Nunca pensé que la muerte de Héctor fuera el comienzo de una nueva vida. Y no me refiero al más allá, sino al más acá. Tras el entierro multitudinario, lleno de frases elogiosas y sentidos pésames, regresé a casa. Estaba exhausta. Me senté en el sillón que él solía ocupar en la salita y me invadió una sensación de profanación de un espacio que no era mío. Pero ahora todo el espacio era mío y el tiempo también. Me levanté y fui hacia el teléfono.

–Buenas tardes. ¿Podrían venir a recoger unos cuantos muebles y enseres?

–¿Cuántos?

–Toda la casa. No se preocupe: están en perfecto estado. Quiero que vengan esta misma tarde. De no ser así llamaré al servicio de recogida del Ayuntamiento.

–De acuerdo, señora. Déme su dirección y en una hora estamos allí.

Mientras esperaba a los del Rastro Reto preparé bolsas de basura con toda la ropa de Héctor. La mía la puse en un par de maletas. Lo más preciso para pasar una temporada hasta que decidiera qué hacer. Metí mis documentos personales y las tarjetas de crédito en mi ordenador portátil. Hice otra llamada.

– ¿Hotel Avenida? Deseo reservar una habitación.


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