Humilde, humano, poético. Así quisiera yo que se entendiera mi trabajo con los libros y su menuda, solitaria artesanía. Mis amigos Alberto Casiraghy y Josef Weiss, protagonistas de la película de Soldini Il fiume ha sempre ragione (premio Biografilm, Bolonia 2017), lo prueban con su bonhomía y su amor por el todo animado y animal que es un libro: papel de algodón y tintas oleosas, cola de conejo e hilo de abeja, música gutenbergiana… armonizada en Mahler. En sus talleres de Osnago y de Mendrisio, el uno casa de artista o cámara de maravillas donde me espejo, el otro oficina tipográfica al cuidado de diwanes y finas restauraciones, hemos soñado, al alimón, piezas anacrónicas de prodigiosa microeditoria.

El impulso, si hurgo en el recuerdo, me viene de la simpar unaLuna, heroica empresa que lanzamos mi hermano y yo en la Zaragoza sitiada. Su obrador de San Blas daba asilo, entre una Heidelberg de rítmicas aspas y carteles de cine frescos de pintura para el próximo estreno, a vampiros irlandeses y románticas alemanas, a bohemios irredentos y exiliados chilenos, coplas republicanas y memorias antifranquistas, relatividad general y particulares fílmicos.

Luego vinieron, dieciséis años ya, mis sucesivas reinvenciones italianas. Con Ino Lucia, Angelo Gargaglione y Roberto Tilio redescubrí la fotografía como arte y la cultura resistente, y juntos hicimos nacer Altre Latitudini, nombre de doble inspiración: los viajes cantautorales de Gianmaria Testa más los atlas minimalistas de Luigi Ghirri. Libros, conciertos, entrevistas, exposiciones, eventos arborescentes que nos abrazaron a Rodari, Eco, Calvino, Scharff, Celestini, Don Gallo o la historia oral de la lucha partisana.

La Torre degli Arabeschi, casi simultáneamente, me fue dando la manualidad necesaria que los ordenadores amenazaban con hurtarme. A sus ventanas, lienzo alpino y brisa lacustre, se han ido asomando algunos de mis inmortales —Boccaccio, Lewis Carroll, Buzzati, Saba, Alberti, Miguel Ángel, Pasolini, Miguel Hernández—, pero también contemporáneos a los que sin rubor puedo llamar amigos: Giménez-Frontín, Guinda, Vilas, Alegre Cudós, Petisme, García Martín, Esquillor, Olgoso, Barreiro, Elijas, Bozalongo, Saldaña…

Y, por fin, la Fundación del Garabato que es mi particular Gesamtkunstwerk, porque allí cultivo, cruzo, ayunto pasiones desbocadas: libros, por supuesto, pero también pintura, escultura, fotografía, collage, cine, instalaciones. Malena trae sus saberes botánicos y su savia histórico-artística, y nuestro Nazarín del Lago su desarmante teoría del juego. Muchos los elegidos: Leonardo, Goya, Baj, Hesse, Vigon, Serafini… Y tantos, tantísimos los proyectos que, me temo, van a necesitar varias vidas de gato para su fantástica consumación: me acabo de embarcar en mi personal códice Voynich…

Jardín de senderos que se bifurcan:

www.fundaciondelgarabato.eu

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