Luis Ángel Marín IbáñezPOÉTICA

El lápiz se abre y se cierra como un alba
sin Tiempo y ninguna estrella es ajena a su nombre.

Cazador del suspiro antorcha el murmullo
donde los mirajes interpretan la neblina,
las montañas lanzan arroyos hipnotizados
y el horizonte se abraza al grito maternal.

Alejado de la Razón duerme en todas las edades
y en el Silencio encuentra la sombra precisa
como si fuese un nuncio al borde del abismo.

Desde la Vida a la Muerte hay un solo memento:
sembrador de nebulosas la tierra le persigue
en puntos suspensivos a modo de incunable.

Ninguna evasión es tan certera como la flecha
que lanza el Cosmos al poeta:
aceptemos su reto y cojamos el testigo.

El Universo es la voz de la piedra proclamando
lo desnudo: la transfusión de la sangre
hecha luz y sedimento.

Abramos la rosa y que se llene de estatuas.
Cerremos el mar y que renazca el origen.

PARTITURA I

PENETRAR en el instante y la celosía de las anémonas, descalzo
como una eternidad, en espera del crepúsculo preciso y la imagen
nevada del temblor.

PENETRAR sobre el incierto color de la usura, cuando abolida la
herrumbre, el sudor despierta voces sin Tiempo que cubren el milagro
del Poniente.

PENETRAR en la liturgia del beso hacia el labio destruido, semejando
un rabel en busca del sufragio, atento al clamor de las cruces
superpuestas.

PENETRAR desde el lenguaje del Asombro en la estación deshabitada,
abrazado al nacimiento que nos asusta, y hacer de su inventario
el gesto protegido

PENETRAR entre acordes en el abecedario del delirio y la leve vastedad
del oro, junto al aprisco que aroma los silencios, mientras el murmullo
propala la herencia de lo insondable.

PARTITURA II

Signo a signo
he hecho de la nostalgia lienzos para el ángel, incendiado el azar en cada una de sus mansiones, y descendido hasta lo más sagrado de la locura.

Signo a signo
me convertí en un susurro de inocencia horadando la pesadilla del rayo, la humedad fue mi perfume favorito y en los burdeles encontré la más regia transparencia, llegué a descifrar el feroz beso de los amantes, y la culpabilidad del oro cuando se desangra entre la sombra.

Signo a signo
las monedas del perdón trenzaron una corona de laurel, y la roca fue el aguafuerte en la mirada del Absoluto, negué la duda a los mercaderes de hombres, la imagen fue el bastón y el delirio la bebida en el desierto.

Signo a signo
me abracé a la inexistencia, a las cicatrices del agua, a la llama de los picaportes, y al linaje del barro en los sepulcros.

Signo a signo
el mar fue mi prisionero.

LAS CUATRO ESTACIONES

Escuchar a la mariposa, en ella dormita el manifiesto del alba
y el fuego de las tumbas y, nada es discutible en su mirada:
ni siquiera el perdón de los astros, ni la sabiduría del mar,
–-hija de Artemisa—, despierta carasoles en el lóbrego laberinto
donde los capiteles se repiten.

Escuchar a la claridad cuando ya no es sombra y se confunde
con la hondura, en su plumaje duermen las partituras de lo impenetrable
y, el exhausto comienzo que resucita los templos de Quetzalcóatl:
la serenidad se hace sangre y la hojarasca sobrevive.

Escuchar a la estrella que está por llegar, su rabel dicta el alfabeto
de los metales y, trenza el oro al paraíso de los condenados:
las columnas abren epinicios como si no estuviesen
y, todo se convierte en hechizo –no me aconsejes con pesar, Safo lo dijo–,
al tocar el número siete la vida es una revelación.

Escuchar a la desesperación, en el suspiro violáceo de la Soledad
y los diques ajusticiados por el viento. El llanto es la oración más
perfecta: semeja un reloj tocando a vísperas, –el barro da forma
al templo sudoroso—y, las pérdidas hacen visible el oráculo de Dante:
en el fondo de lo que no está, siempre mira una copa de champagne.


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