Mary Carmen AlejandreLa soledad del Mar

Era el principio…

El Mar, única y serena estampa de lo creado bajo el cielo. Puro dominio sin oponentes. Todo placer, calma y paz carentes de límite. Coloración tenue –azules nacarados, apenas asomadas a la superficie tímidas y presagiadas esmeraldas- Pura y etérea transparencia.

Durante un larguísimo espacio de tiempo, el Mar no sintió ni reparó en que existía algo intangible e invisible, que podía ser incluso mayor que él: la soledad. Se sentía seguro y dueño, plácido y tranquilo en su situación única e invariable. El Mar no conocía los problemas.

Incontables crepúsculos e innumerables auroras tuvieron que sucederse hasta generar en la inmensidad del alma marina, el sentimiento de encontrarse solo, sin compañía.

Pero poco a poco fue abandonándole la serenidad, la paz y la calma haciendo su aparición la soledad. Esta envolvió al gran espíritu marino engendrando en él confusión y bravura. Surgieron las olas arrojando espuma, furiosos coletazos de inconformismo sacudían la gigantesca masa intensificando sus colores.

Y ocurrió que tan colosales convulsiones sirviesen para desentrañar algo desconocido e insospechado para su mente marina: una gran amiga, vastísima, tan distinta a él como complementaria-variedad de formas, árido laberinto intransitado: la Tierra.

Era el día de las maravillas.

Nacía el Gran Sentimiento Terrenal.

A partir de ese instante, el Mar dejaría de ser el gran solitario.

Desde ese momento y hasta hoy, no todo en él sería calma o bravura, sino también una armoniosa conjunción entre ambas.

Y mientras desaparecía en el horizonte la soledad del Mar, éste con sus innumerables brazos, acogía para siempre a la que sería su insuperable compañera.


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