Cristian Cámara NarrativaLA ESCUCHA

Cristian Cámara Outes

Estábamos yo y el otro, y quizá también un tercero, y escuchábamos. En un principio yo había estado simplemente escuchando. Luego me había ido deslizando, había empezado a escucharme escuchar, cosa que entretanto me había parecido extraña. Fue entonces cuando empecé a escuchar al otro, a escucharme escuchar al otro. El otro a su vez escuchaba atentamente. Me escuchaba escucharme o me escuchaba escuchándome escucharle o se escuchaba escucharse o, en fin, quizá escuchaba algo, otra persona además de nosotros, que quizá a su vez lo escuchaba. Quizás el otro no nos escuchaba, estaba despreocupado, escuchaba otras cosas. Esto lo veo poco probable. Quizás este tercer escuchador me escuchaba a mí escucharme o escuchar al otro o escuchaba al otro escuchar o escucharse o se escuchaba escuchar o escucharnos. Yo, como he dicho, a éste no lo escuchaba, me había visto forzado a pensar en él porque había escuchado al otro escuchar, escucharme a mí o escucharse o escuchar algo, otra persona además de nosotros, que quizá a su vez lo escuchaba. Me gustaría ser claro, sin embargo, noto que hay cosas que se me escapan. El caso es que estábamos el otro y yo, y quizá también un tercero, y nos escuchábamos. La situación permaneció así durante un tiempo. Era la escucha ininterrumpida. Nos escuchábamos y nos escuchábamos escucharnos escuchar y escuchábamos al otro escucharnos escucharle y escucharnos escuchándonos, interminablemente, y vuelta a empezar. Escuchábamos nuestros escuchos, exactos, iguales, repitiéndose de un lado al otro, en circuito cerrado. No se sabía a dónde podía llegar aquello. Ya no había escuchante ni escuchado, sino una sola escuchancia confundida. Alguien o algo se escuchaba a sí mismo escuchándose, a la vez, escuchar algo y siendo escuchado por esa escucha. Alguien o algo se escuchaba y se escuchaba escucharse escuchándose escuchar estar siendo escuchado por lo que escuchaba, y así hasta que algo o alguien, como en un cierto marasmo de la escucha, se escuchó alejarse y dejarse de escuchar o de escucharme o escucharnos, hasta escuchar que había dejado de escuchar y escucharse.

EL INTRUSO

Un buen día se presentó en casa el anterior inquilino. Se había visto forzado a marcharse, me explicó, pero ahora había vuelto. Esa aparición repentina me hizo sentir violento, pero no vi el modo de objetar, pues en cierto modo comprendía bien el derecho que la asistía: el intruso había tenido que marcharse, ahora volvía, y así estaban las cosas. Empezó una convivencia que en los primeros días no fue sin tiranteces. Era inevitable que, en esa habitación tan pequeña, tropezásemos y nos interrumpiésemos constantemente. Tomábamos medidas, tanto defensivas como de ataque o de asedio. Había campos de minas, plazas fuertes, trincheras improvisadas, vastos repliegues a través de la tundra invernal. Estaba claro que para él tampoco había resultado sencillo. La prueba era que había tenido necesidad de recurrir a algo como una desesperación extrema para resolverse a venir a buscarme, y que a pesar de todo aún vacilaba.
También estaban los momentos de los raros equilibrios. De estos había dos tipos: los equilibrios del día y los de la noche, ambos de una pobreza perfecta en sus medios de expresión.
Una vez el intruso me propuso el juego de las palabras. A partir de entonces ésa fue nuestra ocupación la mayor parte del tiempo. Era una competición léxica sin demasiados protocolos, con la que ventilábamos nuestra hostilidad de una manera civilizada. Había cosas que, simplemente, no funcionaban, aunque es difícil de explicar con precisión por qué. Se valía acumular palabras que tuviesen alguna semejanza, real o imaginaria: agotar el campo léxico de las frutas tropicales, de las marcas de productos lácteos del supermercado; se valía ensartar nombres de medicamentos, o palabras que empezasen con una misma sílaba, lo más extraña posible; se valían las palabras inventadas o que no existiesen, siempre que esa inexistencia apareciese en ese mismo momento como casual.
Una misma palabra, repetida de manera obsesiva e irrevocable, la palabra «escafandra», la palabra «escorbuto», a veces tuvo resultados devastadores para el adversario. Era una baza segura, pero uno debía estar muy convencido las propias fuerzas antes de decidirse a emplearla, pues con esta jugada no había marcha atrás, era el uno o el otro.
Pronto se vio que, por algún motivo, las narraciones con un principio y un final, y unos pocos personajes a los que les pasaran cosas buenas o malas, eran completamente inútiles, y las evitábamos con mucho cuidado. En cambio, comprobamos que las descripciones eran imbatibles. Se trataba de ostentar y agredir, y para eso una buena descripción era sencillamente un arma temible, siempre que se procediese con la debida cautela.
Una descripción podía continuarse de manera casi indefinida, según la minuciosidad con que se encarase su ejecución, el arrastre de las metáforas propuestas, el agregado de otros objetos visibles por entero o fragmentados por el desgaste. Desde ahí, una segunda puerta podría abrirse, una bombilla de luz más fuerte que aclarase la escena, lo que explicaría la presencia de sombras salientes muy opacas que se alargaban sobre el embaldosado, y tal vez también, zancuda y estirada, la de un personaje que se había mantenido hasta ese momento escondido. También habría ruidos o silencio, ornitologías fantásticas o gatos torturados. No quedaba otra solución que continuar, a pesar del error hoy evidente.
Había también mañanas atroces, llenas de vergüenza, de verrugas y animales muertos.

