¿Vivimos un tiempo de deshumanización? ¿Queda algo que pueda entusiasmarnos lo suficiente como para comprometernos en transformaciones profundas de nuestra realidad? ¿Lo hubo alguna vez o nos lo creímos? ¿Hemos delegado la capacidad de cambiar el orden establecido en la tecnología?  Cuestiones como éstas cruzan nuestro tiempo, sin ser abordadas desde la raíz. Casi mueren al nacer, tan pronto como las planteamos, las abandonamos para incorporarnos a una rutina que protegemos de todo lo que amenaza nuestra comodidad. Una nueva “autocomplaciente minoría de edad” parece instalarse en nuestras democracias haciendo más sospechosa que nunca la rebeldía, el activismo, el compromiso activo con causas por la dignidad del ser humano, de otros seres sintientes, del planeta mismo. Sin embargo, no siempre fue así y la Francia de la segunda mitad del siglo XX fue testigo excepcional de pensadores que no concebían su actividad intelectual sin un compromiso social y político que nutrían de sentido moral.

La historia de la filosofía occidental muestra que la preocupación por el ser humano estaba ya presente en los mitos, pero pocos pensadores como Jean Paul Sartre o Albert Camus asumieron el riesgo de profundizar en su paradójica existencia, dando forma y contenido a un humanismo existencial sin el que es difícil reconocer la filosofía del pasado siglo. Sus raíces filosóficas, especialmente el marxismo y la fenomenología, así como la “praxis” con la que impregnaron sus obras y su vida les convirtieron en referentes intelectuales comprometidos, frente a cuyos ojos hoy nos cuesta mantener la mirada. Leer y escuchar sus disquisiciones filosóficas, comprender la dimensión de su compromiso político en torno a la guerra de Argelia, por ejemplo, podrían  hacernos sonrojar al constatar la casi nula reacción de los pensadores de nuestro tiempo ante la crisis humanitaria de los refugiados y la vergüenza del conflicto sirio. ¿Somos nuestra libertad? ¿Esto es el resultado de haber intentado hacernos a nosotros mismos? ¿La existencia precedía a la esencia y hemos existido con tanta intensidad, que ahora vemos con menos claridad que nunca lo que somos? Más allá de cierta nostalgia filosófica, la huella que dejaron Camus y Sartre revela dos pensadores que todavía nos seducen.

Los dos autores afrontan cuestiones filosóficas tradicionales como la libertad, la intersubjetividad, la justicia, el deber, la felicidad. Desde posicionamientos divergentes en algunos aspectos, coinciden en que la filosofía de su tiempo, a diferencia del discurso de la modernidad, debe abrirse a la creación artística. Desvelan la complicidad con la que interpretan el mundo y se adentran en la literatura, el cine o la pintura. Dios había muerto y su ausencia dejaba a la humanidad sumida en soledad y silencio. No quedaba alternativa mejor que la de hacerse a uno mismo, sin excusas, desde el compromiso con uno mismo y los demás. “Hacerse”, porque como afirmaba Ortega, nada estaba dado de antemano y había que inventar la propia vida. Actuar y crear, arriesgarse y buscar un sentido de la existencia del que aseguraban encontrar solamente su reverso, el absurdo.

 

Compartieron un contexto histórico de gran pesimismo en Europa, ante el que reaccionaron desde una filosofía rebelde, combativa, consciente de lo que los seres humanos se jugaban. Incordiaron, soliviantaron conciencias, vivieron con intensidad decisiones de gran calado y transformaron el pesimismo por el ejercicio incansable de una libertad comprometida. No permanecieron impasibles. La primera guerra mundial había sacudido su infancia, la guerra civil española fue vivida como el drama de la primera derrota ante la expansión del fascismo en Europa. Resistentes activos contra el nazismo, testigos de los cincuenta millones de muertos que había engullido la segunda guerra mundial, de la barbarie del colonialismo, de la tortura, del horror con que se había arrebatado la dignidad de la existencia humana, de la irracionalidad con la que somos capaces de servirnos de la ciencia y de la tecnología, comprendieron que la vigilancia y la lucha por la dignidad era tarea exigente, constante, un deber moral inexcusable.

