Ángel Guinda

La poesía de Mariano Esquillor

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Mariano Esquillor (foto David Francisco)Nos encontramos ante un raro de difícil clasificación en la historia de la poesía española durante la segunda mitad del siglo XX y primera década del siglo XXI. Si tomamos en cuenta su cronología biográfica (el poeta nace en 1919 y fallece en 2014), no faltarán estudiosos que lo incluyan en la generación del 50 y, dentro de ella, en la tendencia de honda preocupación social; mas si consideramos su cronología bibliográfica, inaugurada en 1973 a sus cincuenta y cuatro años de edad, la voluntad encuadradora tropieza con serias dificultades para satisfacer sus intenciones, puesto que esta poesía casi nada tiene que ver con la que en España se escribe y publica en la década de los setenta. Y es que, como suele suceder con tantos poetas marginales, su verdadera generación es él en su propia obra.

Mariano Esquillor es uno de los nombres más relevantes del grupo de poetas autodidactas en las letras aragonesas del siglo XX, junto a Julio Antonio Gómez, Guillermo Gúdel, Luciano Gracia, Miguel Luesma y Raimundo Salas. Hombre sencillo, transparente en el trato; su bonhomía es hija del dolor: el dolor de existir que duele las primeras veces, las demás acompaña. Alumno aventajado de esa escuela inmensa –así la llamó Víctor Hugo- que es la vida, pronto asimilará las enseñanzas de tres circunstancias que condicionan su existencia, primero, y su poesía después: la Guerra incivil española de 1936, su profesión de albañil y la larga enfermedad nerviosa de su mujer.

La fraternal relación que desde 1972 y hasta su muerte me uniera al poeta y editor Luciano Gracia me permitió conocer a Mariano Esquillor cuando éste se preparaba para recibir su bautismo poético con un libro, aunque incipiente, lleno de tentativas cuajadas, cuyo título, La colina eterna, venía a ser una metáfora de la adolescencia, una imagen de la memoria (horno en el que iban a cocerse no pocos de los mejores poemas futuros de su autor), pero también el fondo del espejo donde comienzan a buscarse el tiempo y la poesía.

En este libro, mucho más digno que primerizo, latían ya, en estado embrionario, algunas de las características de la producción de un poeta marcado por una alarmante voluntad de ser: vibración cósmica, torrente hímnico de su voz auroral que salpica los libros Desde mi tienda alcanzada, Hielo y libertad, Noches y albas, imaginación potentísima desplegada en un lenguaje desbordado, además de exuberante, en el que imágenes y metáforas se alzan como estatuas animadas por un fulgor misterioso, henchido a la vez de religiosidad y de pureza pagana: características adobadas en un vertiginoso decir, con una música de ritmo muy veloz. Esta etapa primera, de afloración y aprendizaje, nos muestra el brutalismo descarnado de una animal poético en estado salvaje que, a lo Walt Whitman, se canta a sí mismo, encantado por un tropel de acontecimientos autobiográficos que, aletargados, acechan desde una infancia adultada y que ahora, por la fuerza del destino y el poder de la evocación, emergen con cuerpo de poema, demostrando que la infancia escribe nuestra biografía. El poeta canta a la Naturaleza, en cuya contemplación se refugia evadiéndose del lodazal de un mundo que no le gusta, un mundo cuyo hedor proviene de la sociedad de consumo, de la injusticia, la esclavitud simulada en forma de explotación de la clase trabajadora, la violencia y la guerra.

A esta etapa de iniciación -en la que un desenfrenado candor, una leve dosis de ingenuidad expresiva en lo testimonial, la aparición a intervalos de frágiles puntos suspensivos que debilitan la contundencia del poema, y la imprecisa utilización de algunos signos ortográficos, particularmente la coma, delatan la condición de aprendizaje-, a esta etapa de iniciación, digo, sucede otra de cierta amplificación de la intensidad temática y expresiva; una etapa en la que la invocación exclamativa, la actitud hímnica heredada de Novalis, va a ver potenciados sus ímpetus para dar paso a una poesía de la meditación exaltada, más que de la evocación; una poesía, en lo formal, más narrativa y no por ello menos lírica, que toma como punto de inflexión los libros que tuve el honor de editar: Oda de látigos y Heliaco. En ellos comienza Esquillor el desarrollo de una de las manifestaciones más potentes y logradas de su obra: la poesía iluminada, visionaria incluso, para la que tan entregadamente estaba preparada su inspiración, su entusiasmo –en el sentido etimológico de la palabra-, poesía en la que asomaba como vehículo ideal para la propagación de su luz ese bullir espiritual, ese hervor de la imaginación, y el fuego del instinto contenido durante tantos años de silencio en la conciencia y sensibilidad de nuestro poeta, carente durante la adolescencia, juventud y madurez primera de la preparación literaria suficiente que le permitiera dar cauce expresivo adecuado a tan rico arsenal de experiencias y conocimientos almacenados en lo más hondo de su subconsciente.