SALTOS

La pista de saltos ocupa la planta baja de un pabellón comercial en el que también hay una bolera, tiendas de moda, salas de cine y restaurantes de comida rápida. Ese tipo de cosas. Generalmente somos unas cuatro o cinco personas las que nos reunimos allí para practicar el salto, a veces unas pocas más. Las gradas suelen estar prácticamente desiertas, cosa que nosotros, los saltadores, por nuestra parte, no lamentamos en gran medida. Es posible que, como dicen, en otro tiempo la pista de saltos haya tenido un aspecto muy distinto, y que en ella se hayan dirimido apuestas extraordinarias y fabulosos intereses económicos que concitaban la atención del gran público. Eso explicaría en parte el aspecto grandilocuente de la cancha, sus grandes paneles y marcadores ahora destartalados, a todas luces excesivos para nosotros y que nos intimidan un tanto. Cuando nosotros comenzamos a venir, hacía ya tiempo que la época gloriosa había pasado, nunca albergamos ninguna otra ambición que la del salto por el salto.
Sobre la pista de saltos los movimientos son libres, pero en general cada uno tiene sus lugares preferidos para saltar y suele repetir los mismos recorridos. El estilo de salto es también muy característico, y es difícil de decir las circunstancias de las que depende, pese a que todos hemos meditado mucho en ello. Cuando se salta, la cosa es así, hay mucho tiempo para pensar, pero uno suele venir a acabar pensando en el salto, y acaba por pensar la mayor parte del tiempo en ello esté o no esté saltando en ese momento.
Básicamente, la práctica del salto consiste en primer lugar en situarse en el terreno apropiado. Es conveniente realizar un calentamiento previo y algunos ejercicios de estiramiento de músculos y articulaciones. Luego se comienza a saltar y se sigue saltando mientras se pueda. A este respecto he observado de manera muy general dos tipos de conductas. Hay quien desde el principio salta con todas sus fuerzas, a todo lo que dé, intentando llegar lo más alto posible con cada salto, y hay quien prefiere modular la potencia del salto para saltar durante más tiempo, combinando periodos de salto máximo y periodos de salto más conservador. Yo mismo he practicado ambos tipos de técnicas, en épocas distintas, de las que sólo puedo decir que las dos me han parecido hasta ahora por igual difíciles de dominar.
Sea como fuere, la cosa es que uno debe de saltar hasta quedar completamente exhausto. La resistencia de salto evidentemente mejora con el tiempo, y hay algunos trucos que todos, quien más quien menos, conocemos. Cuando uno está completamente agotado, deja de saltar, se tumba en el suelo, camina o se sienta un rato en las gradas para recuperar el resuello, toma algo de líquido, y, en cuanto se siente un tanto recuperado, vuelve a la pista a continuar el juego.
En mi caso, puedo decir que una sesión de salto normal suele durar entre doce y dieciséis horas, dos o tres días por semana. Si pudiese le dedicaría más tiempo al salto, pero no es sencillo. Durante las vacaciones he llegado a estar ocho o diez días saltando ininterrumpidamente, parando sólo para comer y dormir un rato, pero también ha habido épocas en las que no he podido dar un solo salto, ya fuese por fatiga acumulada o por una aversión imprecisa, y en las que pensaba que la temporada de los saltos se había acabado para siempre.
Nunca he dejado de saltar, ni finalmente creo que llegue a hacerlo, pero todo ha cambiado mucho. Me doy cuenta de que a veces salto por hábito contraído o porque quizás ya no sabría a qué otra cosa dedicar el tiempo. Ahora puedo saltar con gran precisión, en varios estilos distintos, casi durante todo el tiempo que quiera hacerlo, y hasta he aprendido el modo de descansar sin dejar de saltar. He llegado a dominar el salto de una manera en que nunca pensé hacerlo cuando empezaba. Sin embargo, entretanto, algo indudablemente se ha perdido, y cambiaría sin parpadear todos mis saltos más logrados actuales por cualquiera de los desmañados y pueriles que ahora veo ejecutar a los jóvenes que, tímidos y turbados, de tanto en tanto veo acercarse por primera vez a la pista.
Pero todo esto son cosas que me procupan solo en el tiempo de fuera del salto. Cuando uno salta existe un cierto límite a partir del cual todo lo demás desaparece. Empiezas a preguntarte si hay un punto del salto más allá de tus posibilidades, y si serás capaz de llegar hasta él, y a qué precio. Es como una voluntad ascética de desaparecer en el salto y de que solo permanezca en nuestro lugar algo parecido a un mero afán de elevación. Es sin duda demasiado absurdo sentirse orgulloso por algo semejante, teniendo en cuenta además todo lo que hemos tenido que abandonar, y otras circunstancias que no son menos vergonzantes, pero tengo la impresión de que todos nosotros tenemos la convicción de haber sido elegidos para saltar, y de que nuestros saltos son, de alguna manera, la única forma que encontramos para expresar la sensación de ruindad e ignominia que eso nos provoca.

