FRANZ KAFKA

©Pilar Aguarón Ezpeleta

Era una mañana de los más hermosos años juveniles. En la alcoba del primer piso de un sombrío edificio que se distinguía a lo largo del río, por su altura y color, en la hilera uniforme, Jorge Bendemann, un joven comerciante, permanecía absorto. Acababa de terminar una carta para un amigo de su adolescencia, ausente en el extranjero desde algun tiempo. Aun sin cerrarla, sosteniéndola en un complaciente juego, se sumió en perezosa meditación a través de la ventana, sobre el río, sobre el puente, sobre lo que estaba más allá, lejos, en la otra orilla, de un tinte verde inmaturo.

Recordaba cómo este amigo, descontento de la placidez hogareña. Había emigrado hacia Rusia. Hoy en día, explotaba un negocio en San Petersburgo, cuyos comienzos fueron excepcionales, pero que principiaba a languidecer, después de algún tiempo. Durante el curso de sus visitas cada vez menos frecuentes, se lamentaba de inutilizar sus esfuerzos, de tal manera, en el extranjero. Su rostro —singular en la infancia— se había vuelto extraño, circundado de una barba abundante que ocultaba un tono amarillento enfermizo, patinado, poco a poco, había una coloración cobriza. Como relataba, nunca había tenido una estrecha convivencia con la colonia de sus compatriotas, ni tampoco relación amical alguna, definitiva, en la juventud.

¿Qué escribir a hombre semejante, que a juzgar por las apariencias, había tomado un camino extraviado? ¿Era digno de lástima pero no de ayuda? ¿Aconsejarle el retorno y reanudar sus amistades de antaño, rehabilitando su existencia? Nada se oponía al apoyo de sus amigos. ¿No sería más fácil — hiriendo su amor propio, mucho más a medida que el reproche fuera menos duro: «tus primeras tentativas han fracasado; harías bien en renunciar a ellas y regresar definitivamente, ya que tus amigos son los únicos capaces de hacer algo por tí; ya que no eres sino un pobre niño viejo y debes obedecer a quienes han permanecido tranquilamente en casa»? ¿Pero, cabría la seguridad de no causarle una pena inútil? Acaso, ni siquiera se lograría hacerle venir. Pretendiendo no comprender la verdadera situación actual de su patria, continuaría al final, a pesar de todo, en exilio, y más amargado aun y distanciado de los amigos que le hacían tales proposiciones. Y si, por el contrario, seguía sus consejos sin encontrar de nuevo — no por malevolencias, sino por las circunstancias — las relaciones amistosas sin las cuales era imposible el triunfo; si, en verdad, ya no contaba con su patria, ni con sus amigos ¿no era mejor que permaneciera en el extranjero? ¿Cabía la posibilidad de suponer que, al regresar, obtendría el éxito deseado?

Así, si quería seguir en correspondencia con él, era preferible guardar silencio. Sus tres años de ausencia los justificaba, pretextando la incertidumbre de la situación política de Rusia, la cual — segun su opinión — no le habría permitido dejar, ni siquiera un momento, la marcha de su negocio, cuando millares de rusos recorrían el mundo sin ser molestados.

Durante estos tres años, muchos acontecimientos se habían producido para Jorge. La muerte de su madre y luego, el modo con que su amigo mostró sus sentimientos de condolencia, inexplicables por su sequedad, en la lejanía de su dolor inconcebible. Desde esta época, como en las anteriores, su energía se renovaba constantemente. Mientras su madre vivió, acaso estuvo imposibilitado de ejercer una actividad personal, a causa de su padre. Más tarde, tal vez su intervención disminuyó ventajosamente o, tal vez — esto era lo más probable —, circunstancias ajenas habían contribuído al desenvolvimiento del negocio. De todas maneras, la casa tuvo un desarrollo inesperado. Se aumentó, al doble, el número de personal. Quintuplicadas las transacciones, nuevos progresos se vislumbraban.

