlos.

─Ha sido una poesía hecha camino. Me encuentro muy feliz, gracias Luis ─comentó Marta.

─Pandilla, no sabéis cómo me alegra escuchar esto. Volveremos mañana, para hacer otra ruta. ¿Estáis de acuerdo?

─ ¡Estamos de acuerdo! ─comentaron todos a una sola voz.

Luis, para fortalecer los lazos recién creados, propuso:

─Acerquémonos a la fuente, pongamos nuestras manos sobre ella y gritemos con fuerza:¡¡Viva la pandilla del Canal!!.

Autor: Eusebio Aguilera.

Antequera (Málaga) 1955.
Residente en Zaragoza.
 
Perteneciente a la  asociación literaria Rey Fernando de Aragón.
 
Obra publicada:
MANANTIAL DE FUEGO. Poemario.
CUATRICROMIA ALFA. Poemario. Antología.
POESIA DE COLORES. Poemario. Antología.
MAPAMUNDI  EXPRÉS. Relatos. Antología.

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