NUDOS

Ha de tomarse primero el brazo derecho, estirado en ángulo recto, por la altura de la muñeca. Inmediatamente se lo hace girar hacia atrás, mejor con un golpe seco, que permita que pase por debajo de la axila correspondiente, y luego tirar hacia arriba a todo lo que dé, para enseguida introducirlo por el hueco que haya quedado entre el codo y el antebrazo también derechos. Si se ha procedido con destreza, y este primero ha quedado ceñido, todavía podría quedar espacio para un nudo más en este mismo brazo, también del mismo tipo sencillo. Con el otro brazo se prosigue del mismo modo, y luego, según el mismo procedimiento, una pierna y la otra. Las complicaciones cada vez son mayores, eso se entiende. Pero en esto como en otras cosas todo es comenzar, y uno pronto se sorprende de lo poco que hemos puesto a prueba todavía nuestra flexibilidad interior, sin duda impelidos por un afán de rigidez que, en otros sentidos, es claro que no ha dejado de tener sus ventajas. Cada oreja, los labios, la nariz o las cejas, son partes que salta a la vista que son hacederas. El tronco mismo, a lo largo de la columna vertebral, da ocasión para un magnifico nudo del tipo de gavia, que se logra girando sobre el propio eje tumbado en el suelo, desplazando arriba y abajo, alternativamente, caderas y hombros. La idea es seguir adelante hasta conseguir una forma esférica que sea lo más perfecta que se pueda. Una vez así enroscado, uno podría, por ejemplo, echarse a rodar, y descubrir así aspectos imprevistos del paisaje, o en cambio quedarse muy quieto dejándose profundizar en esa inédita sensación de bola, un poco tenaz, hay que decir, y con algo de fúnebre o rencoroso. Si no hay otro plan mejor, es domingo por la tarde, llueve y llueve, el tedio no deja de crecer imparable, no es del todo una mala opción, en todo caso no la peor, eso sin duda. No es imposible, por otro lado, que algún otro, en alguna parte del mundo, de quien nunca se podrá descartar la existencia, o yo mismo, después de largas cavilaciones, demos en encontrar alguna utilidad plausible a esta habilidad cirquense que, sin saber nada el uno del otro, y alejados quizá por miles de kilómetros, por océanos y desiertos de sal llenos a rebosar de todo el estupor imaginable, los dos hemos desarrollado impelidos por un instinto igualmente lastimoso.

TAREAS DEL GORILA DEL PENSAR

Cuando yo empecé a trabajar en la oficina de importación de productos ortopédicos chinos, el gorila del pensar ya estaba ahí, nadie recordaba bien desde cuándo. La mayor parte del tiempo, lo teníamos encadenado a una tabla de planchar en el cuarto donde se guardaban los productos de limpieza. Le arrojábamos granos de arroz para su subsistencia. A cambio tenía que representar números de vigor atlético, tampoco demasiado exigentes, hay que decir. También preparaba café, recibía la correspondencia y trabajaba en traducciones de libros serbocroatas, que en ocasiones lo sumían en intensas cavilaciones. Esto era sobre todo por las tardes.
Por las noches, en cambio, la oficina quedaba deshabitada. Por un conjunto de circunstancias que sería muy largo de enumerar, y que no vienen al caso, pero que se refieren a la infancia del gorila del pensar, durante esas horas daba en practicar la ventriloquía. A veces también se aburría, imaginaba dónde habría podido pasar un verano realmente moderno, aunque entendía que era demasiado tarde para todo eso, incluso de un modo en apariencia fatal. Hacia la madrugada se entregaba a los placeres cenagosos de los que nunca había sabido librarse.
Los sueños del gorila del pensar muchas veces se referían a un documental que había tenido oportunidad de ver en una ocasión, y que le había causado una honda impresión. En este documental se relataba el caso de una especie de marsupiales que, en las noches de intensas nevadas, cuando creían marchar en línea recta en sus vastas migraciones por la estepa, se movían en un círculo de gran radio, de modo que casi volvían al punto de partida. Según explicaba el locutor, el radio de este círculo variaba de un año a otro y para cada grupo de animales, según condiciones que todavía no se habían entendido bien, mientras que el centro estaría situado unas veces a la izquierda y otras a la derecha de esa extraña marcha.
El gorila del pensar también soñaba a veces en que volvía a su selva natal, se rencontraba con los amigos que había dejado allí, volvía a los lugares que habían tenido alguna importancia en su vida, y que entonces era feliz. ¿Acaso no ha habido, en otros tiempos, acciones grandes y horribles, el asesinato de reyes, situaciones desesperadas, exilios, parricidios, incendios, concursos armados, lamentos, himnos funerarios, muchachas que fueron vendidas en esclavitud, y que más tarde fueron encontradas libres y reconocidas por sus padres, por sus madres, por sus hermanos, por sus enfermeras? Eso era lo que se preguntaba mientras preparaba el primer café de la mañana, y meneaba la cabeza como intentando alejar un pensamiento enredado y penoso.

