ÚLTIMO REGALO

Adornó su trenza con una lazada de seda negra. Vistió sus brazos con una rebequita de botones azabache y se calzó las bailarinas rosas de su último cumpleaños. Al verla su abuela le riñó, no era momento para la danza. Le obligó a ponerse los zapatos de cordones, esos que ella odiaba y le impedían moverse con gracia. Los ató fuerte, con rabia, mordiéndose los labios para contener las lágrimas.

Se aferró a la mano de su padre y caminaron tras la comitiva. Un vaporoso tutú, oculto bajo la pesada falda, se iba asomando al compás de sus frágiles caderas.

 

SERIAL VERTICAL

Doña Virtudes, cada mañana se ponía su prudente vestido de cuadros y se anudaba un coqueto delantal de rayas horizontales. Recogía su cabello en un discreto moño y comenzaba las labores habituales del hogar. A las doce en punto, encendía la radio y escuchaba con gran devoción la misa retransmitida.

No se explica cómo pudo cambiarse el dial, pero ahora está enganchada a una sugerente voz que le seduce seriales radiofónicos.
Ha optado por soltarse la melena, quedarse solo con la enagua beige y está pensando si coserse un delantal con rayas verticales, que dicen, afinan más la silueta.

 

MARE_HADA

Nací con aletas en los pies. Mi madre me dijo que era normal, que durante la gestación le recetaron largos paseos por la playa y baños de agua salada. Quizá esa fuera la razón de desarrollarlas en su útero, donde habité durante doce meses.

Conforme fui creciendo mi fosa nasal iba menguando hasta quedar reducido a dos orificios que se desplazaron a lo alto de mi cabeza y unas largas barbas comenzaron a asomar en mi mandíbula.

Nunca pregunté por mi padre, solo me dijo, cuando cumplí los ocho años que un día de marea baja, en la que la luna brillaba de un azul intenso, halló a un hombre varado en la orilla cuyos ojos la embebieron entera y, sin saber como, su piel comenzó a volverse tersa y grasa durante los breves minutos que mantuvieron la vista fija el uno en el otro.

No sé si es cierto, pero a veces la veo deambular sola por la playa removiendo la arena y siento como su tristeza hace que mi corazón lata cuatro veces más fuerte que los días de marea alta.

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