Logro esquivar el pastel perruno, pero la baldosa saltarina me salpica el pantalón. Sacudo la pernera, murmuro “mecagüendiez” y sigo. Por fin, llego a mi portal. Acabo de retirar del cajero mi escasa y merecida pensión. Pienso disfrutar de ella a todo lujo como siempre o, lo que es lo mismo: a base de partidas de guiñote, cortados descafeinados, alguna propina a los nietos y visitas a las obras del barrio hasta que a la parca le dé por curarme la vejez. De repente, un brutal empujón me lanza al suelo. “¡El dinero, viejo!”, oigo. Me incorporo como puedo, saco pecho y miro al agresor: “¡Yo soy Zaragoza!”, le grito. El mangante me mira alucinado. No esperaba resistencia y piensa que estoy loco. Aprovecho su duda y le arreo con mi gayata en la sien. Cabreado, él embiste furioso. Enseguida traspasa mi débil defensa y clava una navaja en mi tripa. A un palmo de mi cara, murmura: “Yo también soy Zaragoza, abuelo”. Afortunadamente, dos vecinos bajan por las escaleras ahuyentando al agresor, quien escapa sin mi dinero. Mientras acude la ambulancia, sonrío orgulloso. Orgulloso e invicto, porque, una vez más, Zaragoza no se ha rendido.


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