Quisiera aquí reconocer el gran apoyo moral y cultural que el poeta Manuel Pinillos prestó siempre a Esquillor guiando sus lecturas, incluso facilitándole libros de Hölderlin, Blake, Rilke, Rimbaud…, poetas decisivos en la cosmovisión de la poesía esquilloriana, en especial a lo largo de ese período de turbulencias y atmósfera alucinógena. Pinillos fue, por añadidura, uno de los críticos que con mayor rigor, agudeza y generosidad no aduladora analizó su obra en marcha entre 1973 y 1982.

Hacía referencia, con antelación a este paréntesis, a una publicación capital, hasta en su perfección de forma, en la bibliografía de Esquillor: aquella que reúne Oda de látigos y Heliaco. El primero nos muestra el reino de la furia alucinada contra las fieras acosantes de un medio apelmazadamente hostil; el poeta, inmerso en la memoria, decide asumir su papel censurador para denunciar, con un lenguaje bellamente misterioso, la corrupción, la hipocresía, el estancado aire que impide respirar a pecho descubierto, por lo que sólo queda una doble alternativa posible tras la acusación encorajinada: la destrucción de la farsa o la deserción –huida-: “O siglo en el cual vivo y paso de largo”.

El libro segundo, Heliaco, es una particularización temática del primero. Se trata de un poema en prosa, a excepción del capítulo V, con un protagonista. El poeta saca al primer plano de la representación existencial a uno de los hombres de la colectividad trágica, símbolo de tantos otros hombres que por su actitud ideológica –manifiestamente ácrata- sufren en un ámbito dictatorial.

Dos nuevos libros vienen a enriquecer este ciclo poético de la meditación exaltada: Mi compañera la existencia, con poemas en verso, y Apuntes de un vagabundo, en prosa. En ellos el poeta recurre a la exhortación para amonestar a los seres humanos y avisarles de su torpe conducta agresiva contra valores como la vida, la paz, la alegría, la esperanza, la libertad, el futuro. Convoca a la juventud, a la Naturaleza y a la poesía a luchar por la salvación de un mundo que sucumbe víctima de sus propios errores. El tono patético del discurso excluye todo catastrofismo, si bien carga a veces su lucidez con goyescas tintas negras para hacer más eficaz su intención moral y aleccionadora, ejercitando así un recurso muy característico de la literatura aragonesa de todos los tiempos: el didactismo.

Pero la actitud didáctica de Esquillor no será nunca profesoral, y mucho menos dogmática, tampoco sentenciosa y en absoluto irónica; será una actitud vitalista, combativa, en la que –estética y éticamente- el mismo poeta se compromete. Conviene insistir en ello, dado que en el tono admonitorio de tantos poemas brilla constantemente, como un faro doctrinal, la humildad del sabio que lo es no por erudición sino por la riqueza experiencial que su vida atesora.

No seré yo quien desautorice a cuantos críticos han creído ver en Esquillor un poeta eminentemente, por no decir exclusivamente, intuitivo. La intuición es cualidad muy importante en poesía mas insuficiente si no va acompañada de talento, imaginación y cultura poéticos. Es de señalar que, aun estando especialmente dotado para la intuición, el autor de Mensaje a Fenicia; Luz, sombra y silencio; Vida, guerrilla y muerte (libros que inician una tercera etapa, elegíaca, en el desarrollo de su obra) fue rozado en algún momento de ese mágico don de la posesión creadora por un ala inteligente, sensible e imaginativa. De otro modo, el mundo de sus poemas, de honda preocupación ontológica, no habría llegado a reclamar, para su definición, la consideración de poesía del conocimiento que, desde ahora, propongo y reivindico, por diversos motivos: primero porque, de acuerdo con el pensamiento de Paracelso, conocer es amar, y esta obra nace de un impulso de amor a la Creación y al ser humano; segundo, porque el fuego natural y sagrado que sustenta su voz, el lenguaje y estilo que la hacen realidad, buscan la luz, alumbrar al lector e invitarle a la comunión con esa Naturaleza, esa vida y ese pensamiento; tercero porque, más que a objeto de belleza, aspira a ser sujeto de conducta.

