Ana pensó por un momento que había sido idiota comprando ese vestido que le oprimía el sueldo y la respiración. Su hombre trajeado la seguía. El ojo izquierdo, un torbellino. En realidad, ese tic fue el que la unió a ella, hace ya treinta años, cuando esta pensó que el hombre más atractivo de la tierra le guiñaba un ojo.

—Espero, que al menos hoy, dejes de mirar tu maldita pantalla. ¡No disgustes a tu hija o esto se acaba de una vez!

La entrada triunfal a la iglesia, la entrega de anillos… cada momento especial de la ceremonia fue inmortalizado por el teléfono del hombre trajeado, absorto en los likes que recibían las espléndidas fotos.

—¡Vivan los novios!

El hombre trajeado entró al cuarto de baño femenino y echó el pestillo. Se apuntó con una pistola en la sien y apretó el botón del móvil sin añadir texto alguno. La imagen recibía el primer “me gusta” de la noche.

—¿Y el padre? ¿Dónde está el padre?

Sonaba el vals entre aplausos y risas.

Nadie oyó el disparo en el comedor nupcial.

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