Sin embargo, su amigo no lo sospechaba. En una de sus últimas cartas intentó persuadirle de emigrar a Rusia, insistiendo sobre las facilidades industriales que encontraría en San Petersburgo. Las cifras de aquella época no eran nada, comparadas con las ahora. Jorge había preferido ocultar su éxito comercial, cuya noticia hubiese causado a su amigo, indudablemente, una impresión singular.

Así, Jorge se limitaba siempre a comunicarle acontecimientos sin importancia, sugeridos por la placidez dominical. Tan sólo quería conservar en la mente de su amigo la idea de su ciudad natal, imaginada en la prolongada ausencia. Había preferido, pues, enviarle noticias insubstanciales: el matrimonio de una muchacha cualquiera con un hombre cualquiera, en el transcurso de tres cartas que, contrariando la intención de Jorge, habían acabado por interesarlo sobre ese acontecimiento nimio.

Preferiría participarle noticias de ese género, a confesar que se había comprometido un mes antes con la señorita Frieda Brandenfeld, perteneciente a una pudiente familia.

Con frecuencia hablaba de su amigo a su novia, y de la correspondencia singular que sostenía con él. «¿No vendrá entonces para la fecha de nuestro casamiento?» interrogó ella, «sin embargo me creo con derecho de conocer a tus amigos.»

—No quisiera molestarlo —respondió Jorge. ¿Comprendes? Vendría desde luego — eso pienso al menos —, pero se sentiría un poco molesto fuera de su miedo, y algo celoso acaso; estaría herido, descontento, incapaz de esconder su descontento por tener que regresar solo. ¡Solo! ¿Comprendes lo que esto quiere decir?

—Sí, pero ¿no se enterará de nuestro casamiento por otro conducto?

—No podremos impedirlo, aunque, dada su manera de vivir, esto sería bastante improbable.

—Si tenías semejantes amigos, Jorge, no deberías haberte comprometido…

—Sí, ambos tenemos la culpa, pero ahora no me agradaría que aconteciera de otro modo.

Y cuando ella añadió, entre uno y otro beso: «Es, sin embargo, algo hiriente para mí», Jorge comprendió que no podría evitar el escribir a su amigo. «Que me acepte tal cual soy», se dijo. «No puedo hacer de mi mismo un ser más capaz de amistad de lo que soy».

Y en efecto, en su larga carta del domingo en la mañana, había anunciado a su amigo su reciente noviazgo, con estas palabras: «He dejado la mejor noticia para el final. Estoy comprometido con la señorita Frida Brandenfeld, joven de familia pudiente, que ha venido a establecerse aquí mucho tiempo después de tu partida, y que, por consiguiente, no conoces. Tendré otras oportunidades de hablarte de mi novia. Por ahora, conténtate con saber que estoy realmente feliz, y que nada ha cambiado entre nosotros, si no es el hecho de que en vez de tener simplemente un amigo, tienes un amigo dichoso. Además, hallarás en mi prometida, que te asegura su simpatía y que te escribirá en breve, una amiga sincera, lo que no es de poca importancia para un solterón. Sé que muchos acontecimientos te impiden visitarnos, pero ¿no crees que mi boda sería un buen pretexto para dejar a un lado todas las impedimentas? De todos modos, no quiero que tengas escrúpulos en actuar de acuerdo con tus mejores intereses».

Jorge había permanecido largo tiempo junto a su mesa, con la carta en la mano, mirando a través de la ventana. Un amigo lo saludó desde la calle. El le respondió apenas, con una sonrisa distraida.

Acabó por guardarse la carta en el bolsillo, abandonó la estancia, atravesó un pequeño corredor y entró en la habitación de su padre, donde no había puesto los pies desde hacía más de un mes. Además, no estaba obligado a ello, ya que veía constantemente a su padre en la oficina. Ambos almorzaban juntos en el restaurant, pero pasaban las veladas separadamente; volvían a encontrarse, por algunos instantes, en el salón, cada cual con un periódico, a menos que Jorge — como le acontecía frecuentemente — saliera con algunos amigos o fuera a visitar a su novia.