HUNGRÍA

Una noche que Per Olaf Envquist llegó tarde a su casa, justo al introducir la llave en la cerradura, le sobrevino la primera sospecha. Luego de unos segundos de atención crispada, algo como un bisbiseo y un corrimiento ahogado acabaron con todas sus dudas, y le hicieron precipitarse empavorecido escaleras abajo y no dejar de correr hasta que estuvo a varias calles de su portal. Cuando recuperó el resuello, se asombró de la suerte que había tenido de que un instinto que creía perdido le hubiese alertado a tiempo. Si hubiese llegado a trasponer el umbral, no quería ni imaginar lo que hubiese podido llegar a ocurrir.
Haber escapado del peligro inmediato no hacía sin embargo su situación menos acuciante. Per Olaf comprobó que solo tenía dos billetes y algunas monedas en los bolsillos. Resolvió ir hasta el único bar que estaba abierto a esas horas en su barrio para intentar poner sus ideas en claro. Consiguió un sitio en la barra y pidió un vino tras otro. No dejaban de llegar más grupos de gente gritando y armando un considerable escándalo. Se hacían cortes profundos en los brazos y las espaldas y lanzaban de un lado a otro sellos de correos y papeletas de tráfico. Un mendigo le enseñó sus dientes: le crecían todo el tiempo, amarillentos, retorcidos, grandes como bolas de billar que, casi al momento, se llenaban de caries, se podrían, y eran reemplazados por otros.
Mantuvo con él una conversación dificultosa. Le explicó que en tiempos había sido concertista profesional de maracas, lo que, después de los detalles que le ofreció, tuvo que aceptar por plausible. Las maracas son instrumentos idiófonos, coligió, constituidos por una parte esférica hueca sostenida por un mango que la atraviesa o está adherida a ella. El interior se llena con pequeños percusivos, como piedrecitas, pedazos de vidrio, metal, etc., que suenan al ser golpeados contra la pared interna de la esfera. Por lo general se encuentran en pares, uno para cada mano, cuyos tonos son distintos: el más bajo llamado macho y el más alto hembra. Este instrumento fue ideado por los fenicios, proseguía, y gracias al comercio se extendió por todos los pueblos de la cuenca mediterránea, aunque Hungría fue el país que conservó y desarrolló en mayor medida su uso, convirtiéndose en instrumento nacional. Las maracas tuvieron una extraordinaria importancia en el folclore del Río de la Plata, adonde llegaron en torno a 1870, y muy especialmente en el tango, en el que se le dedicaron temas como Che, maraca o Quejas de la maraca. A Per Olaf le sorprendió saber que compositores como Delibes, Bartok o Wagner habían compuesto pasajes célebres para maracas en sus partituras, cuyas sinuosidades y secretos el mendigo le describió con sus manos vacías en el aire. Con mirada vidriosa, le explicó que son necesarios al menos diez años para lograr un dominio aceptable de este instrumento, y que en la actualidad sólo hay cuatro intérpretes a los que se pueda llamar verdaderos virtuosos. Pero sobre todos estaba Jürgen Talavera. Cada vez que escuchaba los discos antiguos de Jürgen Talavera tocando las maracas, decía, no podía evitar llorar.
En torno de ellos, el gentío parecía crecer y crecer, se derramaba, cobraba fuerzas redobladas, volvía a encresparse. La cosa parecía a punto de descontrolarse en cualquier momento. Se cantaban canciones populares a voz en grito, «Que vengan todos, que vengan como sea, y luego que no vengan más», marcando el ritmo con fuertes golpes sobre las mesas y el embaldosado, y luego algunas más melancólicas, alzando las botellas al aire y abrazándose unos a otros para no perder el equilibrio, «Es posible que no la quisiera, pero de todos modos, de todos modos la habría querido en vano». Había quienes súbitamente se ofrecían con grandes gritos como voluntarios, reclamación que permanecía incomprensible e inexplicada para los demás, y que luego de un momento de tensión era sobrepujada por nuevos alaridos y reclamaciones festivas de más bebida. Por un momento pensó que todas esas personas, por el mero hecho de haber coincidido en este bar, iban a quedar de alguna manera marcadas por algo que, desde este momento, las iba a permitir reconocerse. La señal de una pertenencia turbia y arbitraria que más tarde los iba a avergonzar como una visión en los lugares más insospechados. Pero esto sería dentro de muchos años o más bien en un tiempo mistificado y engañoso, el tiempo de las renuncias y los socavones por precaución.
Ya bien entrada la mañana casi se vació el bar. Sólo quedaban algunos grupos reducidos repartidos por las mesas discutiendo las ventajas e inconvenientes de la prostitución en familia. A decir verdad, a Per Olaf le inquietaba permanecer ahí, pensaba que tarde o temprano alguien podría sospechar, por su actitud y sus gestos, algo de lo que había sucedido en la casa, y entonces quizá se sentiría impelido a confrontarle y pedirle explicaciones por todo aquello. Sin embargo había seguido bebiendo y ya no estaba seguro de que le fuese a alcanzar el dinero. Se empezaba a dar cuenta de lo difícil que iba a tornarse todo ahora. Había pensado que los hábitos que había contraído por una especie de necesidad, lejos de ser dañinos, eran lo único que podía resguardarle de una catástrofe que todo indicaba que no había hecho sino comenzar. Debía confesarse que nada había resultado como esperaba y que, o bien habían fallado, o bien no habían sido suficientes, o, incluso, habían acelerado aquello que tenía que venir, antes de que hubiese tenido tiempo de precaverse. En todo caso, no quedaba duda de que ahora jugaban en su contra, de una manera u otra, y que a pesar de todo le iba a resultar muy difícil desprenderse de ellos.
Nada se había perdido irremediablemente, sin embargo. Otras veces había logrado salir con bien de algunas situaciones semejantes, incluso de algunas mucho peores, pese a que por entonces Per Olaf era mucho más joven, más incrédulo, y puede decirse que apenas se había apercibido del desgaste que le ocasionaban, que no obstante a la larga había acabado por consumirle. Recordó que aquella misma tarde se había encontrado con Zimmer, que le había prometido algún dinero por dejarse chupar en el lavabo de los billares, y pensó que pronto podría buscar otra habitación y quizá acostumbrarse a ciertas cosas, y que todo iba a estar bien. Incluso pidió recado de escribir e intentó anotar algunas de las conclusiones a las que había llegado en los papeles que había dejado en la casa, y que, dadas las circunstancias, debía considerar perdidos para siempre. Pero, aparte de que sólo recuperaba fragmentos desmañados imposibles de conjuntar, el hecho era que ahora ya no tenía a nadie a quien escribirle nada de eso.

