por Joaquín Sánchez Vallés

Blanca luna,
agujero en el cielo que trasmina
la luz de un dios arcaico.
Resto
de un tiempo cuando no existía noche,
vieja luna que dejas
filtrar la transparencia
de una esperanza inalcanzable.

El silencio del mundo.

El vacío del mundo.

La soledad del mundo.

Hermosa fue la vida, desgarrada por dientes despiadados.
Qué bello era cegar cuando llegaba la fortuna, la herida.
Al fondo de los años, arde
todavía un dolor.

Cuando ya nada duela, llamarás a puertas desgonzadas,
carcomidas maderas, solitarias
moradas donde suena el silencio del mundo.

El vacío del mundo.

La insobornable soledad del mundo.

No es en los astros donde está la luz,
sino en el ojo.

En la caverna de la carne anida
con su frágil fosforescencia.

La luz,
que ha atravesado los milenios
trayendo la noticia de su muerte

Huele de puro frío a luz enero,
como sin duda olía la Creación del mundo.

Bajo el ojo de Dios el viento ulula
en lejanas montañas,
ciegas cimas sin vida que alzan limpia
la roca gris de un tiempo primigenio.


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