Cuando los muertos se van haciendo viejos, tosen con más frecuencia, gruñen en medio del silencio, tienen un dolor en cada costado de la semana y se les cae el pelo a cinco milímetros por segundo. Pero lo peor de todo es que ya han perdido la ilusión de terminar aquello que nunca llegaron a hacer o de aquello otro que siempre aspiraron a empezar algún día. Ya les da igual no acabar el maldito Quijote, ni se molestan en disfrutar de una pieza recién descubierta de Bach ni sienten el menor interés en salir a la ventana a ver la nieve silenciosa. Para cuando llegan a ese triste estado, los muertos se mueren definitivamente y para siempre.

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