MICCIÓN

Hay primero una expectación tensa, dolorosa, abismada. Está a la vez concentrada en un nudo rocoso de esfínter y dispersa un poco por todo el cuerpo. La expectación crece y se infla insoportablemente, se torna abstracta, sádica, total. Si se consiguiese aislar esta primera fase de la micción en condiciones óptimas de laboratorio, y prolongarla hasta su extremo metafísico, al que apunta con todo rigor desde su primera insinuación hidráulica, obtendríamos una metáfora que todos los dogmas y los concilios teológicos se disputarían, la de la miseria absoluta, la desesperación, el sistema completo de la carne reducido a la condición de la más lacerante necesidad.
A partir de un cierto punto de agonía, el miccionador ya no puede atender a ninguna otra cosa que la urgencia de expulsión que le esclaviza y le anula. En este estado, acometerá las proezas más extraordinarias y los actos de salvajismo más estremecedores con tal de sortear todos los obstáculos que se interpongan. Ha entrado en una esfera diferente que redefine el mundo según categorías y leyes de una precisión arcaica. Entonces ocurre un estremecimiento precipitado, un derrumbe en bloque de todos los músculos y esclusas que avanza, se abre paso, lo inunda todo hasta el pínice glandular. Sobreviene una especie de salto mortal, un funambulismo de burbujas, una caída en el vacío pavoroso que es también la más ascética de las evaporaciones en superficie. Después de un segundo de silencio indecible, el chorro de orín empieza a sonar sobre la loza del wáter o en el caucho de un neumático o en la tierra desanudada y, sea donde sea, es como un primigenio crepitar de esporas.
He ahí sin duda el momento cumbre, la epifanía, Isis desvelada, el éxtasis y el derramamiento exacto. Nadie que lo haya sentido nunca, podrá hablar de ello. Hay ahí una cierta venganza contra los dualismos, que se emparenta con aquella otra venganza, la que irradia de los objetos que son inferiores a más no poder. Y nunca es demasiado pronto para proceder a ella.
El chorro cae primero enérgico en una única columna de espasmos que levanta cuajos de amoníaco al fondo de la taza. Hay todo un mundo de sutiles ondulaciones vertebrales, idas y venidas, imantaciones, electrificaciones y entrelazamientos atenuados de todos los nervios espirituales en tensión. Hay alternativas de exaltación y abandono, deleites exasperantes y arrebatos lánguidos que parecen prometer un infinito de reconciliación.
La vista se nubla. Poco a poco se abraza la gracia, la sencillez abandonada de la existencia como ésta pueda latir en lo hondo de un animal. Es una columna de contacto que nos aletarga y extasía, un vértigo magnético de cúpulas, espirales, prismas y hemisferios que, uno tras otro, ocupan el primer plano y se desmoronan. El miccionador cierra los ojos, vuelve la cabeza y curva el torso hacia el cielo mientras gruñe o gime levemente algunas palabras sin sentido, monosílabos sencillos o abstrusas paradojas que brotan impensadas desde la raíz remota del lenguaje. En ese instante de pausa inexpresable quizá puede sentir el leve movimiento de la tierra sobre su eje, su desplazamiento en torno al sol, la danza armoniosa de todas las esferas y su música callada, todo ello girando entorno de su primaria deyección.
Todo se hace cada vez más lento y por un momento se apacigua en suspenso. Sobrevienen entonces algunas sacudidas, unos chisporroteos galvánicos, como si se deshiciese en relámpagos una conexión fluida y musical, o dejase de llover sobre todas las puertas, las acequias y los cauces. El miccionador apenas tiene una última entrevisión de transparente pureza, referida quizás a los ascetismos bizantinos, a los sadismos oscuros de las tumbas y los zumbidos eternos de los ensueños cabalísticos, pero que se le escapa irremediablemente como arena entre los dedos.