Jorge se sorprendió al hallar tan oscura la habitación de su padre, a pesar del sol de aquella mañana. ¿Sería posible que dejara caer tanta sombra sobre el alto muro que se alzaba al otro lado del patio? El padre estaba sentado cerca de la ventana, en un rincón, rodeado de recuerdos de la madre difunta. Leía un periódico que sostenía inclinado para suplir ciertos defectos de su vista. En la mesa yacían los restos del desayuno, que apenas parecía haber tocado.

—¡Ah, Jorge! dijo el padre, acercándose a él. Su espesa bata se entreabrió con el andar, y los faldones parecieron flotar en torno suyo.

—Mi padre es siempre un gigante, pensó Jorge. Y dijo: «Esta oscuridad es insoportable».

—Si, hay bien poca luz, respondió el padre.

—¿Cerraste la ventana?

—Lo prefiero así.

—Pero hace bastante calor afuera dijo, Jorge para dar una conclusión a su frase precedente. Se sentó.

El padre arregló la vajilla del desayuno, y la colocó sobre una vargueño.

—Quería decirte simplemente, continuó Jorge, siguiendo los gestos del anciano con la mirada distraida, que he terminado por anunciar mi compromiso en San Petersburgo. (Sacó a medias la carta de su bolsillo, y volvió a guardarla.)

—¿En San Petersburgo?

—Sí, a mi amigo, dijo Jorge, buscando la mirada de su padre. «En la oficina es un hombre distinto — pensó —, aquí se sienta cómodamente y se cruza los brazos sobre el pecho.»

—Sí, a tu amigo, repitió el padre, apoyando sobre las palabras.

—Tu sabes, padre, que he querido ocultarte mi compromiso, por respeto a él mismo y no por otras razones. Tu bien sabes que es hombre de carácter difícil. Yo había comenzado por pensar que se enteraría directamente de mi compromiso — ¿cómo impedirlo? —, pero vacilaba en hacerlo.

—¿Y has cambiado de parecer? preguntó el padre.

Dejó su diario en el alfeizar de la ventana, colocando encima sus anteojos, que cubrió con una mano.

—Sí; he reflexionado. Si es verdaderamente un amigo para mí, mi felicidad debe ser motivo de alegría para él. Esta es a causa de mi decisión. Pero quería hablarle de ello antes de echar la carta al correo.

—Jorge, dijo el padre abriendo su boca desdentada, escúchame. ¿Has venido para consultarme acerca de este asunto? Nada; menos que nada, si no me confiaras ahora toda la verdad. No quiero sacar a relucir cuestiones que estarían un poco desplazadas aquí. Desde la muerte de tu querida madre se produjeron algunos acontecimientos bastante feos. Tal vez advenga pronto la hora de hablar de estas cosas, mucho antes de lo que pensamos. Dejo de enterarme de muchas cosas que ocurren en la casa. Es posible que no me las oculten — ni esto es lo que insinúo. Ya no soy fuerte; flaquea mi memoria, Para muchos asuntos no tengo ya la lucidez necesaria, primeramente porque la naturaleza sigue su curso, y luego porque la muerte de la madre me ha conmovido mucho más que a tí. Pero ya que estamos justamente en el asunto de la carta, Jorge, te lo ruego, no me engañes. Se trata de algo sin importancia, de una bagatela. Por ello mismo no debes engañarme. ¿Tienes realmente un amigo en San Petersburgo?

