Beatriz de balanzóMirada en cinta

Pequeños transeúntes, vistos desde el balcón más alto de la casita de los Stringgle, poblaban la estación con sus idas y venidas cargadas de prisa, esperanzas o resignación. Los que se dirigían al pueblo para recoger algún encargo o realizar una compra importante, los que venían de la ciudad, llenos de noticias y envueltos en un halo de sofisticación, estimulados por las luces, los ruidos y el humo…
Nunca anochecía suficiente para Patison Station. La plaza, que acogía a todos los viajeros a su llegada, y también a su partida, estaba siempre abarrotada de vida y confusión. Por mucho orden y método que se hubieran propuesto los Robinson (propietarios del rincón de flores y objetos de regalo de la esquina con Benveniste Street), los Brestnik (con su preciso y cuidadoso detalle en la apertura y cierre del gran kiosko en la glorieta central), el señor Knobue (con su tenaz y riguroso control de las vías y de la hora del reloj, no en vano era el jefe de estación desde hacía treinta y ocho años), la señorita Knippers (que atendía con gracia y un ritmo casi frenético a la multitud de clientes que se agolpaba a la entrada del establecimiento de dulces y golosinas de su tía, la señora Knippers, el barrendero Tom Sellers (siempre organizado en la exquisita limpieza y recogida de hojas y papeles despistados en las grietas de los adoquines de la calzada de la plaza)… por mucho que todas aquellas personas y algunas otras, responsables del ritmo de Patison Station se entregaban a diario, en cuerpo y alma a la labor de metódica armonía, la realidad se imponía siempre con un atropellado e involuntario desorden y trajín incesante que lo invadía todo, como si un trino de golondrinas hubiera llegado para quedarse.
En medio de aquel bullicio, el lazo rojo del vestido de Samantha Spears hubiera perfectamente podido pasar desapercibido. En realidad, casi lo hizo, apenas lo vio nadie. De no ser por aquel chico, Thomas Ellis, tal vez nadie hubiera apreciado el vuelo del raso brillante de la cinta de cuatro dedos de ancho y treinta y dos centímetros de largo. Bien podría haber quedado confundida con las rosas y los tulipanes de la floristería de los Robinson, o con la regaliz gigante y las piruletas brillantes que se asomaban a la calle, como joyas de colores, por el alféizar de la ventana del establecimiento de la señora Knippers. Podría haber quedado mimetizada con las cintas que anudaban las carteras de Trad School, o con los cinturones de los chicos de la Bultrok Academy, a cincuenta metros de distancia tan sólo del anterior.
La cinta roja del vestido de Samantha Spears no era una cinta más roja que otras cintas, ni más corta, ni más larga, ni más especial.
Sin embargo, aquella tarde de verano, bajo un sol intenso y luminoso que soñaba con volverse oscuro para descansar, bajo una transparente franja de cielo convertida en aire, tras una bolsa llena de melocotones y justo antes de la silueta de una mujer vestida de lino blanco impoluto, con un ancho fajín que estrechaba su cintura, desprendiéndose de un broche colándose, travieso, entre la gente, como un viajero o un transeúnte más, el pedazo de cinta roja cayó en las pupilas de Thomas Ellis y no salió de allí nunca, mientras aquel chico vivió.
Así que allí estaba el trozo de cinta apresado en la mirada de Thomas Ellis y también el mismo pedazo de cinta bailando entre la gente, en Patison Station, al ritmo de una luz de sol que brillaba con los últimos rayos del que quiere apagarse y lo da todo antes de partir.
En aquel preciso instante, los Stringgle cerraron el balcón. Era hora de retirarse.


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