CONVALECENCIA

Hubo una época en la que, a causa de una enfermedad de cierta gravedad que había contraído, tuve que permanecer por un tiempo impedido en cama. Pude así realizar a mis anchas el recuento de mis pertenencias que había tenido que ir posponiendo hasta entonces. Mi primera impresión fue de sorpresa, no esperaba haber coleccionado tantas cosas, la mayor parte de ellas inútiles, y muchas de las cuales no sabía siquiera de dónde provenían. Era forzoso aceptar que, puesto que estaban ahí, yo mismo las habría recogido, quizás en un estado impreciso de sonambulismo, y que debía considerarme afortunado de haber conseguido preservarlas de una u otra forma inexorable de desastre.
Estos restos antiguos, sin embargo, no se veía bien qué provecho extraer de ellos, no servían para nada, y sus formas rescatadas eran hostigantes, se endurecían en perfiles que amenazaban con adquirir una horrible precisión, como sometidas a tensiones excesivas.
Me resistía a pesar de todo a la idea de abandonarlas. Un instinto deplorable me sugería que podrían llegar a ser imprescindibles, que quizás alguien vendría a reclamarlas, o me permitirían saldar una deuda fabulosa adquirida inadvertidamente.
Otras cosas que creía haber puesto a buen recaudo, en cambio, no aparecían, era imposible dar con ellas o tenían un aspecto irreconocible y funesto, a pesar de todas mis precauciones.
Mis noches eran de tres tipos: las noches de la ignorancia, las noches de la culpa, y las noches de las tribulaciones secundarias. Respecto de las noches de la ignorancia se dice: «Ay de los que mastican las espinas de sus actos desesperados» (Romanos, 13). Respecto de las noches de la culpa se dice: «una cosa o la otra, pero a la vez» (Salmo 6). Respecto de las noches de las tribulaciones secundarias se afirma: «¿Quiénes son estos dos, Joakim y Andersson, jóvenes adversarios probando sus botas sobre el mar helado de Estocolmo?» (Salmo 13).
No sé por qué, por aquel entonces me venía frecuentemente a la memoria una historia que me había contado un amigo. Se me había quedado grabado algo de lo que decía: «Antes de Pim, con Pim, después de Pim». Al decir esto movía las manos como si sostuviese una caja en el aire y la fuese moviendo de un lado a otro hasta depositarla en una alacena a su izquierda. Repetía esto varias veces, «antes de Pim, con Pim, después de Pim», y otra vez el movimiento de las manos y la caja.
No recuerdo quien era Pim, si Pim era alguien que yo conocía, quizá, o si era un conocido del amigo que contaba la historia, o si esto era dicho porque otro le había contado la historia antes a él, la historia del tal Pim. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si se trataba realmente de una historia. Vagamente tenía que ver con alguien que iba a visitar a su madre en bicicleta, aunque quizás estoy mezclando las cosas, quizás no había bicicletas ni madres por ningún lado. Es posible que este amigo me explicase un día algo sobre Pim y otro día distinto hablase de lo de las bicicletas. Bien puede ser que fuese eso. Es difícil asegurarlo.
En todo caso, no sé por qué me venía una y otra vez a la mente lo de Pim. Esos días era algo que me ocurría con cierta frecuencia, pensar en cosas que habían pasado hace tiempo, en el modo en que algunas cosas se dieron o no se dieron y cómo hubiesen podido ser distintas de una manera tan fácil, y lo que entonces hubiese resultado de todo ello, del darse o no darse, de unas cosas u otras, de un modo distinto. Por ejemplo, tal vez había pasado algo que me había hecho sentir vergüenza o que no había entendido bien. Quizás había intentado pedir explicaciones por todo aquello, detener de algún modo sus propias inercias, porque me parecía importante dejar a las claras mi posición y no dar una idea equivocada sobre mis intenciones, pero así no había hecho otra cosa que empeorar la situación. Esta cosa que había pasado, al cabo de un tiempo se volvía una imagen y luego de manera imperceptible contagiaba otras cosas, ampliaba su radio de acción de un modo increíble. Entonces empezaba a repetirse, se volvía contra mí. Unos días me escarbaba la rótula con un punzón oxidado y otros actuaba sobre todo el la lengua, pensaba que me la podría morder de manera accidental o daba vueltas a la idea de atravesarla con objetos punzantes. De ahí pasaba a los pulmones o los surcos del encéfalo, iba y venía, y a veces se detenía por completo. Entonces sentía que el día había sido vencido por las fuerzas últimas y que todo lo demás no importaba.

