Cuando a su madre le diagnosticaron alzhéimer, Arcadia le rogó una y mil veces al arcángel Miguel, con la fe de un mártir y la insistencia de un tartamudeo, por favor, por favor, que mi mamá no sufra. No importaba lo que ella tuviera que padecer, lo soportaría, se sacrificaría lo que fuera necesario, pero ver a su madre angustiada o dolorida era el peor trago que se podía imaginar en esta vida. La enfermedad progresó a una velocidad de vértigo. En cuatro años la madre quedó postrada en una silla de ruedas, amarrada a unos pañales, sin conocer a nadie, con la mirada tan vacía como la boca de palabras. En los doce años que sobrevivió, el sufrimiento jamás habitó ese cuerpo decrépito.

Arcadia nunca más volvió a rezar.


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