−Aquella nube no es más que el resultado de una impronta en mi retina. Si cierro los ojos no está. No es. Y, si la sigo viendo, es porque sólo el recuerdo que tengo de su existencia la hace presente. Así fue mi vida con ella. Como esa nube gris que nunca debió existir.

− ¿Puedes explicarte mejor? −me insistió el psiquiatra.

No quise continuar con su juego; sabía qué buscaba en mi mente. Quería saber si la había matado y dónde  tenía escondido su cuerpo y así culparme de asesinato. Lleva tres meses desaparecida. Nunca he logrado saber con quién va algunos fines de semana. Sé que miente cuando dice que va con las amigas a la montaña o a la playa según la época. Siempre se deja el móvil para que no la moleste; dice que me pongo pesado y que lo que quiero es controlarla. Y, como no vuelva pronto, de donde sea, seguiré en la cárcel acusado de homicidio y ocultación del cadáver.

Han pasado ya seis meses y, sin darme explicaciones, me han sacado.

Se olvidó avisarme que había pensado hacer un viaje de medio año por Sudamérica.

−Mañana pido el divorcio−, le dije.

Sonrió.

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