PROCEDIMIENTOS

Procedimiento del hombre que se para en la calle

Un hombre que se detiene en la calle. Hasta el momento, todo eran las certitudes, los certificados, los lugares del llegar, los plazos precisados de antemano. Todo eran los erizos y los orangutanes. Una apresurada mecánica de despropósitos y vacancias, y de todo lo demás que está detrás de otras cosas, y de lo que no hubo tiempo y, por tanto, ocurrió también, pero de un modo distinto.

De pronto, el paisaje colapsa. Un hombre que se detiene o se para en la calle es, en primer lugar, un vértice de direcciones encontradas, un grumo de imanes filosos, una medusa de madejas.

Un hombre que se para en la calle es un olvido de los musgos, un trapecio de manos como la lluvia, de todo lo postergado.

Un hombre que se para en la calle no es algo necesariamente o imprecisamente lúgubre.

Un hombre que se detiene en la calle, o en el bar, o en el ascensor, o en el lugar de su detención, no es todavía alguien que ha olvidado la llave del gas, la barra de pan, la pasta de dentífrico.

No es todavía alguien que es un pingüino, o un reno pejiguero, o una flor ártica inexistente.

Un hombre que se detiene o se para en la calle –no aventuremos nada, puesto que no sabemos nada de cierto sobre él– no es apenas nada en su gesto, al cual sería apresurado atribuirle la única rebeldía byroniana.

Un hombre que se detiene en la calle es, apenas, en su detención, un posible peso de las cosas. Alguien que ya no sabe qué hacer con su detención, y con aquello que su detención ha hecho de él.

Procedimiento de los lemures

Hemos puesto nuestros nombres a nuestros lemures, uno para cada uno, con suma precaución, para evitar confundirlos. Un lemur con un nombre equivocado podría provocar una desgracia, eso es lo que pensamos. Para apaciguar nuestra inquietud, nada era suficiente; pusimos a nuestros lemures un segundo y un tercer nombre, y a veces también otros por debajo, y más antiguos, muchos de los cuales eran apenas irrisorios o una venganza. Todo en vano, los lemures siguen provocando sus misteriosas obsesiones, extrañas simulaciones de una naturaleza sonámbula disfrazada de vida, infestando de verrugas y animales muertos las pesadillas del aguarrás.

Procedimiento con título provisional

Per Olaf Envquist meditaba la licitud y la urgencia del expolio. Había publicado incluso un libro con este título, La expoliación, en el que había intentado dejar constancia de los avances de su investigación. Explicaba que hasta ahora nunca se había logrado expoliar una misma cosa más que una vez, o dos, o quince, u otro número determinado de veces, sin importar cuánto hubiese deseado el expoliador prolongar indefinidamente su tarea, retenerla, envolverla o fijarla de algún modo, aplicada a una cualidad o imagen, frívola o desasistida, conocida o no de antemano.
Pretendía organizar el expolio a niveles industriales. Por lo demás, consideraba que esto ya se había hecho siempre, aunque sin el exacto conocimiento de sus principios teóricos. Advertía sin embargo demandas fantásticas a las que competía por oponerse en primer lugar. Más de una vez, le escuché musitar: «Oh, faquir de las enfermedades de moda, danos una muerte a tiempo!».

Procedimiento con autómata

Otros han llamado a este procedimiento de las superposiciones, por las dificultades específicas sobre las que actúa y, a su vez, por lo inevitable que resulta de ello, dado que de entrada no hay nada a lo que acogerse, en lo que reside su dudoso encanto. Consiste en aplicar, por riguroso orden de desaparición, direcciones contrarias a los objetos, con el propósito de desvelar un envés irreprochable de anacronías.

Un texto puede ser intervenido con su traducción a una lengua extraña, un tiempo con otro tiempo, o un tiempo con un lugar. Las combinaciones son prácticamente infinitas. Alguien que una mañana soleada de junio encuentra en un bolsillo una entrada de cine de meses o de años atrás. De repente las duraciones mentales se disparan en todas direcciones. De repente todo se agolpa como un cuchillo de falsos canadienses.

Escharse atrás es demasiado tarde, llegados a este punto, pero hay también formidables descuentos en escafandras y rodillas rotas, y descubriremos tal vez a nuestro pesar nuevas posibilidades de lo próximo.

Al final, nos decimos, llegará la muerte y la venganza para tanta audacia y un crimen tan irresistible, pero nos vemos obligados a ir más lejos todavía en un vértigo interminable. Hay correcciones maníacas, fijezas extravagantes y vestigios de un teatro ridículo, y sin embargo nada ha ocurrido, al menos en el plano de la verdadera epidemia. Y entonces ha sido inútil y sin belleza. La palabra era un ojo, y la imagen era un ojo distinto, y eso era todo lo que había que decir de ello.

Procedimiento de los mapas

La primera persona que habló del procedimiento de los mapas fue Jurgen Talavera. El también ideó el procedimiento de las catacresis y el procedimiento de los asíntosis, de los que quizá hablaremos. También estábamos Ladjos, Nemeth, Gyulla y otros. Mi amigo Nemeth, se me llegan los ojos de lágrimas al recordarlo. Tenía cuatro dedos en cada mano y cuatro dedos en cada pie, y el número total de los dedos de sus manos y de sus pies sumaba dieciséis.