El siglo XX transcurría violento y cruel, empapando su obra filosófica y literaria. Incluso hoy, su lectura nos obliga a replantearnos una y otra vez cuestiones esenciales. ¿Tiene sentido nuestra existencia?, ¿Qué valor tiene la vida humana?, ¿En qué consiste existir plenamente?   Y a pesar de este contexto, no claudicaron y rechazaron la idea de que las circunstan­cias son las que hacen a las personas. Sartre y Camus sitúan al individuo en el centro de sus reflexiones, haciéndose a sí mismo, apreciando su existencia por encima de todo valor pretendidamente superior, ejerciendo su libertad como una responsabilidad militante que no puede, no debe delegarse en factores externos ni en una supuesta naturaleza humana que nos determine o predisponga, sino en el compromiso.

 

No sólo compartieron momento y escenario histórico, también referencias ideológicas y filosóficas. Tanto el marxismo como la fenomenología son fuentes fundamentales del pensamiento de Sartre y Camus. El marxismo fue influencia intelectual y vital constante. Conocieron la pobreza desde niños, especialmente Camus, quien pudo salir de la miseria del barrio trabajador de Argel[1], gracias a la ayuda de su maestro Jean Grenier con la que pudo conseguir la providencial beca de estudios. Miembros de la izquierda intelectual francesa, Sartre fue quien defendió las decisiones del PCF, reticente a cuestionar las aberraciones estalinistas, mientras las rechazaban absolutamente Camus o Maurice Merleau-Ponty, con quien fundó y codirigió la revista: “Les Temps Modernes”[2]. Ahora bien, su sintonía era perfecta  al reconocer la interpretación dialéctica y materialista de la realidad que el marxismo había ofrecido y que se sustentaba en la capacidad transformadora del ser humano a través de su trabajo. Camus recordaba a Marx con palabras como éstas: “Le royaume de la nécessité sera remplacé par le royaume de la liberté grâce à une révolution sociale. (…) c’est dans cette liberté dangereuse où l’homme se retrouve seul, devant un destin qu’il est seul à créer, qu’il retrouve comme une joie féconde sa plus secrète fraternité.”[3]

En cuanto a la fenomenología, Sartre había estudiado con profundidad gran parte de la obra de E.Husserl como comprobamos al leer l’être et le néant. No así Camus quien, a pesar de ello, reflejó en los protagonistas de sus libros al sujeto fenomenológico.  El lema husserliano, “ir a las cosas mismas”, la conciencia intencional y el mundo de la vida o Lebenswelt, temas clave de la fenomenología, instauran una nueva relación del sujeto con la realidad que le rodea y abandonan el ensimismamiento cartesiano. Las obras de Sartre y Camus, otorgan dimensión filosófica a sus personajes, anclándolos en el mundo, “encarnándolos” en el compromiso y la rebeldía, hacedores de una libertad que es su única trascendencia. Así leemos a Sartre en las palabras de Orestes: “Extranjero de mí mismo, lo sé. Fuera de naturaleza, sin excusa, sin otro recurso que yo. Pero no volveré bajo tu ley: estoy condenado a no tener otra ley que la mía. No volveré a tu naturaleza: mil caminos han sido trazados que conducen a ti, pero yo no puedo seguir  otro camino que el mío. Pues soy un hombre, Júpiter, y cada hombre debe inventar su propio camino”.[4] Y a Camus en las de Calígula: “Maintenant, je sais. (Toujours naturel) Le monde, tel qu’il est fait, n’est pas supportable. J’ai donc besoin de la lune, ou du bonheur, ou de l’inmortalité, de quelque chose qui soit dément peut-être, mais qui ne soit pas de ce monde”[5]

 

