Hace unos días, me encontraba paseando por las calles del centro de Zaragoza cuando decidí entrar a una librería famosa, simplemente por curiosear. Disfruto recorriendo sus pasillos, explorando las últimas novedades y perdiéndome en cada una de sus secciones, haciendo así honor a mi naturaleza curiosa. Cuando ojeaba algunos títulos de la sección de economía, escuché una conversación ajena. En ella, una persona alababa un libro relacionado con esta materia y recomendaba a la otra su lectura. «¡No sé qué habría hecho sin él! Es muy didáctico, he aprendido mucho», decía. Al igual que no había podido evitar ser testigo de esta conversación, no pude evitar consultar el libro al que hacían referencia estas personas una vez se dirigieron hacia la salida. Era un título de un autor británico y, sin embargo, se encontraba escrito en castellano. Automáticamente, quizá por deformación profesional, un pensamiento relampagueante apareció en mi mente: ¿habrán pensado estas personas que, detrás de este libro, ha habido un traductor que ha hecho posible su lectura en español? Lo más seguro (y lo más triste) es que no. Claro que hay excepciones. Pero seamos realistas, ¿cuántas veces han oído a alguien elogiar la labor de un traductor a raíz de un libro que han leído?

Les invito a que echen un vistazo a la biblioteca de su cuarto o estudio. ¿Cuántos libros están traducidos? Seguramente, más de los que piensa. En general, el público no se acuerda de los traductores, esos profesionales que pasan día y noche rodeados de pantallas, diccionarios, cafés y buenas dosis de imaginación para sacar a la luz la obra de un autor extranjero y, paradójicamente, quedar ellos en la sombra.

Sin embargo, se trata de una profesión muy bonita: cuando trabajamos, no solo traducimos, sino que a la vez estamos difundiendo cultura, en cierto modo. Gracias a esta labor, muchas personas que no dominan un idioma extranjero en cuestión pueden acceder al conocimiento que aporta tal o tal libro en otra lengua.

¿Se acuerdan de FITUR, la feria internacional de turismo, que tuvo lugar a principios de año? Entonces seguro que han oído de las desastrosas traducciones de la página web del Ayuntamiento de Santander (como, por ejemplo, historic helmet para «casco histórico»), cortesía de Google Translate. Con este ejemplo resulta sencillo ver que una persona (en este caso, un traductor) sabe que esa traducción no es la correcta. ¿Por qué? Por dos características fundamentales: conoce ambas lenguas y conoce el tema. El ejemplo anterior es simple, pero útil para poner de relevancia estas dos cuestiones.

Así, al contrario de lo que muchos puedan pensar, nuestra función no consiste únicamente en reproducir palabra por palabra el texto origen en el idioma de destino. Lo que tenemos que hacer es transmitir el contenido, el mensaje, de forma que el lector de la traducción experimente lo mismo y absorba los mismos conocimientos que el lector del texto original. No cabe duda de que para ello se debe tener un buen manejo de los idiomas con los que se trabaje. Sí, incluso de la lengua nativa, a la que, algunas veces, no prestamos la atención que deberíamos. Hay que cuidarlas, trabajarlas, nutrirlas a través de libros, cómics, artículos, reportajes, aprender todo tipo de expresiones, refranes y neologismos… Solo así podremos ser capaces de transmitir un mensaje con el tono y los términos adecuados. En definitiva, solo así podremos ser, en cierto modo, escritores. Porque, aunque a priori no lo pueda parecer, un traductor literario tiene que ser también un escritor.

Pero como digo, no basta con conocer las lenguas de trabajo. No nos quedemos en esta característica más superficial. Gracias a mi experiencia en la traducción de libros de divulgación, he aprendido que tan importante es el manejo de los idiomas como el del tema sobre el que se traduce. Recuerdo que me hicieron un encargo de un libro en el que una parte trataba sobre genética. Yo, claro está, no tenía ni idea. Así que empecé a documentarme. Podía recurrir a la clásica búsqueda en Internet, pero, en parte por hacer mi labor documental más interactiva, pensé en personas cercanas a mí que conocieran el tema. En una tarde recibí una clase magistral de dos familiares y, así, recibí dos lecciones: la relacionada con la genética básica y la importancia de los contactos para el traductor. Personalmente, también es una de las cosas que más me gustan de esta profesión: se puede aprender de áreas muy diversas a la vez que se trabaja.

También es verdad que tiene sus pegas. Tristemente, se le da poco valor a la traducción en general. En mi todavía corta trayectoria profesional me he encontrado con muchas personas que valoran más bien poco un texto bien traducido. Todavía existe reticencia por parte de muchas personas a la hora de invertir dinero en un profesional que sepa hacer bien su trabajo. Y, por ende, acaban acudiendo a lo fácil, gratuito… y cutre, como el ejemplo de FITUR que he mencionado anteriormente.

Además, las fechas de entrega suelen ser bastante ajustadas, por lo que los traductores literarios estamos sometidos a bastante presión. ¿Alguna vez han estado varios días dándole vueltas a un problema sin encontrarle solución? ¿Han probado a olvidarse de ello durante 48 horas para, después, retomarlo? Los que lo hayan hecho sabrán que, en la mayoría de los casos, la solución a ese problema que les volvía locos ha aparecido de la nada.

A la hora de traducir ocurre igual y, a veces, se necesitan de estas 48 horas tan vitales, de las que normalmente no se dispone. Por eso viene bien (si se tiene tiempo) «dejar reposar» la traducción, como si de repostería se tratara, para volver a la carga con la mente despejada.

Pero los traductores literarios no estamos solos. Contamos con el apoyo de instituciones que luchan por promover la labor del traductor literario. Buen ejemplo de ello en nuestra comunidad es la Casa del Traductor, en Tarazona (donde tuve la oportunidad de dar una pequeña charla sobre traducción literaria) o la Asociación Aragonesa de Traductores e Intérpretes (Asati).

Como ven, al final no todo es un camino pedregoso lleno de trabas y dificultades. Sinceramente, creo que, como en toda profesión, hay que tener un punto de pasión que no desaparece por muy complicada que se antoje una situación. Siempre digo que si nos gusta lo que hacemos no estamos trabajando, en realidad. Esta es mi visión, la perspectiva de una traductora a lo largo de sus primeras andaduras en este mundillo, y puede que si me están leyendo personas con más experiencia opinen que peco de idealista. Y tal vez no se equivoquen, pero, ¿qué sentido tendría comenzar una carrera profesional amargado y quejicoso?

Así, gracias al apoyo de instituciones y la labor de concienciación de nosotros, los traductores, tal vez la conversación de la que les hablaba al principio cambie algún día. Tal vez, un día cualquiera, deambulando por las diferentes secciones de una librería famosa, escuche a una persona no solo recomendando un libro, sino también a su traductor.

 

Inés Ramia

Traductora autónoma de inglés, francés y alemán.

Graduada en Traducción y Comunicación Intercultural y máster en Traducción Especializada.

Ha traducido libros de divulgación como Mejoramiento Humano (Nick Bostrom y Julian Savulescu) o Big Data en la práctica: cómo 45 empresas exitosas han utilizado análisis de Big Data para ofrecer resultados extraordinarios (Bernard Marr).

Ponente en las jornadas del Día del Traductor en la Casa del Traductor (Tarazona).

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