Llegué a odiar a aquel hombre.

Odiaba que insistiera en pintarme la boca de carmín  y en ponerme tacones de aguja, para satisfacer su sexo.

Llegué a odiarle tanto que hasta deseé su muerte. Una muerte lenta, con efecto retroactivo, que le hiciera evaporarse en el tiempo, hasta desaparecer de mi vida y de mi memoria.

El día en que nos conocimos, diez meses atrás, me dijo que yo tenía unos tobillos preciosos. Pensé que era un exquisito piropo, una muestra de elegancia y sutileza galante. Pero no, simplemente estaba marcando su territorio.

Gemía de placer y de dolor, con la respiración entrecortada, cuando yo le clavaba en su ingle mi afilado tacón de aguja.

Odiaba esos momentos.

—¡Bébetelo! —le ordené.

Vi una luz especial en su mirada lasciva. Obedeció tranquilo y se postró ante mí, lamiéndome  despacio el ombligo, el pubis y  las ingles.

—Me estás matando, lo sé — musitó y sonrió antes de desplomarse.

Le observé tendido sobre la alfombra, la suave luz de neón que entraba por la balconada le iluminaba de añil el rostro, parecía tranquilo, sereno.

Nunca hasta entonces lo había visto tan perfecto, tan hermoso y tan mío.

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