Jorge permaneció confuso. Luego respondió:

—Dejemos los amigos a un lado. Mil amigos no podrían reemplazar a mi padre. ¿Sabes lo que me figuro? No te cuidas lo bastante. La edad reclama sus derechos. Me eres indispensable en la casa: lo sabes mejor que yó. Pero si la casa habría de afectar tu salud, sería capaz de cerrarla sin dilación. Esto no puede continuar, debes organizarte una existencia nueva, con todos los detalles necesarios. Estás aquí en la oscuridad, cuando podrías disfrutar de la luz clara del salón. Apenas pruebas tu desayuno, cuando podrías alimentarte como es debido. Tienes cerrada la ventana, cuando el aire puro podría hacerte bien. ¡No, padre! Llamaré a un médico y seguiremos sus consejos. Cambiarás de habitación, tomarás la del frente, y yo me instalaré aquí. Nada variará para tí; llevaremos allá todas tus cosas. Pero tenemos tiempo. Por ahora, acuéstate. Necesitas el reposo. Ven para que te ayude a desvestirte. Verás que bien sé hacerlo. ¿O quieres ir en seguida a la habitación del frente? Podrás acostarte en mi cama. Sería lo más razonable.

Jorge estaba cerca de su padre, que inclinaba dolorosamente su cabeza poblada de cabellos grises, despeinados.

—Jorge, dijo con voz baja, sin esbozar un gesto.

Jorge se arrodilló junto a él. En su rostro cansado vió dos pupilas inmensas y fijas que lo miraban de soslayo.

—Nunca has tenido amigos en San Petersburgo. Siempre has sido un farsante y no puedes dejar de serlo conmigo. Además, ¿como podrías tener un amigo allá? No puedo creerlo.

—Recuerda, padre, dijo Jorge, que viendo la debilidad de su padre se levantó de la butaca para quitarle la bata. Hará unos tres años que vino a verme. Todavía me acuerdo que te era poco grata su presencia. Te he dado la razón más de dos veces, mientras él estaba en la habitación contigua. Yo comprendía tu antipatía, pues mi amigo tiene sus rarezas. Después, ustedes conversaron muchas veces. ¡Cuán contento me sentía entonces, viendo que lo aprobabas, que lo escuchabas, que le hacías preguntas! Si piensas un poco en ello, recordarás. Contaba entonces unas historias increibles acerca de la revolución rusa. Por ejemplo: cómo durante un viaje de negocios a Kiew, había visto en un balcón, cobre el tumulto, a un sacerdote que arengaba las masas, después de tallarse una cruz sangrienta en la palma de la mano. Tu mismo has citado este hecho, más de una vez.

Entretanto Jorge había colocado nuevamente a su padre en el sillón. Le quitó con precaución el calzoncillo de lana y los calcetines que se había puesto encima de sus pantalones de paño. Viendo estas ropas, que no eran limpias, se reprochó el descuido en que le dejaba vivir. Sin duda tenía el deber de velar por la ropa interior de su padre. Aun no había decidido con su novia el modo con que organizaría, en el porvenir, la vida del anciano, pero ambos habían convenido, tácticamente, que permaneciera solo en el departamento primero. Ahora estaba firmemente decidido a traerlo con ellos en la nueva casa. Ya parecía demasiado tarde para darle los cuidados que le eran menesteres.

En sus brazos, le llevó hasta la cama. Tuvo una emoción terrible viéndolo jugar con las cadenas de reloj que le colgaban del chaleco. El padre apretaba la cadena con tanto empeño que fué difícil acostarlo. Sin embargo, una vez en el lecho, se cubrió con especial cuidado, estirando las frazadas hasta sus hombros. Miraba a Jorge con aire bondadoso. «¿No es cierto que te acuerdas de él?» preguntó Jorge para darle ánimo.

—¿Estoy bien cubierto? preguntó el padre, como si no pudiera ver, por sí mismo, que sus pies estaban bien cubiertos.

—¿Te hallas bien? preguntó Jorge, arrebujándolo más.

—¿Estoy bien tapado? preguntó de nuevo el padre, que parecía aguardar una contestación.