Camus y Sartre rescatan la contingencia de la existencia humana. “L’homme n’est rien d’autre que ce qu’il se fait. Tel est le premier principe de l’existentialisme”.[6] Rompen con la necesidad que impera en un enfoque técnico del mundo, en el que las cosas se construyen a partir de un concepto que les atribuye una naturaleza y una finalidad. El ser humano no es cosa (ser-en-sí) es existencia cuya esencia sólo se vislumbra cuando la muerte traza la raya de la suma, después de construir o destruir las posibilidades ofrecidas a nuestra libertad. Leemos a Sartre en A puerta cerrada: “On meurt toujours trop tôt – ou trop tard. Et cependant la vie est là, terminée: le trait est tiré, il faut faire la somme. Tu n’es rien d’autre que ta vie.”[7] Leemos en El malentendido de Camus “Mais, du moins, je tenais cette vérité autant qu’elle me tenait. J’avais eu raison, j’avais encore raison, j’avais toujours raison. J’avais vécu de telle façon et j’aurais pu vivre de telle autre. J’avais fait ceci et je n’avais pas fait cela… Et après? C’était comme si j’avais attendu pendant tout le temps cette minute et cette petite aube où je serais justi­fié.”[8]

En este “hacernos a nosotros mismos” ambos autores prescinden de dios. Aceptarlo, supondría asumir el enfoque técnico del mundo que no da cabida a la ambigüedad y la contingencia de nuestra existencia. Modelo demasiado estrecho como para abrazar con radicalidad la batalla existencial de Antoine Roquen­tin o de Calígula. Como ellos, los lectores de los libros de Sartre y Camus estamos invitados a vivir una existencia auténtica, a ser los héroes cotidianos que sólo podemos aceptar que hemos sido arrojados al mundo para crear, construir asumiendo toda la responsabilidad y toda la angustia de nuestras decisiones que tienen a la muerte como horizonte siempre presente. Por ello, una existencia no auténtica es vivir renunciando a la libertad, vivir desde “la mala fe”. Sartre considera la libertad como lo que define a la conciencia, siendo constitutiva del sujeto no del objeto. Es la nada, es decir, lo que no nos determina de antemano sino lo que nos constituye como sujetos, ser ante todo y desde el principio, posibilidad, proyecto. Sin embargo, perdemos la libertad y por tanto nuestra condición de sujetos, cuando se nos cosifica, se nos convierte en objeto. De ahí que Sartre apueste por un compromiso con los otros como semejantes, como otras conciencias que reconozco y no por la alienación que podemos padecer o ejercer, convirtiendo a los otros en el verdadero infierno. Los campos de exterminio, la tortura, la esclavitud son ejemplos de esos infiernos sin dios ni demonio que hemos creado en la tierra. Además, la libertad es paradójica en sí misma. Primero porque supone la mayor condena, no podemos no ser libres sin renunciar a nuestra humanidad. En segundo lugar, porque necesitamos a los otros para tomar conciencia de nuestro propio existir. Su presencia  nos provoca, impide que nos abandonemos a la inercia de las cosas, se erige en principio de nuestra acción y creación. Nos hace revolucionarios, en cierto modo, capaces de destruir todos los valores dados y de crear valores nuevos.

No es ajena a Camus a la idea sartriana de libertad, pero acentúa el desajuste que cada ser humano  experimenta cuando el anhelo de conocer y vivir humanamente se estrella contra un mundo opaco, silencioso, cosa pura que no ofrece respuestas y sólo nos deja el desasosiego. De ahí que nuestra libertad sea dramática y la vivamos desde una angustia existencial que nos desvela el absurdo de existir. Que el suicidio y el asesinato sean las cuestiones radicales que plantean la paradójica libertad del ser humano, ya que de cómo las consideremos dependerá el valor que le daremos a vivir y a existir. En consecuencia, Camus nos sumerge en el absurdo que impide que resbalemos por el mundo. Por el contrario, será principio de acción, detonante de la creación, motor de insatisfacción y rebeldía.

