Primavera. Las flores se despiertan como cirios
en mitad de la noche. Una libélula
nos enciende por dentro de la piel.
Huele a tierra mojada en esta hora
proclive a los desvelos, cuando la mariposa
ha dejado el letargo en otra cáscara,
carcasa del invierno ya sepulto
con las últimas nieves.
Se va desperezando, como un cachorro alegre, el corazón
y estiramos los brazos,
los deseos,
la luna,
abriendo más y más el horizonte que nos llena hasta el fondo.
Se deshielan las lágrimas
y un torrente interior nos arrastra al origen de las sombras,
cuando todo era luz.
Abrazamos la tierra, el agua, el aire
y la zarza se abrasa,
y ardemos sin quemarnos
en la voluptuosidad de los volcanes.
La pasión de los tilos nos desborda.
El cielo nos convoca, desde dentro,
a la degustación de unos primeros brotes,
como yemas ternísimas.

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