—Estáte tranquilo. Estás bien cubierto.

—¡No! gritó el padre. La respuesta topó con la pregunta. Arrojó violentamente las frazadas, y se irguió sobre la cama. Apoyaba una de sus manos contra el cielo raso.

—Quisieras cubrirme, ya lo sé, querido vástago. Pero aun no lo estoy. Aunque estas sean mis últimas fuerzas, son todavía bastante grandes para tí. Naturalmente que conozco a tu amigo. Sería un hijo de mi corazón. Por ello es que, desde hace tantos años, lo has engañado. ¿Por qué razones? ¿Crees que no he llorado?  Eliminas lo superfluo en la oficina, para que nada te moleste. El jefe está ocupado; simplemente en enviar tus falsas caritas a Rusia. ¡Por suerte el padre no necesita de nadie para conocer el fondo del pensamiento de su hijo! Te has creído capaz de acabar con tu padre, de sentarte encima de él, para que ya no pueda moverse. Entonces, faena hecha, mi hijo y señor ha decidido casarse.

Jorge alzó los ojos hacia la imagen terrible de su padre. El amigo de Petersburgo que el padre conocía de pronto, tan perfectamente, le impresionaba más que nunca. Lo vió, perdido en el fondo de la lejana Rusia, a la puerta de su tienda vacía y saqueada, entre los escaparates rotos, las telas desgarradas, los mecheros torcidos. ¿Por qué haberse marchado tan lejos?

—Pero ¡mírame! gritó el padre. Jorge, casi distraido, corrió hacia el lecho para oir mejor, pero se detuvo a medio camino.

—Porque ella se ha levantado las faldas, comenzó el padre con voz aflautada. Porque se ha levantado las faldas de este modo, horrible pajarraco — y para imitar el gesto, se alzó la camisa hasta mostrar la cicatriz que le habían dejado en un muslo sus años de guerra —, porque se ha levantado las faldas de este modo, y de este otro, y de este otro, te has acercado a ella, y a fin de disfruta de ella a tu gusto has mancillado la memoria de tu madre, traicionado a tu amigo, y metido tu padre en la cama para que ya deje de moverse… Pero tu padre puede todavía moverse, ¿no te parece?

Estaba de pie, libre; sus piernas se sacudían con movimientos decididos. Sus ojos brillaban de perspicacia.

Jorge estaba en un rincón, lo más lejos posible del anciano. Un momento antes había decidido observarlo todo con atención, a fin de no dejarse sorprender. Se acordó de esta precaución olvidada, y la olvidó nuevamente, como cuando se hace pasar un hilo demasiado corto por el ovillo de una aguja.

—Pero, a pesar de todo, tu amigo no ha sido traicionado, gritó el padre, agitando contínuamente su índice. ¡Yo era su representante aquí!

—¡Comediante! le gritó Jorge sin poderse contener. (Reconoció su torpeza, pero era demasiado tarde, y, con los ojos fijos, se mordió la lengua a punto de no poder tener un gesto de dolor).

—Si, ciertamente. He sido un comediante. ¡El término es exacto! ¿Qué otra cosa podía tener un viejo padre, viudo? Dime — y por respuesta consiento aún en considerarte como a un hijo —, ¿qué me quedaba en la habitación del fondo, perseguido por un personal infiel, viejo hasta la médula de los huesos? ¿Mientras mi hijo se iba alegremente a las recepciones, cerrando los negocios que yo había preparado, saltando de alegría, y cuadrándose ante su padre con el rostro cerrado del hombre de honor? ¿Crées que yo no te habría amado, yo, que te he procreado?

—Va a doblegarse. Caerá para siempre, pensó Jorge.

El padre se inclinó hacia adelante pero no cayó.

Viendo que Jorge no se acercaba, el padre se irguió nuevamente.