Llegando a este punto, recuperemos las preguntas que nos planteábamos al principio. ¿Hemos consentido en hacer del mundo un lugar que ha estandarizado incluso a la muerte? ¿Nos hemos rendido ante la lógica que lo mismo estructura supermercados, aeropuertos o tanatorios, la lógica de la comodidad, la asepsia, la delegación de responsabilidades? ¿Nos hemos asumido como objeto? La siguiente reflexión de Eduardo Bello reivindica el humanismo existencial en el que se abrazan Camus y Sartre, la contingencia que nos devuelva la rebeldía.

“Afirmar al hombre como razón y libertad no es resolver su problema. Al contrario, es despertar el problema del hombre en una época en la que lo que cuenta es la máquina que calcula y el cerebro programador. Pero si la crisis de la razón no radica en ella misma, sino en un modo concreto de racionalismo, no es de extrañar que otros modelos de hoy -estructura, sistema, etc.- afirmados con carácter dogmático, porque ignoran la contingencia originaria de la racionalidad, sigan suscitando crisis de la razón o postulando la muerte del hombre, porque les da pánico su libertad.”[9]

Bibliografía

Camus, A. (1985). L’étranger. París : Gallimard, Folio.
Camus, A. (1992). Caligula. París: Gallimard, Folio.
Camus, A. (1992). Le malentendu. París: Gallimard, Folio.
Camus, A. (1975). La chute. París: Gallimard, Foli.
Todd, O. (1996). Une vie. París: Gallimard, Biographies nrf
Lottmann, H: (1981). La rive gauche. París: Ed du Seuil.
Sartre, J.P: (1987). Les mouches. París: Gallimard, Folio.
Sartre, J.P: (1970). L’existentialisme est un humanisme. París: Nagel.
Sartre, J.P: (1986). Huis-clos. París: Gallimard, Folio.
Sartre, J.P: (1982). L’être et le néant. París: Gallimard, Tel.
Bello, E: (1995). “Sartre, Camus y los principios de la acción”. Barcelona: 165/Anthropos.
Bello, E: (1979). De Sartre a Merleau-Ponty. Dialéctica de la libertad y del sentido. Universidad de Murcia.
Cohen-Solal, A: (1980). Sartre 1905-1980. París: Gallimard, Folio essais.
Sartre/Merleau-Ponty: (1994) “Las cartas de una ruptura”, Madrid: 160/ Revista  de Occidente.
San Martín, J: (1991). “El sentido de la fenomenología de Husserl”, en Cuatro filosofías contemporáneas. Logroño: Consejería de Cultura de la Comunidad Autónoma.
Flórez, Miguel, C: (1994). Mundo técnico y humanismo. Salamanca: Universidad de Salamanca.

[1] “De même que j’ai mis longtemps à comprendre mon attachement et mon amour pour le monde de pauvreté où s’est passé mon enfance, c’est maintenant seulement que j’entrevois la leçon du soleil et des pays qui m’ont vu naître”.
A.Camus citado por Olivier Todd en: Albert Camus, une vie, Biographies, nrf, Gallimard, París, 1996.

    [2] “Sartre y Merleau-Ponty: las cartas de una ruptura” Revista de Occidente, n 160, Sept 1994
    [3] A.Camus citado por O.Todd, Op. Cit., pp 153-154
    [4] Sartre,J.P.: Les mouches, p 237, Gallimard, París, 1986
    [5] Camus,A.: Calígula, p 26, Gallimard, París, 1992
    [6] Sartre,J.P.: L’existentialisme est un humanisme, p 22, Ed Nagel, París, 1970
    [7] Sartre,J.P.: Huis-clos, p 90, Gallimard, París, 1986
    [8] Camus,A.: L’étranger, p 183, Gallimard, París, 1985
    [9] Bello,E.: De Sartre a M.M-Ponty. Dialéctica de la libertad y el sentido, p 269, Universidad de Murcia, 1979.

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