El tono elegíaco de esta poesía durante su período de madurez fermenta en los libros que siguen: Desde la torre de un condenado, Paisajes vivos y Elegías a Fuensanta. En el primero de ellos el poeta recurre, con frecuencia, al monólogo dramático para exponer, desnuda, su alma atormentada; un alma que purga los fantasmas del sufrimiento, del dolor, de la ansiedad, ante la contemplación del anchuroso cosmos idealizado. Pero aquí, el mayor delito del hombre, en lucha resistente desde la cárcel de su cuerpo, no es el calderoniano “haber nacido” sino el heideggeriano “haber vivido”. El lamento del poeta –que puede resumirse en “el dolor es una fiesta necesaria”- tiene por aliado el reto estoico más que el desplante de la rebelión, si bien de ambas fuerzas –resignación y oposición- participa la furia versal, hecha prosa, de sus poemas. Es en Desde la torre de un condenado, uno de los libros más existencialistas del poeta, donde éste confiesa su amargo sentimiento ya no de extrañeza en el mundo sino de extranjería en su propia vida.

La iluminación existencial esquilloriana tiene poco que ver con la de los poetas herméticos italiano Ungaretti (en “M’illumino / d’ immenso”) y Quasimodo (en “Ognuno sta solo sul cuor della terra / trafitto da un raggio di sole: / ed è subito sera”) o con la de su coetáneo español Blas de Otero. En ellos, la singularidad de lo real es mucho más evidente y sintética, en tanto que el aragonés eleva su voz desde la oscuridad de la condición humana en general, analizada en situación de trance e iluminación, por más que todos consigan validez universal para sus postulados.

En Paisajes vivos y Elegías a Fuensanta nuestro poeta dedica especial atención al tema del amor (referente con que manifestar sus más altos sentimientos de solidaridad con los desposeídos, con todos los que sufren), sin descender nunca a lo pasional, sin rozar siquiera el erotismo.

Acaso una etapa final de recapitulación o balance, de reflexión sobre la vida, la muerte y el mester de poesía, queda representada por los libros Lagunas despiertas y Trovador aturdido, acerca de los cuales escribí en su día:

“Pocas veces la imaginación plantó en honduras tan altas sus hogueras. Pocas veces la fantasía fue alma más verdadera en el cuerpo de la realidad. Pocas veces, en fin, el sufrimiento humano creó belleza más inspirada con la explosión libre del tuétano de la alucinación poética. Esos dos títulos son haz y embés de la crucifixión del vivir, una crucifixión asegurada no con clavos sino con tornillos incrustados en la madera del tiempo a cabezazos de desolación. […] Esquillor (no menos místico que libertario, que no tiene ‘cuentas pendientes con la gloria’ y ha vaciado ‘el revolver de la mentira’, arroja al mundo su voz sobresaltada, tejida con hilos de soledad, meditación, infinita paciencia y restallante intuición. Voz bofetada con guante de caricia, voz admonitoria con eco de absolución. Sabia voz personal hija de la melancolía que se levanta frente a los más oscuro y terrible de la vida presintiendo la claridad de la muerte. Poesía que nace del más amargo realismo y tiene un desarrollo temático de estirpe idealista: defensa del amor, la amistad, la Naturaleza, el ser, la verdad, el mundo de las ideas, la moral, la fe, la paz… Conceptos revitalizados y purificados con un experiencial lenguaje simbolista. Hermano de tribulaciones, de Baudelaire, Rimbaud, Blake, Vallejo,… Esquillor es dueño de un lenguaje hijo del relámpago y del trueno.

Anclada en un presente hostil y heredera de un colosal pasado, esta voz tiene puestos sus ojos en el futuro que atesora, un futuro que va más allá de la muerte. Sana envidia de los mayores, lección para los más jóvenes, la poesía última de este aragonés cuenta entre la más interesante escrita hoya en España”.

 

 

 


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