—Permanece donde estás. No te necesito. ¿Te imaginas que eres bastante fuerte para venir hasta aquí y te contienes porque lo quieres? ¡No te engañes a tí mismo! Siempre soy el más fuerte. Al quedarme sólo tal vez debía haber retrocedido, pero tu madre me legó su fuerza. He realizado una alianza magnífica, con tu amigo, y en lo que se refiere a tu clientela, la tengo aquí, en el bolsillo.

—¡Tiene bolsillos en su camisa! pensó Jorge, dándose cuenta de que, con tal observación, podía ridiculizar a su padre ante el mundo entero. Pero sólo pensó un instante en ello, pues se olvidaba de todo, contínuamente.

—Atrévete, solamente a traerme a tu novia, colgada de tu brazo. ¡Te la destruye de un solo golpe! ¡No te lo puedes imaginar!

Jorge hizo una mueca para demostrar que no creía en estas palabras. El padre movía continuamente la cabeza hacia Jorge para dar más peso a sus frases.

—¡Cuanto me has divertido, cuando viniste a preguntar si debías anunciar tu compromiso a tu amigo! ¡El lo sabe todo, idiota, él lo sabe todo! LE escribo, pues te has olvidado de despojarme de objetos con qué escribir. Hace años que no viene aquí, y es porque lo sabe todo, cien veces mejor que tú mismo. Con la mano izquierda desgarra tus cartas sin haberlas leido, y con la derecha sostiene las mías para leerlas.

Lleno de entusiasmo, blandía su brazo por encima de su cabeza:

—Lo sabe todo mil veces mejor, gritó.

—¡Diez mil veces! dijo Jorge para burlarse de su padre. Pero al salir de su boca, estas palabras cobraron grave resonancia.

—Desde hace años espero que vengas a hacerme esa pregunta- ¿Crees que tengo otras preocupaciones? ¿Crees que leo los periódicos? Toma…

Y arrojó a Jorge un diario viejo que yacía sobre su cama. Era un periódico de otros tiempos, cuyo nombre era desconocido para Jorge.

—¡Has esperado mucho tiempo para madurar tu idea! Tu madre debía morir sin haber visto ese día de alegría: el del amigo arruinándose en Rusia. Hace tres años ya, con cutis amarillento, era un hombre acabado. Y en lo que se refiere a mí, ya ves como me encuentro. ¿Lo ves?

—¿Fuiste, entonces, mi espía? gritó Jorge.

El padre dijo con lástima: «¿Es esto lo que querías decir al principio? Ahora estas palabras están fuera de lugar.»

Y añadió en voz alta: «Ahora cobras conciencia de la vida de los demás. Hasta hoy sólo tenías conciencia de tí mismo. Tal vez no eras más que un niño inocente, pero, buenas cuentas hechas, eras más bien un hombre diabólico. Por ello, sábelo, te condeno a morir ahogado.

Jorge se sintió expulsado de la habitación. El ruido del padre al desplomarse sobre el lecho resonaba todavía en sus oidos. En la escalera, cuyos peldaños bajó como por una pista inclinada, tropezó con la sirvienta que subía a limpiar las habitaciones.

—¡Jesús! gritó ella, tapándose el rostro con el delantal. Pero él había desaparecido ya. Se precipitó fuera del pórtico, atravesó la avenida, atraido por el agua. Se asió de la balaustrada, como un hambriento se apodera de un alimento. Saltó por encima de la balaustrada con esa habilidad de gimnasta que había poseído en sus años mozos, y que había sido el orgullo de sus padres. Sus manos, ya más débiles, lo sostenían aún. A través de los barrotes divisó un autobús, cuyo ruido, al pasar, debía cubrir fácilmente el de su caida. Gritó con voz apagada:

—¡Amados padres! ¡Siempre os he querido!

Y se dejó caer.

En ese momento, un tránsito interminable se iniciaba sobre el puente.

 

Franz Kafka

(Traducción por Arqueles Vela.)


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