Recuerdo que me decía: “la felicidad es un pie, y el amor también es un pie, y el dolor tiene un poco de pie y un poco de cara”

Por aquel entonces trabajábamos en un párking subterráneo, repetíamos eslóganes fanáticos de los que constantemente esperábamos que por fin tornasen la realidad extraña. El trabajo era aburrido, debíamos atender a las personas que venían a reclamar sus objetos perdidos. Nosotros debíamos tomar nota en nuestros formularios, prestar atención, nunca se podía saber cuál fuese el detalle decisivo que les traicionase, puesto que, como sabíamos demasiado bien, todos esos objetos eran a menudo inventados, y los que venían a reclamarlos unos embusteros empedernidos.

Talavera entonces nos propuso el procedimiento de los mapas.

A veces daban ganas de llorar al encontrar los lugares inciertos en los que ocurrió que un perro había muerto estrangulado o una niña se había replegado a los suspiros enfermos, mientras nosotros bebíamos ginebra en nuestra garita y escuchábamos las canciones modernas en la radio. Casi parecía entonces que hubiese que progresar en el llanto, palpando las esquirlas dejadas a su paso por los metales oscuros, descender en el llanto de los peces que lloran y de las nutrias, llorar por sortilegio, por parataxis, por parentesco, por el miedo a llorar y a lo que llora.

Procedimiento de la espera

Hay muchos lugares adecuados a la espera y que, de un modo u otro, reúnen todas las condiciones deseables para el desarrollo de esta práctica, a pesar de que sobre ella se considera que pesan sobre todo inclinaciones individuales de las que es difícil conocer la naturaleza exacta.

Generalmente se considera que las bocas de metro, las salidas de grandes almacenes comerciales, los puntos emblemáticos de la ciudad, los cines o teatros concurridos, son lugares excelentes para la espera. De esta enumeración apresurada podemos enseguida colegir que la espera es sobre todo una afición urbana.

La espera se practica por lo común en grupos reducidos, a pesar de que nos sitúa en la separación radical. Es solo una de sus paradojas irredentistas. Nada impide por otro lado esperar en descampados suburbiales, en cuartos de baño, en lugares inaccesibles y completamente desprovistos de cualquier señal recuperable. Nada lo impide, en efecto, y sin embargo es algo que ocurre constantemente.

Hay un conjunto de signos que significan la espera, cuya matriz común bien podría ser el desamparo. De una manera general, indican desocupación y desplazamiento en torno de un eje ilusorio y constantemente pospuesto. Existe la sensación de que lo que está pasando ya no se sucede en una concatenación ininterrumpida, sino con ciertos intervalos, pues cada vez que se percibe alguna cosa la situación en su conjunto ha cambiado. En un momento es alguien que arquea los labios por el frío, luego cuerdas y cables que sangran, cortapisas y convalecencias, un único túnel de frío, constelaciones resinosas y ángulos en pared. A cada vez, uno no puede dejar de asombrarse de las cosas que ya estaban ahí. Parece como si los objetos gravitaran en una simple estructura de resonancia, en oscilación, ni demasiado lejanos como para ser absorbidos por aquello que ocultan, ni demasiado familiares como para pasar desapercibidos, y de una manera que por una vez es como si ya no tuviesen que ver unos con otros.

Se recomienda trabajar sobre todo los signos interiores de la espera, y observar todas las precauciones e indicios de alarma. Todos conocen casos de algunos que, después de haberse adentrado un trecho en la espera, confiando demasiado en sus propias fuerzas, ya no han regresado o, si lo han hecho, eran distintos.

Para explicar esto con más claridad, en este posible punto de dificultades, podríamos pensar en esos marsupiales en grave peligro de extinción, de la familia de los lemúridos, de los que solo quedan algunos pocos ejemplares en el mundo, de pelaje fino, suave y sedoso, que vira de gris a castaño, con algunos tonos amarillos y negros en la parte superior, formando una melena que rodea la nuca y la cara casi en su totalidad, de cola no prensil rodeada total o parcialmente de anillos oscuros sobre un fondo claro llegando a quince o veinte centímetros de longitud, de patas traseras generalmente más largas que las delanteras para su desplazamiento sobre las ramas de los árboles, con garras en todos los dígitos a excepción del dedo gordo del pie en el que tienen una uña plana, de cráneo convexo hacia la parte frontal con un perfil nasal ligeramente cóncavo, con crestas temporales débilmente definidas y con el borde de las mandíbulas en forma de V, y de escrotos globosos con testículos no pigmentados, en los machos, o, en las hembras, de labios menores glandulares, peludos, y a veces pigmentados.

Cristian Cámara Outes

Es director de la colección SDVIG, dedicada a textos teóricos de las vanguardias rusas, para la editorial Ediciones Asimétricas. En la actualidad reside en Praga y escribe su tesis de doctorado sobre teoría de la traducción en la Universidad Carolina. Ha traducido a autores como Andréi Bieli, Vladímir Markov, Borís Arvátov o Yuri Tyniánov.

 

Fotografía exterior de Isaac Sibecas.
Ilustración de este artículo de Rosanna Segretto.


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