MARE_HADA

Nací con aletas en los pies. Mi madre me dijo que era normal, que durante la gestación le recetaron largos paseos por la playa y baños de agua salada. Quizá esa fuera la razón de desarrollarlas en su útero, donde habité durante doce meses.

Conforme fui creciendo mi fosa nasal iba menguando hasta quedar reducido a dos orificios que se desplazaron a lo alto de mi cabeza y unas largas barbas comenzaron a asomar en mi mandíbula.

Nunca pregunté por mi padre, solo me dijo, cuando cumplí los ocho años que un día de marea baja, en la que la luna brillaba de un azul intenso, halló a un hombre varado en la orilla cuyos ojos la embebieron entera y, sin saber como, su piel comenzó a volverse tersa y grasa durante los breves minutos que mantuvieron la vista fija el uno en el otro.

No sé si es cierto, pero a veces la veo deambular sola por la playa removiendo la arena y siento como su tristeza hace que mi corazón lata cuatro veces más fuerte que los días de marea alta.


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